“¡Qué espectáculo más repugnante, pero qué obra tan bella!” (Conde O´Mahony tras ser expuesto por primera vez el lienzo “Escena de Naufragio” de Théodore Géricault)

Nadie discute que el uso del arte es una de las formas más sutiles de llevar a cabo la crítica social; sirviendo como ariete para arremeter contra la injusticia, la discriminación o la corrupción. Y dentro de esa denuncia hay un cuadro que se podría decir que marcó a una generación y a un país. No solo por la calidad del óleo, sino también por la historia y el contexto en que se llevó a cabo el trabajo.

Retrotraigámonos a principios del siglo XIX; tras la derrota de Napoleón se instaura el régimen político conocido como Restauración con el retorno de la dinastía borbónica en la persona de Luis XVIII al trono francés apoyado por los sectores más conservadores. El advenimiento de Luis XVIII trajo la finalización de las guerras napoleónicas y, tras la Paz de París, Francia recuperó antiguas posesiones en África, como es el caso de Senegal.

«La travesía fue una concatenación de errores por parte del Capitán Chaumareys, que acabo encallando su barco a la altura de Mauritania»

Y allí que marchó Julien Schmaltz, recién nombrado Gobernador de Senegal, en la fragata “La Medusa” junto a una flotilla de acompañamiento formada por otras tres naves con destino a África, y al mando del buque insignia Hugues de Chaumareys, un ultramonárquico que llevaba más de veinte años sin navegar que fue nombrado como recompensa a su fidelidad a la Corona. La travesía fue una concatenación de errores por parte del Capitán Chaumareys, que acabo encallando su barco a la altura de Mauritania. Y para colmo de males, una terrible tormenta daño el navío de manera irremediable. Había que abandonar el barco, pero la Médusa, que trasportaba 400 personas, solo tenía espacio en sus botes para 250 ocupantes.

Chaumareys, resto de la oficialidad y los dignatarios de más rango se subieron a los botes, mientras que 150 marineros y soldados se apiñaron en una balsa improvisada. En principio la balsa debía ser remolcada por los botes hasta la costa, pero a las pocas millas las amarras se soltaron (o fueron soltadas) quedando los ocupantes de la balsa a su suerte. La balsa se convirtió enseguida en un infierno. Sus bordes se hundían en el agua y todos sus ocupantes peleaban por situarse en el centro. Si en la primera noche veinte personas se ahogaron, en la segunda se desató una auténtica lucha en la que los que iban armados mataron al menos a 65 de sus compañeros. Al cabo de una semana solo quedaban 28 supervivientes, pero tras un debate se decidió arrojar a trece de ellos al mar. Por otro lado solo disponían de unas pocas garrafas de vino (el agua se cayo al mar el primer día) y unas pocas galletas lo que propicio que se produjeran actos de canibalismo, cortándose la carne de los cadáveres en tiras que dejaban secar al sol antes de comerla. Tras trece días navegando a la deriva, los quince supervivientes avistaron una embarcación que se aproximaba a ellos. Era un navío de la flotilla que zarpó junto a La Medusa y que había arribado a su destino en Saint-Louis, saliendo en su busca.

En 1817 dos de los supervivientes publicaron un libro relatando los hechos que ocurrieron en la balsa, denunciando no solo la negligencia, sino también la cobardía del capitán, lo que impactó de una manera brutal en la opinión pública, y la oposición al régimen borbónico hizo del hecho una bandera para denunciar la incompetencia de la monarquía, forzando la dimisión del Ministro responsable e incluso hacer un consejo de guerra contra Chaumareys.

«mientras Francia ardía de indignación, un joven pintor llamado Théodore Géricault decidía que su gran obra, la que presentaría en el Salón de París de 1819, sería la crónica del suceso de la Medusa»

Un hecho tan terrible se merecía una obra de arte a su altura. Así, mientras Francia ardía de indignación, un joven pintor llamado Théodore Géricault decidía que su gran obra, la que presentaría en el Salón de París de 1819, sería la crónica del suceso de la Medusa. Géricault trabajó afanosamente, casi de un modo obsesivo, en el lienzo. Entrevisto a supervivientes (“necesito vivir la tragedia”) y acudió a la morgue para estudiar la textura de la carne putrefacta, llegando a sacar de la funeraria miembros y cabezas humanas que situó en la réplica exacta de la balsa que construyó en su estudio. El pintor se centró en el sufrimiento humano, reflejando el momento en que los náufragos avistan una fragata que no los recogerá, con una composición que busca el caos intencionado mediante una estructura piramidal sobre una base inestable y una gama de colores muy reducida.

La realización de la obra le llevó más de un año de su vida tras el que tuvo una crisis psiquiátrica. Como era de esperar la pintura fue muy polémica, su realismo escandalizó a la sociedad de la época acostumbrada a contemplar escenas violentas pero que hacían referencia a actos heroicos. Pero este cuadro no narraba ningún acto heroico sino la negligencia de unos gobernantes y ni siquiera los supervivientes eran tratados como héroes, pues para mantenerse con vida habían tenido que llevar a cabo actor terribles. No había nada de lo que enorgullecerse en ese cuadro sino más bien todo era para avergonzarse. El cuadro fue la estrella de la muestra (“toda nuestra sociedad está a bordo de esa balsa”), ganó un premio y produjo una profunda conmoción por ser antitética de las tendencias clasicistas entonces en boga, siendo considerada una de las obras cumbres del Romanticismo. Y es que un 2 de Julio de 1816 acaeció una tragedia que golpearía la conciencia colectiva de un país y un artista estaba allí para contarlo. Como ahora. Y como siempre.

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