Hemos pasado de vivir por encima de nuestras posibilidades a vivir por encima de nuestros ídolos. No lo sabemos, quizá, no somos conscientes del todo, pero nuestra relación con los famosos transcurre por lugares totalmente distintos a los que lo hacía en un pasado no tan lejano. Hemos dejado de acercamos a las grandes figuras para admirarles. Lo que pretendemos es realizar el difícil ejercicio de subirnos encima de sus vidas, hacerlas ridículas para nuestro contento. Nunca se había generado tanto interés en contemplar a los ídolos en situaciones vergonzosas, por eso la red se ha poblado de imágenes de famosos detenidos, insultados, presos de ataques de nervios, borrachos, drogados, fuera de peso, acabados. Si se encuentra un hacker lo suficientemente hábil, también podemos acceder sus fotos íntimas. Su sexo en nuestra pantalla. Bravo. La dominación total.

Las páginas de internet de clic fácil no cesan de ofrecer contenidos del tipo “Mira cómo están tus ídolos de tal o cual serie veinte años después”. Siempre están mal, claro. La mayoría totalmente destruidos, irreconocibles. Apenas sus ojos llegan a recordar al niño que nos entretuvo o nos hizo reír. Existe un placer malsano y venenoso en contemplar el trabajo de la decadencia en el cuerpo, que internet descubrió y ya no deja de pulsar. La historia –esa goma elástica con la que juega todo el mundo– nos dice que las sociedades soberbias acaban siempre admirando a quien no deben y alejando como apestado a aquel que de verdad puede salvarles, sustituyéndolo por el último oportunista que les promete lo imposible. ¿Les suena de algo?

En ese pasado reciente al que me remito, los medios de comunicación clásicos  -qué inocentes nos parecen ahora los pobres- se esforzaban por mostrarnos a las figuras públicas como habitantes de una vida que no se parecía nada a la nuestra, y ahí estaba el encanto de la cosa, en que nos permitía soñar. Estaban siempre bellos, sublimes en sus vidas inalcanzables, ya fuera en su mansión californiana, en su yate amarrado en la Costa Azul o en su descanso de la isla de Capri. El reflejo de los medios, el espejo que se nos ponía delante, era una lente magnífica que alimentaba nuestra ilusión mitómana y nos mostraba siempre la porción más esplendorosa de sus vidas.

Pero estrenamos siglo y, sin darnos cuenta, el cambio se produce. Nos queremos demasiado. La relación con nuestros mitos se transforma: no nos interesan unos ídolos de los que hay que mirar hacia arriba, porque no queremos que haya nada por encima de nosotros. Solo nosotros. Nuestro interés toma entonces dos direcciones distintas: en primer lugar, a nadie parece suficiente con admirar sus sonrisas perfectas y su bronceado eterno. Gustamos de conocer a las celebridades en sus aspectos más agraviantes, les fotografiamos siempre y en todo lugar, sonreímos al verles con la peor cara y en la actitud más deslucida. En un fenómeno paralelo e inverso, con nosotros hacemos lo contrario: nos fotografiamos mucho y bien. En todo lugar, y siempre perfectos, todo lo guapos que da nuestro físico. Queremos ver a nuestra actriz favorita sin maquillaje a ver qué tal, pero para nuestro facebook utilizamos todas las capas de photoshop que uno es capaz de crear.

Nuestros ídolos se vuelven tremendamente débiles, una especie de marionetas que entran y salen de rehabilitación, y nos gusta. Lloran, sufren mucho más que nosotros, llevan una vida amarga. Entonces algún genio contemporáneo imagina que estaría bien confinarles en un puñado de habitaciones para poder observarles cuando nos plazca, y surgen en televisión esos zoos de celebridades que continúan triunfando.

No nos contentamos con atacar solamente a nuestros contemporáneos: ni siquiera los personajes históricos se libran de nuestra voracidad: los estudiosos –gente muy instruida y plenamente universitaria– se esfuerzan por demostrar que Shakespeare no es Shakespeare, que Molière no es Molière ni Cervantes es como creíamos. Las leyendas rosas se vuelven negras, la historia se convierte en una gran fosa séptica mientras rastreamos las vidas de los grandes en busca de cualquier depravación que les apee del pedestal en que se encuentran. Mientras tanto, sigue triunfando la segunda dirección de nuestro aplastamiento del ídolo: cualquiera de nosotros puede ser el más grande, y por ello nuestros medios se esfuerzan en aupar a lo más alto al primer mediocre. Pronto habrá tantos programas de captación y difusión de ¿talento? como individuos, y esos quince minutos de fama que Warhol vaticinaba se disfrutarán de verdad. Serán poco menos que un derecho constitucional. Por fin nos encontraremos a ídolo por persona. Yo también puedo ser Picasso. Y Frank Sinatra. Aunque pinte mal y cante peor. Es cuestión de bajarles lo suficiente, de humillar su imagen hasta que sintamos que por fin estamos a la altura. Después de todo, el primero no era más que un viejo verde y el segundo un mafioso.

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