Cuando se pone en marcha una producción audiovisual obviamente los responsables buscan el éxito del proyecto. Buenos datos de audiencia, satisfacción por parte de la plataforma que la emite de como ha funcionado en comparación con el resto de su programación, etc.  son los datos que hacen que pueda considerarse una serie de televisión un éxito. Porque se quiera o no, en un sistema donde la televisión pública cada ocupa menos espacio y se está convirtiendo en algo residual, el share manda. Pero hay un aspecto colateral más difícil de cuantificar, y ese es el impacto que genera el producto. Fariña tuvo éxito, pero sobre todo tuvo impacto. Fue una vuelta de tuerca a la forma de enfocar una serie de televisión nacional. Por sus diálogos, por su crudeza, por no buscar atajos ni recursos fáciles, por su propia personalidad. Y algo así puede ocurrir con Matadero. Porque Matadero, en su inicio, ha tenido éxito, eso es evidente. Los fríos de audiencia en su primer capítulo fueron brutales, con cerca de 3,3 millones de telespectadores, convirtiéndose en el mejor estreno de ficción de la temporada. Pero no solo ha tenido éxito, sino que también ha tenido “impacto”, una circunstancia más etérea y menos cuantificable. Solo hay que leer las críticas y, sobre todo, a los telespectadores. Ha gustado, y lo que es más difícil, ha sorprendido.

Lo sencillo es comenzar por el manido “está inspirada en la serie Fargo”. Pues sí, es evidente. Desde la ambientación, pasando por la estética, o la caracterización de los personajes, es obvio que bebe de la mítica serie americana. Pero Matadero tiene unas connotaciones muy españolas. No solo por anécdotas superficiales como la presencia de la Guardia Civil, sino por por aspectos más profundos, por ejemplo el retrato, casi de carácter costumbrista, de las siempre difíciles relaciones familiares.

El argumento es interesante, y sobre todo diferente. Los creadores de Matadero han optado por crear su propio mundo, una sociedad que se autoexamina. El arranque ha sido prometedor, engancha al espectador, y hace que te creas lo que sabes que jamás ocurrirá. Diálogos, trabajados, ingeniosos, personajes que gustan incluso en su desagrado con una personalidad sin blancos ni negros sino con una maravillosa gama de grises. Humor negro y violencia gratuita y alejada del espectador, muy en la línea de Tarantino.

Un aspecto a resaltar son las interpretaciones de los personajes. Miguel de Lira y Ginés García Millán en sus papeles de sicarios rayan a gran nivel, donde es difícil aportar algo sin caer en los estereotipos ridículos. Pepe Viñuelas tiene el personaje más goloso, y sabe sacarle partido, haciendo que te rías no de él, sino de las situaciones.

Habrá que ver como aguanta la tensión durante los 10 capítulos, cosa que no será sencillo. Porque en Torrecillas nunca pasaba nada, hasta que pasa de todo. Y eso tiene su riesgo.

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