En su último ensayo, En la confidencia. Tratado de la verdad musitada, Eloy Fernández Porta señala queel imaginario sexista suele atribuir al habla confesional rasgos femeniles, por contraste con la ‘elocución viril’, articulada, elocuente y formal”. Si bien es cierto que los planteamientos y análisis de Fernández Porta poco o nada tienen que ver con la tesis de Mary Beard en torno a la voz pública de la mujer, la frase del ensayista barcelonés y, en parte, la reflexión que le sigue puede leerse en paralelo a las dos conferencias de la historiadora inglesa que ahora publica la editorial Crítica bajo el título de Mujeres y poder.

La atribución al habla confesional de rasgos femeninos en oposición a la elocución viril tiene que ver, ante todo, con la circunscripción de estas dos hablas -la confesional y la “viril”- en dos esferas tan distinguibles como en abierta oposición entre ellas: la esfera privada y la esfera pública. En efecto, si entendemos la confidencia como un habla del ámbito privado o, por lo menos, como un ámbito que permanece en la privacidad entre pocos interlocutores hasta que se hace público y, al mismo tiempo, como un habla al cual el imaginario sexista ha atribuido rasgos femeniles, no es de extrañar que, tradicionalmente, la voz de la mujer haya sido circunscrita en el ámbito privado, reservando la esfera pública -la polis– al hombre. Esta es la tesis con la que da inicio la reflexión de Beard, que se retrotrae hasta la cultura greco-latina para observar cómo el imaginario patriarcal que todavía rige y que todavía censura la voz de la mujer en la esfera pública encuentra su origen en la Grecia clásica.  “En el principio era el Verbo”, así comienza el Evangelio de San Juan y así comienza, al menos en parte, la asociación entre el hombre y la palabra: el apóstol identifica a Jesús con el Verbo, con la palabra de la acción, con el elemento sintáctico que indica la acción. En ese Verbo no están incluidas las mujeres, de las que se esperaba, tal y como expresó un gurú del siglo II D.C, que se guardaran “modestamente de exponer su voz ante extraños del mismo modo que se guardaría de quitarse la ropa”.

el imaginario patriarcal que todavía rige y que todavía censura la voz de la mujer en la esfera pública encuentra su origen en la Grecia clásica

Es significativo que sea un texto canónico como la Odisea, donde encontremos, en palabras de Beard, el primer testimonio literario de la imposición de silencio a una mujer: “Penélope desciende de sus aposentos privados a la gran sala del palacio y se encuentra con un aedo que canta, para la multitud de pretendientes, las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso al hogar. Como este tema no le agrada, le pide ante todos los presentes que lija otro más alegre, pero en ese mismo instante interviene el joven Telémaco: ‘Madre mía -replica- vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca… El relato está al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío”.  A Penélope, no sólo se le niega la palabra, no sólo se la circunscribe en el hogar, del cual tampoco es dueña –“Mío es, pues, el gobierno de la casa”-, sino que también se la excluye del relato, que pertenece solo y únicamente a los hombres. Como apuntaban Sandra Gilbert y Susan Gubar en el ensayo La loca del desván, a la mujer no sólo se le ha privado de palabra, sino que su silencio ha sido colmado por la voz del hombre, por el relato que ellos han construido en torno a ellas, ese relato a partir del cual a la mujer se le ha sido impuesto una identidad y un rol. Afirmaban en su momento las dos ensayistas que cuando una mujer se miraba en el espejo, el reflejo que éste les devolvía no era su propia imagen, sino la imagen construida e impuesta por el relato hegemónico. Las mujeres han tenido que crear sus precedentes, que el relato no ha tardado a cuestionar, poniendo en duda la “femineidad” de aquellas que, en un momento dado, decidían alzar la voz: “las mujeres que reclaman la voz pública son tratadas de especímenes andróginos -como Mesia, que se defendía en el foro- o parece que se traten a sí mismas como tales”. En efecto, siguiendo a Beard, la androginia no sólo ha sido el ataque más habitualmente proferido, sino que ha sido también el escudo tras el cual poder acceder al espacio público. Ahí está (…), que paseaba por París y se adentraba en los círculos masculinos disfrazada de hombre y ahí está también Isabel I, que, según dicta la tradición, no dudó en describirse como Rey de Inglaterra ante las tropas en Trilbury en 1588: “Sé que tengo el cuerpo de una mujer débil y frágil, pero tengo el corazón y el estómago de un rey, el de un rey de Inglaterra”.

A Penélope, no sólo se le niega la palabra, no sólo se la circunscribe en el hogar, del cual tampoco es dueña , sino que también se la excluye del relato, que pertenece solo y únicamente a los hombres

Sin embargo, las palabras de Isabel I, ¿son acaso el modelo más válido para las próximas generaciones? Volviendo al ensayo de Sandra Gilbert y Susan Gubar, cabe preguntarse, ¿dónde están los referentes? ¿Dónde encuentra la mujer su verdadero reflejo y no la proyección de un “deber ser” impuesto? Lo cierto es que “tenemos numerosos ejemplos de intentos de eliminar por completo del discurso público a las mujeres al estilo de Telémaco”, apunta Beard, y no es necesario girar la vista hacia atrás, basta recordar “el silenciamiento de Elizabeth Warren en el Senado de los Estados Unidos -y su exclusión del debate- cuando trató de leer una carta de Coretta Scott King”. Ciertamente no podemos seguir mirándonos en el episodio de Penélope y Telémaco, sin embargo, el ejemplo de Warren evidencia que “para muchos, ciertos aspectos de este tradicional bagaje de criterios acerca de la ineptitud de las mujeres para hablar en público -un bagaje que, en lo esencial, se remonta a dos milenios atrás- todavía subyace en algunos de nuestros supuestos sobre la voz femenina y la incomodidad que esta genera”.

La mujer y el poder hoy

La primera de las dos conferencias de Beard concluye con la constatación no sólo de la incomodidad que todavía hoy genera la voz femenina, sino los constantes ataques, en forma de insulto y/o acoso, que la mujer padece como forma de descrédito. “No importa mucho la línea de argumentación que tomemos. Si una mujer se aventura en un terreno tradicionalmente masculino, el abuso llegará de todos modos” y no hay terreno más tradicionalmente masculino que la posesión del relato: poseer la palabra pública implica poseer el poder de intervención en la polis y, por tanto, participar, ser reconocido y legitimado como miembro de la polis. El ataque a las mujeres que intervienen en la construcción del relato -social, político, cultural, económico- son constantes y todos ellos tienen como característica común la alusión a la violencia física: “El contenido de las amenazas incluye un repertorio harto predecible: violación, bombardeo, asesinato y demás lindezas (…) No obstante, hay un apartado bastante significativo que va dirigido a silenciar a las mujeres, y una de las cantinelas que más se repite es la de ‘¡Cállate, puta!’”
Los insultos y amenazas evidencian que, a pesar de la mayor presencia de mujeres en puestos de “poder” y, por tanto, en la esfera pública, la estructura de pensamiento sigue siendo la misma y las premisas heteropatriarcales siguen condicionando tanto la reacción social ante la “voz femenina” cuanto la actitud de las mujeres en puestos de “poder”. Como ya apuntaban en su momento las autoras de La loca del desván, Beard constata que “no tenemos ningún modelo del aspecto que ofrece una mujer poderosa, salvo que se parece más bien a un hombre. La convención del traje pantalón, o como mínimo de los pantalones, que visten tantas líderes políticas, desde Angela Merkel hasta Hillary Clinton, puede ser cómoda y práctica”, pero es también puede pensarse como “una táctica para que las mujeres parezcan más viriles y así puedan encajar mejor en el papel del poder”. Repensar en George Sand es casi inevitable, pues ¿acaso no se parecen demasiado las “tácticas” de ayer y de hoy?.

a pesar de la mayor presencia de mujeres en  la esfera pública, la estructura de pensamiento sigue siendo la misma y las premisas heteropatriarcales siguen condicionando tanto la reacción social ante la “voz femenina”

En su ensayo, Teoría King Kong, Despentes avisa que no se trata de emular el modelo masculino, sino de sustituirlo: “No me interesa el pene. No me interesa ni la barba, ni la testosterona, yo tengo el coraje y la agresividad que necesito. (…) No quiero que me cierren la boca. No quiero que me digan lo que tengo que hacer. No quiero que me abran la piel para hincharme los pechos. No quiero tener un cuerpo esbelto de adolescente cuando me acerco a los cuarenta. No quiero huir del conflicto para esconder mi fuerza y evitar perder mi feminidad”. Beard parece suscribir, en parte, las palabras de la escritora francesa, sin embargo, se pregunta cómo sustituir un modelo cuando no se tiene dónde mirarse, cuando el único modelo accesible es el masculino. La realidad, apunta Beard, es que “las mujeres todavía son percibidas como elementos ajenos al poder”, algo que se percibe no sólo en la imagen, sino y sobre todo en el lenguaje, cuando la llegada de una mujer a un puesto de poder siempre es percibida como el derribamiento de una barrera y casi nunca como un éxito lógico y merecido. Históricamente, siempre ha existido una “separación radical -real, cultural e imaginaria- entre las mujeres y el poder”, una separación que, desde la época clásica, implica el castigo de la mujer que aspira al poder. Ejemplo de ello es Medusa, “uno de los símbolos más potentes de a Antigüedad de dominio masculino sobre los peligros destructivos que implicaba la mera posibilidad del poder femenino” y un símbolo que, como señala Beard, lejos de haber caducado sigue estando vigente: Theresa May, Dilma Rousseff y Hillary Clinton fueron comparadas con la Medusa, con aquella mujer decapitada por Perseo, comparación abyecta que sólo naturaliza la exclusión de las mujeres del poder, sino que normaliza la violencia de género.

la llegada de una mujer a un puesto de poder siempre es percibida como el derribamiento de una barrera y casi nunca como un éxito lógico y merecido

Como apunta Beard en la conclusión, no debe caerse en la tentación, desgraciadamente en boga actualmente, de censurar las obras artísticas que han narrado, escenificado y sedimentado la misoginia occidental, pero obras como la Medusa de Caravaggio o la Odisea de Homero deben servirnos para cuestionar el imaginario occidental que, todavía hoy, legitima socialmente la “reprimenda que Telémaco lanza a su madre Penélope cuando esta se atreve a abrir la boca”, imagen que “todavía hoy, en el siglo XXI, se repite con demasiada frecuencia”. Es necesario romper con el modelo asumido para “abordar la reconfiguración de aquellas ideas de ‘poder’ que hoy excluyen a todas las mujeres” y, para ello, es necesario repensar a la reconfiguración de la idea de mujer, que ya no debe mirarse en el modelo construido por la voz masculina, sino que debe definirse a sí misma. Es hora que la mujer se mire al espejo y encuentre su imagen y no aquel reflejo mudo e inerte que otros le han impuesto, pero para ello es necesario una transformación radical de la estructura social y de sus imaginarios: repensar el “poder” o el “liderazgo” debe implicar, ante todo, repensar el relato -el imaginario- y, por tanto, cuestionar el lenguaje a partir del cual nos construimos y construimos el todo. Solamente desde una conciencia crítica del lenguaje, verdadero campo de batalla de lo hegemónico, y desde la incorporación del Otro, en ese caso la mujer, como Verbo, como actor performativo del lenguaje, es posible pensar en una transformación radical de la sociedad. Cuando hablamos de poder y dejemos de imaginar a un hombre con traje, entonces, algo habrá cambiado.

 

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