No existe mayor reconocimiento entre artistas que el homenajearse a través de las creaciones propias y dedicar un trabajo a la vida y la obra de otro artista conocido. Es el caso de la directora de cine Dorota Kobiela que, habiendo estudiado Bellas Artes, ha realizado, junto a Hugh Welchman, una película sobre Vincent van Gogh, pintor al que ella admira desde que era joven. El resultado es la aclamada Loving Vincent (2018); una cinta excepcional en la que la cineasta rinde homenaje al artista considerado por muchos teóricos del arte como “el padre de la pintura moderna”, junto a Paul Cézanne. El film es una excepción respecto a otros en los que se relata la vida de pintores, como por ejemplo Frida (2002) o Goya en Burdeos (1999), porque, a diferencia de estos, está completamente pintado al óleo y compuesto por un total de sesenta y cinco mil cuadros en movimiento, al estilo de van Gogh, hechos por ciento veinte artistas de todo el mundo; cosa insólita hasta el momento.

Su pintura se ha ubicado históricamente en la corriente postimpresionista, movimiento de finales del siglo XIX y principios del XX, que sirve de puente entre dos estilos aparentemente enfrentados: el impresionismo y el expresionismo; corrientes opuestas debido a su forma de representar el entorno. Tanto van Gogh como sus contemporáneos se inspiraron en la naturaleza tal y como lo hacían los impresionistas, pero aplicando técnicas y colores más vivos, con unos potentes contrastes, que tuvieron una fuerte influencia en los fauves franceses o en los expresionistas alemanes, entre otros.

“El film es una excepción respecto a otros en los que se relata la vida de pintores, como por ejemplo Frida (2002) o Goya en Burdeos (1999), porque, a diferencia de estos, está completamente pintado al óleo y compuesto por un total de sesenta y cinco mil cuadros en movimiento”

Este estilo y, sobre todo, las pinturas del artista holandés, aparecerán durante toda la película, convirtiendo cada fotograma y secuencia en una alabanza hacia el pintor. La técnica y el estilo recreados son, precisamente, los elementos más originales de la cinta. En primer lugar, sorprende mucho que toda la película sea similar a un cuadro de van Gogh; que sea pintura en movimiento. Si al espectador le gusta este arte, disfrutará el doble de su visionado y le sacará el gusto y la pasión con los que los realizadores lo han elaborado. Además, no se trata simplemente de que hayan recreado el estilo del artista pincelada a pincelada, sino de que han escogido muchos de sus cuadros, y de los personajes que aparecen en ellos, y los han incluido en la historia. Por eso tiene especial importancia, a la hora de construir el relato, la que se puede considerar la autobiografía del pintor, Cartas a Theo. De este modo, los personajes de sus obras cobran vida, teniendo, muchos de ellos, un papel relevante en la trama. Otra de las cosas llamativas del film es que las transiciones entre las distintas escenas se hacen a través de recreaciones de cuadros del pintor. Así, para pasar de una escena a otra, se representan obras de la talla de Terraza de café por la noche, El dormitorio en Arlés, El café de noche o La Noche Estrellada sobre el Ródano, entre muchas otras. También llama la atención la forma de expresar el movimiento a través de las pinturas, ya que las figuras cambian de tonalidad y de color continuamente y los fondos permanecen estáticos, sin cambio de color ni de pincelada. Esto varía cuando sopla el viento o cuando se da alguna situación tensa en la trama, que obliga a dotar de movimiento a todos los elementos del plano para que el espectador perciba perfectamente la dureza de la historia. Entonces, técnica y estilísticamente, la película es perfecta: es innovadora e impecable. De hecho, al ver cada escena como si fuera un cuadro animado, recuerdo las palabras de Fritz Lang en las que menciona que a cada época le corresponde un tipo de arte, y que el arte de nuestro tiempo es el cine. Pienso que los directores han sabido trasladar intachablemente la pintura a un tiempo en el que imperan las imágenes en movimiento.

“No han recreado simplemente el estilo del artista pincelada a pincelada, sino de que han escogido muchos de sus cuadros, y de los personajes que aparecen en ellos, y los han incluido en la historia”

Si se atiende a la parte escrita de la película, es decir, a la historia, Loving Vincent no deja de ser una película biográfica que relata las cuestiones más morbosas de un artista. Por un lado, hay que tener en cuenta que la cinta no narra la vida de Vincent van Gogh, sino la muerte. El porqué de su muerte, concretamente. En este sentido, es similar a los trabajos sobre artistas citados anteriormente o a otros, como Stefan Zweig: Adiós a Europa (2016), de Maria Schrader; proyectos que gustan al público dependiendo de lo admirador que el espectador sea del personaje protagonista. La historia, aun siendo atractiva y estando bien hilada, queda en un segundo plano respecto a la técnica empleada. La película sería perfecta si el guion fuera tan innovador como lo es su técnica y estilo, pero la historia sigue siendo similar a la de las cintas citadas, satisfaciendo al espectador amante del arte moderno y de van Gogh, o sea, el que puede entender todas las referencias pictóricas y biográficas, y entreteniendo al público no entendido, el cual se perderá aquellos detalles que los directores, como grandes admiradores de la vida y de la obra del pintor, han cuidado y expuesto.

“En conjunto se puede decir que es una obra e arte que merece mucho la pena ver, una experiencia visual realmente interesante, e imprescindible para los amantes de la pintura”

El resultado es la existencia de un cierto desequilibrio entre la forma y el contenido. Esto hace que la forma sobresalga por su originalidad e innovación, convirtiendo el contenido en algo menos relevante. De ahí que todas las buenas valoraciones de la película se refieran sobre todo al gran esfuerzo realizado por los ciento veinte artistas que han pintado esos sesenta y cinco mil cuadros que componen el film, y de ahí, también, una cierta irrelevancia de la historia que, aun siendo interesante, no es tan innovadora cinematográficamente. Pero en conjunto se puede decir que es una obra de arte que merece mucho la pena ver, una experiencia visual realmente interesante e imprescindible para los amantes de la pintura.

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