Netflix ha estrenado con éxito dispar una serie sobre la vida y muerte de los últimos zares de Rusia, Nicolás II y su famosa mujer, Alejandra. Alix, como el espectador poco puesto en rusología pronto descubrirá que se la conocía familiarmente. Los últimos zares es un buen producto en un formato interesante, el del docudrama, que combina con acierto la recreación ficcional con los testimonios de una serie de eruditos seleccionados (historiadores rusos y británicos) entre quienes destaca Simon Sebag Montefiore, el autor de Los Romanov o de la biografía en dos tomos de Stalin. Montefiore da empaque a la serie y le asegura al espectador un rigor del que era legítimo sospechar teniendo en cuenta que Netflix ha derivado pronto en una espectacular herramienta de propaganda política.

«Los últimos zares resulta entretenida, amena y está bien estructurada, pero ni la parte de ficción es The Crown ni la estrictamente documental tiene el nivel de Five Came Back«

Los últimos zares abarca en seis capítulos los 23 años del reinado del último zar de Rusia. Resulta entretenida, amena y está bien estructurada, pero ni la parte de ficción es The Crown ni la estrictamente documental tiene el nivel de Five Came Back, por poner el ejemplo de otro documental producido por Netflix. Las actuaciones son correctas, pero la zarina está mejor que el zar, desde luego: la actriz capta mucho mejor el documentado carácter impetuoso y melodramático de Alejandra y transmite esa agonía constante al espectador, angustia en la que vivió sumergida con espíritu de mártir prácticamente desde el día de la coronación. Por el contrario el actor que representa a Nicolás, a pesar de su parecido físico, no evoca, para el espectador que lo desconozca, uno de los rasgos más llamativos del carácter de Nicolás II, su habilidad para esconder toda manifestación de sus emociones y sentimientos más profundos detrás de una máscara de cortesía hierática que lograba confundir a ministros e incluso familiares que trataban con él de forma habitual.

Y esto es importante porque ayuda a entender mucho mejor el grado de presión tan insoportable que el último Romanov sufrió sobre todo desde 1914, sólo revelado en sus confidencias personales recogidas en su diario íntimo y a través de su intensísima relación epistolar con la zarina: una fatiga que aniquiló su voluntad de autócrata hasta quebrarla por completo sin que a su alrededor atisbasen ese nivel de estrés tan elevado que bullía como una caldera bajo la apariencia cortés y siempre gentil del educadísimo zar hasta que, por fin, accedió a abdicar en febrero de 1917.

La abdicación, que resultó según las fuentes una liberación personal para Nicolás, se comprende en toda su magnitud conociendo la naturaleza tímida, apocada, dubitativa y vacilante de un hombre que no estaba hecho para semejante responsabilidad; los meses que pasaron entre febrero y el octubre rojo de los bolcheviques fueron, probablemente y atendiendo a las descripciones de quienes vivieron aquellos meses inciertos junto a la familia real, los más serenos e incluso felices (en la medida de lo posible teniendo en cuenta su condición de rehenes del Gobierno Provisional) de la vida de Nicolás y eso no se logra transmitir de ninguna manera en la serie.

«Es importante la atención que la serie muestra en Rasputín, sin el cual es imposible entender los últimos años de los Romanov y de la autocracia rusa»

Es importante sin embargo la atención que la serie muestra en Rasputín. Sin duda la figura de este extraño personaje, sin el cual es imposible entender los últimos doce años de la dinastía Romanov y de la autocracia rusa, merece un lugar destacado en el relato de los acontecimientos. Se agradece el intento por adentrarse en el personaje y por conocer sus orígenes: uno de sus méritos es explicar su difícilmente explicable condición de vagabundo santo para el público general y las connotaciones profundamente rusas que tenían que tanto lo que Rasputín hacía como lo que decía y se callaba, su aspecto físico, forma de vestir y de relacionarse. Aunque como era de esperar, también en esto la serie se queda corta.

Las dos claves para entender a Rasputín eran su condición de jlist y la demencia santa, un concepto arraigado en la Edad Media rusa que había prácticamente desaparecido con la Modernidad. Estas dos circunstancias aparecen en la serie pero descritas con insuficiencia por lo que no le queda claro a uno si en realidad era un pervertido esquizofrénico y alcohólico o un fornicador vicioso, astuto y sin escrúpulos. Y aunque sea imposible todavía deslindar lo real de lo fabuloso en la vida de Rasputín es imposible comprender su conducta sin conocer la herejía jlist, íntimamente ligada a los residuos del paganismo que sobrevivieron a la cristianización de los grandes espacios rusos y se integraron en la fe popular que desde los primeros zares desafió la doctrina oficial de la Iglesia moscovita.

Los jlist estaban por todas partes, habían sobrevivido fundando pequeñas comunidades de iniciados, muchas de ellas junto a los monasterios más famosos y antiguos de Rusia. Eran, en sentido estricto, una secta, emparentada con los movimientos heréticos que respondieron a la eliminación del Patriarcado y al sometimiento de la jerarquía eclesiástica al trono del imperio y que se desvincularon de las reformas oficiales manteniendo en la clandestinidad unos ritos que integraban prácticas paganas ancestrales. Entre ellos, el más importante y el que sirvió para caricaturizar a Rasputín en la opinión pública mundial, era el extraño exorcismo mediante la lujuria que consistía en liberar a mujeres, pero también a hombres, del pecado a través de encuentros lascivos ambiguos que convirtieron a Rasputín en toda una fuente de escándalos en cuanto se estableció en San Petersburgo como consejero de la familia real. Después de cada liberación místico-erótica pervivía un vínculo entre liberador y liberado, normalmente liberada, por lo que esto, junto a sus misteriosas capacidades sanadoras (se sospecha que de algún modo u otro los jlist conocían hierbas y componentes químicos extraídos de la naturaleza con los que elaboraban fórmulas que les valían para ganarse la leyenda de terapeutas mágicos) muy pronto le granjeó un verdadero grupo de discípulos y fieles devotos.

La relación de los jlist con el sexo era igualmente procaz pues las orgías grupales formaban parte de algunas de sus ceremonias clandestinas, que fusionaban lo espiritual o místico con la carnalidad. Estaban perseguidas y a lo largo de su vida se le abrieron varios procesos de investigación. Sin embargo Rasputín consiguió aparecer siempre a los ojos del zar y de la zarina como un santo demente, figura legendaria para Nicolás y Alejandra, apasionados de la historia religiosa rusa y ortodoxa y personas fervorosamente creyentes en Dios y su providencia. Los santos dementes eran tipos a los que la sociedad medieval rusa tomaba por idiotas o chiflados pero que a la vez eran respetados y admirados por su vida errante y predicadora: siguiendo las enseñanzas del Nuevo Testamento cargaban con su propia cruz en emulación del calvario de Cristo y encontraban una felicidad sádica en el castigo físico, la privación y la injuria de los demás. Este artificio le sirvió no sólo para ganarse la admiración de los zares sino para reforzar su posición como hombre santo y conectado de alguna manera al designio divino puesto que todos los intentos de los primeros ministros y familiares Romanov por desenmascarar a Rasputín ante los ojos de Nicolás y de Alejandra confirmaban a la imperial pareja la naturaleza única y prodigiosa de aquel singular campesino semianalfabeto que llegó a sus vidas como una verdadera providencia para aliviar la hemofilia del zarévich.

«La relación de los jlist con el sexo era igualmente procaz pues las orgías grupales formaban parte de algunas de sus ceremonias clandestinas, que fusionaban lo espiritual o místico con la carnalidad»

De todos modos la serie incide en la importancia de Alexéi, el heredero, como vínculo original y fundamental entre Rasputín y los zares. Es un acierto la elección del actor, transmite esa mezcla de aparente humildad, instinto campesino, oscuridad salvaje y santurronería que debió envolver a Rasputín, pero no se aclara qué formaba parte de la leyenda negra que los infinitos enemigos que se fue creando a medida que su influencia sobre la zarina aumentaba y qué fue real. Como tampoco logra la serie transmitir al espectador el sentido de apocalipsis que respiraron los zares desde el primer día de su reinado, algo especialmente físico y palpable entre 1915 y la revolución de febrero de 1917: Petrogrado fue durante ese tiempo la ciudad de las conjuras, una ciudad que flotaba sobre miasmas de sangre y traiciones, con la zarina gobernando sola en Tsarkoe Selo, aislada tanto de la sociedad civil como de sus potenciales aliados políticos y dramáticamente enfrentada a toda la corte, a todos los Romanov; tampoco se aclara el papel del gran duque Dimitri (ni su relación de amistad tan estrecha que las fuentes hablan de bisexualidad con el príncipe Yusúpov, causa de la ruptura de su compromiso con la hija mayor del zar) en el asesinato de Rasputín.

Todo lo fidedigno que resulta la recreación de los últimos meses de los Romanov una vez llegan los bolcheviques al poder así como la escena de la ejecución en la Casa Ipátiev de Ekaterimburgo (excepto algún detalle menor, como por ejemplo la ausencia del perro, el único superviviente, de las grandes duquesas, y de sus fámulas) aparece como chusco y plagado de lugares comunes en la de Rasputín. El mundo entero creyó la versión oficial del asesinato, como cosa organizada y hecha por propia iniciativa del príncipe Yusúpov, heredero de la fortuna más grande del imperio y personaje fascinante, libertino y poliédrico. Pero la serie pasa por encima de investigaciones muy interesantes como las del historiador Radzinsky que en su biografía de Rasputín prueba, en base a la documentación policial desclasificada en la glasnot y la perestroika, que la policía concluyó desde el principio que tanto el gran duque Dimitri como la hermana de la zarina y toda la familia Yusúpov, es decir, lo más granado de la Corte, planeaban un golpe de mano palaciego cuya primera etapa era matar a Rasputín, la segunda encerrar a Alejandra en un convento y la tercera obligar a Nicolás a abdicar en favor del zarévich o, incluso, del propio Dimitri, para lo que se hizo circular una historia adulterada del crimen de Rasputín que inculpaba sencillamente a Yusúpov. Esta versión agradó a Nicolás en tanto que evitaba un escándalo dinástico en un momento crítico para él, con el ejército desmoronándose en el frente oriental y el trono, literalmente, en la picota. Pero la prueba de que Nicolás estaba convencido de que la versión policial era la correcta es el destierro que le impuso a Dimitri: a la postre, exiliado en Persia, fue uno de los pocos Romanov que se salvó de la masacre.

En todo caso, aunque merece la pena más que nada por lo que tiene de didáctico y divulgativo para un público millenial que tiende a no profundizar en la tragedia rusa más allá del cliché propagandístico y la distancia ideológica, Los últimos zares pierde en comparación con otro estupendo documental que flota en el timeline de Netflix con menos publicidad pero mucho mejor hecho, resuelto y documentado: Trotsky.

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