Mi abuela me regaló una vez una pulsera de oro. La tenía guardada en una bolsa de plástico (ella era así de campechana, al estilo borbónico) desde hacía quién sabe cuántos años. Se la había regalado mi abuelo cuando vivían en Argentina, y desde entonces había sido una de sus joyas favoritas.

Ella (mi abuela) me la dio estando ya mayor, cuando uno sabe y asume, supongo, que el corazón le va al ralentí. Ahora, con el tiempo, entiendo que ella había pensado y planeado ese momento. Y me la dio de la manera en la que dan las abuelas las cosas de valor (siendo de valor, para una abuela, desde una moneda de un euro hasta un solar en Teruel). De extranjis, susurrándome al oído y sacando el paquetito poco a poco, como si fuera un gramo de coca o un arcabuz.

Y ahí la tengo. Digo ahí no refiriéndome a un lugar, espacio, cajón, caja, concreto y localizable, porque no tengo ni pajolera idea de dónde está. Mi abuela, guardando toda la vida una pulsera de oro macizo en una bolsa de plástico que la protegía de cualquier inclemencia, y ahora que la tengo yo, no la utilizo ni para sacarle brillo.

En cualquier caso, y para adelgazar mi dejadez, esgrimiré que mi despiste es directamente proporcional a los recuerdos que guardo de mi abuela. No necesito mirar a la pulsera para acordarme de ella (de mi abuela).

El caso es que, hace unos días, tuve una tarde tonta que derivó en la evocación de lo arriba expuesto. Una de estas tardes que te dan un poco igual, que por ti como si un agujero en el espacio-tiempo se tragara esas horas estériles entre la comida y la cena. Tardes estupendas, por otro lado, para pasar del canal 6 de la televisión y hocicar otros que, si el mundo mereciera la pena y todos cultiváramos lechugas e intelectos, deberían ocupar los primeros puestos de la parrilla televisiva, en lugar de las salchichas requemadas que son los canales de un solo dígito.

¿Por qué nos costará tanto pasar de las primeras partes de las cosas? De los primeros canales de televisión, de las primeras páginas de Google, de las primeras clases de body-pump.

Cuando ya había pasado de la segunda decena, apareció en el plasma una señora que me transmitió la confianza suficiente para encargarle mi redención como telespectadora.

La buena mujer, historiadora ella, se llamaba (y se llama) Mary Beard, y fue Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2016. Me hablaba desde Pompeya, y me prometía hacerme partícipe de uno de los últimos descubrimientos realizados en la ciudad petrificada. Me vale, Mary. Te lo compro.

Acto seguido, la historiadora y uno de los arqueólogos que trabajan en Pompeya se meten en un sótano. Ella está emocionadísima, como manifiesta su diámetro ocular, igual que el de un niño cuando encuentra un bicho bola. En el sótano hay 54 esqueletos, dispuestos en la misma postura en la que sus dueños perecieron. Gracias a su ánimo de supervivencia, los huesos no han sido contaminados por la ceniza y ahora podemos saber algo más de cómo vivían esas gentes las horas entre la primera legaña y el último bostezo.

Mary y su compañero proceden a analizar uno de los huesos que, a la luz de la linterna, arroja un color verde intenso. Un hueso verde, como el pelo del Joker. “El verde viene de los metales, lo que nos dice que era una persona adinerada. Llevaba objetos de bronce, cobre o latón cuando murió. El ácido de la tierra reaccionó con el objeto metálico y tiñó los huesos de verde.”

Alucino. Yo que pensaba que lo de ser el más rico del cementerio no valía para nada. Hasta la Madre Naturaleza (que si la pillas de buenas muy bien, pero si la pillas de malas es más sádica que Alex DeLarge) sabe que eso de que todos somos iguales es una engañifa para los débiles, y que incluso muertos somos diferentes. Así que “tenga usted un poco de verde para que, cuando le encuentren dentro de miles de años y ya se la refanfinfle todo, los arqueólogos sepan con quién están tratando y no le confundan con la chusma.”

“Entonces, ¿los pobres no tienen ningún hueso verde?”, pregunta Mary, como si no tener ningún hueso verde fuera desgracia mayor que el paso primero de haberse uno convertido en hueso.

“No, los pobres no los tienen verdes”, contesta el arqueólogo con el peso de una verdad catastrófica.

Hay que joderse fastidiarse. Los pobres, además de pobres de bolsillo, son monocromos. Ni color en sus vidas ni color en sus muertes. Con huesos normales, de color hueso. Huesos color hueso. ¿Puede haber algo más deslucido en este mundo?

Mi consciencia empieza a hiperventilar.

Yo noto esa distinción antinatural entre el rico y el pobre cada día. Ayer, por ejemplo. Estando servidora siendo atendida por un banquero (cuando empleo este término siempre se me viene a la retina el señor Banks de Mary Poppins dando de comer a las palomas), escuché que entraba en la sucursal una señora. Supe que era una señora sin tener que mirarla, porque llegó lanzando saludos como quien entra saludando a los parroquianos del bar de enfrente un viernes a la noche.

Cuando el tercer saludo se dirigió a mi banquero (porque, en ese momento, era mío), éste, sin un “discúlpeme señorita”, activa el gadgeto-propulsor y sale despedido de la silla giratoria de Ikea en una trayectoria perfecta hacia la susodicha. “¿Cómo está usted? ¿Se le solucionó aquello? Dígame que necesita”. Supongo que el saldo de la buena señora triplicará en dígitos al mío y justifica el desplante.

Lo noto, también, cuando viajo. Tengo una costumbre un tanto paleta, a lo “Paco Martínez Soria en la ciudad”. Busco el hotel con más solera del lugar, y lo visito. Llego a la puerta giratoria dejando atrás el porche (ambos elementos indispensables en un hotel merecedor de mi visita) y saludo a los botones con una cara que nunca me he visto, pero que imagino será una simbiosis de la expresión de Steve Urkel cuando hace algo indecente y la soberbia de Trump cuando… bueno, siempre.

Si tuviera un tic facial, desplegaría en ese momento toda su grandiosidad y me dejaría en absoluta evidencia.

Pregunto por la cafetería con una voz de pito consecuencia de mi fingida dignidad, y me tomo un café para poder pasar el rato sin gastar demasiado, imaginando estar hospedada en la suite presidencial. Pero, más temprano que tarde, aparecen los huéspedes procedentes del spa, con una imagen muy poco honorable, pero con mucho dinero imaginario saliéndoles por las orejas. O por los poros abiertos. Y mi imaginación se esfuma tan rápido como me traen la cuenta del café.

Mary consigue salvarme de esta amarga reflexión al mostrarme un lugar donde acaba algo que, sí o sí, nos hace a todos iguales. Una fosa séptica. “Todavía puedes ver el trazo marrón que han dejado los excrementos a lo largo de los siglos”, apunta el arqueólogo.

¡Ajá! Sí, señores, todos hacemos caca. Y no hay manera más simple de ponernos a todos a la misma altura. Si pillas a tu jefe en el fragor de la batalla, dejarás de tenerle respeto. Si tu pareja lo hace con la puerta abierta, intenta pensar que está leyendo a Proust porque, de lo contrario, y aunque lo niegues, perderá una pizca de sex-appeal.

Uf, menos mal que aún hay algo que nos asemeja a los ricos. Ya estaba empezando a incomodarme todo esto.

Termina el documental, y me pregunto qué estarán haciendo los ricos ahora. ¿Hablando con el director del banco? ¿Dejándose masajear en el spa de su hotel? Haciendo popó, con suerte.

Busco la pulsera que me dio mi abuela, pero no la encuentro. Debe haber sido la Madre Naturaleza, que se ha escurrido por la ventana en un día de lluvia y me la ha robado. Maldita seas, mil veces.

Caigo en la cuenta de que ya nunca me la podré poner. De que soy como esos esqueletos de los pompeyanos pobres. De que la muerte no me equiparará con la señora del banco.

De que el “todos somos iguales” es una falacia histórica. De que, aun con abuelas como la mía, algunos no hemos nacido para morir con los huesos verdes.

 

SILVIA NORTES – @SINNORMAS

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