Si quieres tener éxito en una expo temporal, usa el término “impresionista” en el título de la muestra. Es indudable que al gran público le “gusta” el Impresionismo. Pre o post, francés, americano o incluso australiano, ya sea en retratos o paisajes, urbano o a campo abierto, es un concepto fetiche. Nadie osaría discutir la calidad de los Degas, Monet, Renoir y compañía, o expresar su cansancio por sus figuras abocetadas y sus repetitivos malvas. Y hay que reconocer que es indiscutible la importancia que tuvo este movimiento (tan amplio como difuso) en el devenir de la pintura occidental, llegando a denominarse en alguna exposición, con una pompa muy parisina por otro lado, como el “Nuevo Renacimiento”. Será por dinero. Será por prestigio.

Pero para que surja el exquisito (y a veces superficial) menú impresionista, hubo que previamente cocinar unos ingredientes. Así, se saboreó las fragancias silvestres de la Escuela de Barbizón donde los Rousseau, Daubigny, o Dupré se escondían del progreso tecnológico de las grandes urbes en los bosques de Fontainebleau trabajando en un tratamiento novedoso de la luz. O degustar a un Corot (“Él lo anticipo todo”, declararía Degas años más tarde) para el que los colores son una parte viva y cambiante de los cuadros. Y que decir de la Hermandad Prerrafaelita, formada por un grupo, casi secta, de ingleses (afortunadamente muy alejados del Fish and Chips) unidos por un odio cerval a la pintura moderna, con su famosa, icónica y húmeda “Ofelia” de Millais. Incluso el Maestro de los Maestros, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, chef creativo e innovador donde los haya, aporto sus condimentos sevillanos al potaje parisino. Pero si se habla de pintura (y de cocina), siempre hay que mirar a Italia… y allí surgieron una serie de artistas que se oponían al Academicismo, tanto en el arte como en la vida, los que se conocerían como “Macchiaioli” (“manchistas”) denominación originada por un crítico del “Gazzetta del Popolo” que trató de descalificar sus primeras obras por estar compuestas de pinceladas trabajadas y empastadas como manchas superpuestas (hasta en lo de adoptar como nombre los términos despectivos fueron precursores estos italianos…). Porque estos pintores trasalpinos indudablemente compartirán, y sobre todo anticiparán, muchas de las características que configurará el omnipresente Impresionismo. La intensidad del momento, los estudios de la luz, el trabajo de campo, ruptura con el Academicismo, interpretación de un realismo no objetivo, mancha frente a forma, formatos y encuadres originales, influencia del arte fotográfico… todo estaba en los Macchiaioli con una década de anticipación a la ruptura de los parisinos.

Pero si formalmente se podría decir que esta muchachada italiana anticipa el todo, conceptualmente hay diferencias que los separa radicalmente de los impresionistas franceses. Por un lado los Macchiaioli estaban estrechamente vinculados al campo, pero no de turismo de fin de semana como harían sus colegas franceses en los frondosos bosques franceses, sino de una forma vital. Gustan de reflejar la campiña de la Toscana, pero es una visión llena de reflexión, a diferencia de la inmediatez impresionista. Se podría llegar a decir que los paisajes tienen un componente social, con monjas y campesinos, figuras erguidas y dignas como parte intrínseca de la naturaleza. Donde en Francia es frescor y hierba, en Italia es sudor y heno, y frente al malva y azul de los amigos de Manet, predominan en el grupo italiano los ocres y blancos. Porque si los impresionistas franceses provienen en su mayoría de la burguesía urbana, los miembros de esta escuela italiana se nutren del medio rural, de origen campesino y trabajador. Pero fundamentalmente la línea divisoria será la política, ya que contrariamente a la gran mayoría de los impresionistas franceses, los integrantes del grupo de los Macchiaioli tuvieron desde su inicio un abierto compromiso militante, y en parte revolucionario. Y es que reconociendo que la Italia de la segunda parte del XIX no era la Francia finales de Siglo, también hay que señalar la diferente postura de los integrantes de ambos movimientos. La implicación de los Macchiaioli fue total. Había que “construir” Italia, y estos pintores no podían permanecer al margen. El espíritu patriótico de la Unificación Italiana impregnaba todo el ambiente, y en ese contexto social este grupo de pintores se implicaron como artistas y como soldados, buscando tanto un resurgimiento de un arte nacional italiano (situación geográfica más que política) como una unificación y creación de una Italia moderna y de cierto modo progresista. Eran los años del Risorgimento, Italia perseguía su unificación y la retórica guerrera encendía las portadas de las gacetas. El nacionalismo (entendido como creación de una patria) constituía una irresistible vanguardia tanto ética como estética.

Los Macchiaioli surgen en reuniones informales que llevaban a cabo una serie de jóvenes e inconformistas artistas en el Café Michelangiolo, situado en la plaza del Duomo de Florencia. Discuten de arte y de la vida en general y desde sus comienzos puede verse como la temática social está muy presente en sus obras. Poco a poco van buscando con sus pinceles reflejar la situación política del momento, los movimientos unificadores, con sus revueltas y batallas. Pero no es una visión amable y romántica de la guerra, sino la de unos pintores que están viviendo las miserias de las batallas, sin el idealismo de la retaguardia o de gestas pretéritas. Por ejemplo en la obra “De guardia” de Giovanni Fattori, se puede ver como el autor muestra la sobrecogedora soledad de unos soldados confundidos, que parecen abandonados a su suerte. No hay rastro de gloria ni heroísmo, solo el peso de la responsabilidad en unos jóvenes arrancados de su medio natural. Hay que señalar que Fattori fue participe del Partito D’Azione, movimiento creado por el periodista y político Giuseppe Mazzini y opuesto a la presencia Austriaca durante la época del Risorgimento, y en el que el pintor italiano colaboraba distribuyendo clandestinamente publicaciones prohibidas y participando activamente en la oposición a la presencia de los militares austriacos en la futura Italia. Y es que los Macchiaioli se convierten en un anticipo de los fotorreporteros de guerra, donde plasman por medio de sus pinceles, de una manera rápida y sin alardes, la realidad del campo de batalla, sin entrar en la pomposidad clásica de la pintura militar, tan en boga con el romanticismo francés que reflejaba las gestas napoleónicas de principios de siglo. Estos pintores italianos evolucionan sobre lo que ya había mostrado Gerome Induno, que pocos años antes había marchado con el ejército de Víctor Manuel a la guerra de Crimea, reflejando en sus cuadros la crueldad de la batalla. Así, un Telemaco Signorini, quizás el líder intelectual del grupo (y quien eligió el nombre de Macchiaioli para el grupo) participó activamente en la Segunda Guerra de la Independencia, o un Diego Martelli, importante crítico de arte y sostén económico y nexo de unión de los Macchiaioli, tan involucrado en la política como en el arte y que llego a luchar en las filas de Garibaldi. Por su lado Raffaello Sernesi falleció a causa de sus heridas producidas en la batalla de 1866 vistiendo la camisa roja de las filas de Garibaldi. Y otro de los pintores más insignes de los Macchiaioli, Giuseppe Abbati, también peleo contra las tropas austriacas en la guerra del 1848, y más tarde estuvo enrolado con las tropas de Garibaldi, perdiendo el ojo derecho en la batalla de Capote del año 1860. Pese a ello, participó en otros combates en 1862 y en 1866, año en que fue hecho prisionero, permaneciendo encerrado unos meses en Croacia (curiosamente tras sobrevivir a tantas batallas, fallecería al ser mordido por su perro, infectado por la rabia a la temprana edad de 38 años). Y todos ellos dejaron su testimonio de las batallas en recuerdos pictóricos.

Como dijo un crítico italiano, se podría decir que los Macchiaioli amaban Italia, pero amaban más la verdad. Un ejemplo de su sinceridad bélica es “El jinete estribado” de Fattori, donde muestra el cadáver sanguinolento de un joven y anónimo soldado arrastrado por su caballo en estampida. Su personal verismo e “italianismo” fue tal que su influencia llego hasta directores de cine como Luchino Visconti y Mauro Bolognini, e incluso Bertolucci con su “Novecento”, quienes encontraron en esta peculiar escuela pictórica (y vital) una inspiración para su visión estética. Los Macchiaioli revindicaron la realidad, y una visión de unos campesinos traslados a un campo de batalla, con más sentimiento que sentimentalismo. Pintaron lo que vieron y como lo sintieron, sin que su amor a la recién nacida Italia les nublara su juicio crítico a la vida que les tocó vivir. Una responsabilidad que nunca asumieron los famosos impresionistas franceses.

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