Hace unas semanas se publicó la lista de películas nominadas a la XXXII edición de los premios Goya. Es un momento que suelo esperar con bastante emoción, ya que me gusta mucho el cine español y, especialmente, el ritmo o la línea estilística que algunos directores están siguiendo en los últimos tiempos. A lo largo de este año, he visto con detenimiento los estrenos de las películas más importantes, observando que 2017 ha sido un año con una producción cinematográfica excepcional; más incluso que los años anteriores. En cada estreno pensaba: “no sé qué pasará en la siguiente edición de los Goya.” Para mi decepción, y experimentando las mismas sensaciones que sufro cada vez que observo la selección de películas nominadas (cosa que empecé a hacer por el año 2010), mis candidatas preferidas volvían a quedarse en un segundo plano, en detrimento de otras que no me parecían tan innovadoras o sorprendentes.

La primera vez que sentí esto fue en la XXV edición de la gala (2011), cuando el Goya a la mejor película se lo rifaron, entre otras, Pa negre, de Agustí Villaronga y Balada triste de trompeta, de Álex de la iglesia. La primera me parecía una película bien rodada, emocionante y, en algunos momentos, entrañable; pero en ningún momento me pareció original. El tema de la infancia en tiempos de guerra (o de posguerra) ya lo había visto en bastantes ocasiones; por no mencionar el asombroso parecido que encontré entre ella y La lengua de las mariposas (1999), de José Luis Cuerda, en cuanto a la utilización de los niños para inspirar tristeza y pena en el espectador. Balada triste de trompeta, por su parte, aunque también estaba ambientada en la posguerra española, abordaba el tema desde un ángulo totalmente distinto e innovador para nuestro cine: desde el punto de vista de un grupo de faranduleros en la época de la dictadura. El protagonista es Javier, un niño de un linaje de payasos que, cuando crece, decide seguir la tradición familiar. Desde la perspectiva del espectáculo, Álex de la Iglesia relata la vida y los problemas del mundo del circo, rescatando el feísmo y la excentricidad propia de las películas que reflejan el espectáculo como una prisión, una atadura, para los bufones. La cinta me recordaba a clásicos como Garras humanas (1927) o Freaks: la parada de los monstruos (1933), ambas de Tod Browning; también la asociaba con El hombre elefante (1980), de David Lynch; películas, todas ellas, que relatan el sufrimiento padecido por los “Freaks” (fenómenos de Feria) al ser tratados como mercancía. Por otro lado, me sorprendió que el propio director comparara el film con El hombre que ríe (1928), de Paul Leni, trabajo que también trata el tema de la relación enfermiza entre un hombre y el mundo de la farándula. Como era de esperar, la cinta de Álex de la Iglesia no recibió el Goya a la mejor película. “Los trabajos que se recrean en lo grotesco y que atienden más a la exageración estética que a la moral, no convencen a la academia de cine”, pensé.

“Los trabajos que se recrean en lo grotesco y que atienden más a la exageración estética que a la moral, no convencen a la academia de cine”, pensé

Al año siguiente volví a experimentar la misma sensación. En la XXVI edición, dos de los trabajos preferidos para optar al Goya a la mejor película fueron, entre otras, No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu, y La piel que habito, de Pedro Almodóvar. Había visto las dos cintas y mi clara favorita era la segunda. Tenía todo lo que admiro en una película: expresión de lo perverso que puede llegar a ser el ser humano, suspense, y un protagonista que me recordaba a los doctores malvados del cine clásico de terror, al estilo del Dr. Frankenstein. En este caso, era Robert Ledgard, un médico que experimentaba a su antojo con las personas. Se volvía a dar, en cierto modo, la contraposición entre una película comercial y una más íntima y personal, que hacía del visionado un ejercicio difícil, debido al terror psicológico expresado y a la miseria y ruindad plasmada en los personajes. El film de Urbizu se llevó la estatua a la mejor película. “Efectivamente; a la academia siguen sin agradarle las películas tétricas”, pensé de nuevo.

Admito que tengo predilección por las películas en las que se refleja lo retorcidos y grotescos que pueden llegar a ser los protagonistas. En muchas ocasiones disfruto con lo obsceno y lo sórdido, como me dijo en una ocasión un amigo mío. Sin estas sensaciones no se pueden entender películas convertidas en clásicos de la historia del cine, como la ya mencionada Freaks: la parada de los monstruos, Saló o los 120 días de Sodoma (1975), de Pier Paolo Pasolini; algunas películas de Todd Solondz, como Bienvenido a la casa de las muñecas (1995) o Happiness (1998), por ejemplo; ni prácticamente toda la filmografía de Álex de la Iglesia, atendiendo ya al cine de nuestro país.

Este año se ha estrenado Pieles, de Eduardo Casanova; película que se mueve en esta línea estética, en torno a la representación explícita de lo grotesco y de lo obsceno, que conlleva, automáticamente, una reflexión moral acerca de los prejuicios basados en las apariencias. Es un trabajo de difícil visionado, debido a que muchas de sus imágenes, lejos de resultar agradables y bellas, son desagradables y espinosas: complicadas para que las consuma el gran público. Se trata de otro ejemplo de película independiente, innovadora, con una personalidad y un estilo impecables, que está muy lejos de ser galardonada con uno de los principales premios Goya. De hecho, no está nominada ni a mejor película ni a mejor dirección novel; categoría que le corresponde por ser el primer largometraje de Casanova. Este año, no he tenido que esperar al día de la gala para ver si lo tétrico y lo relacionado con una estética oscura vuelve a ser rechazado; mi película favorita se quedar en un segundo plano, aunque, como he mencionado al principio, la producción y la calidad de las cintas de este año sean excepcionales. El autor, de Manuel Martín Cuenca, y Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño, son mis favoritas, ya que ni Pieles ni El bar están nominadas. Probablemente, los académicos no valoren lo grotesco ni lo obsceno estilísticamente y, simplemente, interpreten la palabra “obscenidad” en una de sus posibles formas etimológicas: como algo que está contra (ob) la escena (scenus) y, por tanto, no debe representarse. Ni muchísimo menos ser premiado.

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