Lorca está enterrado bajo la tierra seca del Manantial de Fuente Grande. Un cronopio se acerca y le dice con voz de abedul: “Poeta, ¿por qué no te levantas? Y Lorca responde, con la voz de Salvador Dalí: “Porque no llueve”. Se acerca Ian Gimson y escribe la frase en un libro. El cronopio se marcha y llega a París. Se introduce con sus botas militares en el cementerio de Montparnasse. Llega a la tumba de César Vallejo y le pregunta con voz de un obrero de Santiago de Chuco: “Poeta, ¿por qué no te levantas?”. Y Vallejo responde: “Porque sólo vería tanques”. Entonces el cronopio comprende que los poetas ya no se quieren levantar. Es así. Entendés. Quizá los poetas deberían vivir en los tejados, como los telégrafos, y cada cual en su lugar, como manda el Sumo Pontífice. Ya no queda nadie por el mundo, únicamente los que van a comer a los restaurantes caros y los que se leen las novelas de Isabel Allende. La poesía ha desaparecido, porque ninguna mujer embarazada ya lee versos. Estamos ante la inundación de la ateología, que es la única que nos permite ser libres, puros, naturales, en su búsqueda de transformación del mundo. Se acabó el magicismo. Todo lleno. ¿Me comprendés? Las cuerdas de los violines ya se han roto y han dejado paso a la abertura de la puerta central de los Bancos. Un cronopio dice que el mundo está girando como los ojos de un Arlequín. Soñemos, empero, todavía. Tenemos tantas cosas que aclarar. Por ejemplo, ¿por qué se sigue sirviendo azúcar con los cafés, por qué razón las armas ya entran por las bocas de los bebés, quién ha dicho que el dinero sólo compra el amor? ¿Hasta cuándo? Los cronopios miden su inteligencia al albor de los árboles que lanzan sus hojas muertas, como paseos parisinos en donde se atisba los cadáveres de los escritores románticos. Muerte a Dios. Sólo somos carne y materia que se eternizan más allá de la continua lluvia que ha dejado de caer.

Un cronopio dice: “¿Quién ha visto mi paraguas?”. Y Moby Dick le responde: “Está en el fondo de los volcanes”. Así vamos. A contralucha con las universidades donde sólo se bebe té y Juan de Mairena. ¿Dónde queda el ajenjo? Prohibido. Todo lo que nos da placer es mutilado por los partidos políticos y por la Administración de Justicia. Pero ¿qué es lo que es justo?, ¿quién nos puede robar lo que nos gusta?, dice el cronopio. Hay una nueva crisis de valores que enmudece cuando las ingles llegan hasta las corbatas rojas. No obstante. No obstante aún estamos a tiempo. Quedan días de zapaterías prodigiosas que consigan elevar nuestra impaciencia hasta los arrecifes. Es necesario un Nuevo Romanticismo. Estamos hartos de Espantanublos recorriendo las calles como si recorrieran el llanto de Dylan Thomas. Estamos hartos. Estamos hartos de que las Compañías Eléctricas dejen sin luz a los niños para jugar en las plazas públicas cuando cae la noche como el silencio de los Parlamentos. Son los Parlamentos. ¿Son los Parlamentos? Sí, lo son. Los que taladran los clubes de la Historia para re/partir el sonido de las canciones tristes. Hace falta que venga el piano de Casablanca para des/hacer el tumulto de los guerreros. No queremos más armas. Lo decimos. Insistentemente. No queremos más buques en el Océano Índico. Lo único que nos reporta es la cronología del hombre que muere poco a poco, de paludismo o de virus informáticos. El cronopio dice que no desea ver a los presidentes de los consejos de administración bebiendo whisky y devorando monedas desnudas. Es el dinero lo que nos une. Compremos sólo con salarios, con sal a cambio de un carnero, con una casa a cambio de un beso, con una flor de café indígena por el amor infinito de una muchacha ciega. Sólo así vendrán reconocibles el tiempo y el mundo, la memoria y la lógica, como en un concurso de ópera, como en la dicibilidad de los dramas imposibles. Somos tantos. No os parece. Somos tantos contra los juegos de póquer. Es necesario reunirse y adquirir los colores del grito de Munch. Las obras de arte debieran estar en la calle y no en el salón de un mercenario de globalizadas empresas. El cronopio está muy enfadado. Pero, lo decimos con voz del Islam, muy enfadado. Porque hay demasiada sal en el mar, demasiado cáncer por los pasillos, un cáncer que es objetivo, fanático, deportivo, que alberga anclas sobre la palabra muda, la que no se dice, la que nos han robado. Nos hemos quedado sin lenguaje, sin metáforas, sin la alegoría de los bosques en donde se pulveriza la levedad. Atrás los Borgia. Atrás la comunicación entre el viento y las babas. Ya no queda nadie por el cielo, nadie llevando rosas a las tumbas, porque los muertos se han levantado otra vez y han muerto de nuevo, justo por la crisis de los misiles, por todo lo que da comienzo y nunca tiene su final, puesto que hemos dejado de viajar a Francia, a los edificios deshabitados, a todo aquello que nos ocurre, pero que desaparece tras la soledad prevista. Higiene del ceibo. Luz para los finales de cada siglo. El cronopio vive en todos los siglos, pero está desembocando en un solo instante, en el que permanece absorto observando de qué manera los continentes se están rompiendo por la cintura, una pierna, un hospital, un cementerio musulmán, el café colombiano, las listas de espera ante la Oficina de Empleo. El cronopio dice que tomemos esos grandes templos donde se organiza la política, la economía, los Estados, para de ese modo procurar que vuelva a llover, que el tiempo no sólo sea un solo tiempo, sino todos los tiempos en donde el amor frecuenta las cinco vocales. Nos hemos quedado sin lenguaje. Ya se ha dicho. Y Noam Chomsky ahora sólo se dedica a pescar en el lago de Ontario en Rochester. Todos somos norteamericanos, ¿no lo saben?, ¿acaso no se han dado cuenta? La Tierra es un nudo de camas en donde sólo habitan los que cotizan en Bolsa. Miremos hacia delante, hacia los niños con las axilas rotas, comprenderemos entonces por qué las iglesias permanecen todavía abiertas, por qué, en sus minutos de abril, nos están impidiendo el viaje a esa luna prisionera, votada, colonizada, en su masa internacional, como un pavo antes de ser seccionado en Connecticut para el día de Acción de Gracias. Truenos que gimen por los tejados. Ah, los danones esparcidos sobre las piedras.

El cronopio, que es cruel, pero atento de una inmensa belleza, pide que salvemos nuestra carne, que gocemos del cuerpo, que no caigamos en la melancolía, a pesar de que la guardia real del Palacio de Buckingham sólo nos trate según el color de nuestros zapatos. Todo se nos ha ido de los guantes. Hemos dejado de luchar. Estamos quizá demasiado cansados. Pero. Pero el cronopio piensa que sigamos intentando levantar las ciudades, situarlas encima de nuestras espaldas, para moldearlas y para hacer con ellas la harina necesaria para el pan, las ruedas suficientes para reanudar la canción griega de los sofistas con la bicicleta. Todos hemos de tomar el mar con bicicletas, porque de otro modo estamos expuestos a que nos pongan delante los troncos sangrantes, que vienen de Constantino y de los fascios caballos. Son los caballos. ¿De acuerdo? Son ellos los que pisan sobre la hojarasca de los otoños, los que no se detienen ante la bruma del Sueño y la Muerte. No hay disculpas. Ni siquiera ya nos quedan ojos para ver el año de mil quinientos cincuenta y cuatro. Mugen las vacas. Despacio. Muy despacio. Hasta convertir al hombre en el hombre que nunca ha sido, que siempre se ha perdido ante el primer paisaje, ante lo que nos dicen u obligan. Viejos periódicos. Facebook ya sin latidos. Hay un gran Ojo Grande que nos etiqueta nuestros pasajes de avión. Mañana no dispondremos de la posibilidad de ir a bañarnos a las tiendas de pantalones vaqueros. Nos hemos dejado arrastrar por esa gran marea que viene de cuando Saturno fue incapaz de detener a los trenes. El cronopio se muere. Se está muriendo de tristeza. Y ya nadie va a verlo a su casa porque ha quedado precintada por la Policía Judicial. Adiós cronopio. Adiós Cortázar. A vosotros os debemos aquellos tiempos de Nicaragua. Do you like me? Yes, and you? Yes, yes.

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