Si hablamos de literatura, debemos suponer que todo sucede de noche. Cuando leo sobre aquellas tertulias míticas del café Gijón, siempre me las imagino envueltas en una noche cerrada, oscura como el pensamiento de Cela, de Umbral, de García Nieto. Mi imaginación también les supone en invierno, porque entiende que el frío es el único territorio fértil de la bohemia. Me figuro a todas esas mentes en movimiento, buscando el camino del arte detrás de los cristales por los que penetra la luz de Recoletos (luz única en Madrid, la de este paseo). Las manos apoyadas en el mármol, el tabaco en el aire y el café en el cuerpo. Lo imagino con tanta intensidad que casi se podría decir que siento la resonancia de sus voces y sus gestos. No me ocurre lo mismo cuando visito el lugar en el que realmente ocurrió, el Café Gijón, porque en nuestros días los cafés históricos no son más que un museo fósil de lo que sucedió en otro tiempo.

Con todos los cafés literarios ocurre lo mismo: cuando un lugar llega a formar parte de la historia de la literatura (y no digamos ya si es el cine quien lo retrata) se convierten en un territorio de ficción más, y desde ese momento la vida del establecimiento ya no puede transcurrir de forma natural o espontánea, ni fluir de la manera en que debiera. Cuando nos sentamos en una de las mesas esperando hacernos más intelectuales por el mero hecho de estar allí, con la vana esperanza de que ese arte que pobló el local pueda heredarse con unos cuantos sorbos de café y pagando el doble por cada consumición, no hay nada que hacer. La cuestión es aún peor si el dueño del local tiene la infeliz idea de nombrar alguno de los aperitivos o cócteles que se ofrecen con el nombre de los autores que poblaron el lugar, como ocurre con locales de Praga (un café Kafka, por favor) o de París (marchando un cóctel Hemingway). Cuando un café se incluye en las guías de turismo, el daño ya está hecho para siempre: puede declararse muerto artísticamente hablando, entre otras cosas porque los verdaderos creadores huyen de allí, quedando como mucho algún figurón de los que no tiene nada que decir. Entrar al Café Gijón, hoy en día, es realizar un ejercicio de arqueología visual. Uno se sienta allí para imaginar cómo fue aquello, dónde se sentaba Cela y dónde su ejército de aduladores, desde qué lugar bramaba Francisco Rabal a los demás actores, y dónde algún poetastro de los que ya nadie se acuerda rateaba un café con leche al cerillero. En realidad el auténtico desafío del artista contemporáneo es conocer cuál es en París el Café de Flore actual, qué local de Madrid es el nuevo Café Gijón, ese lugar en el que la savia nueva se reúne y un nuevo hito artístico se está gestando. Todo lo demás es nostalgia, un ejercicio tan bello como estéril.

Llamar café literario al Gijón es decir poco, restringir demasiado lo que en su momento fue. Hay que decir que somos injustos al acordarnos solamente de los poetas y novelistas que allí acudieron, pero eso es porque siempre olvidamos que cualquier café histórico que así merezca llamarse es grande porque fue academia canalla de pintores, oficina bizarra de editores, local de ensayo de actores en paro, galería vacía de marchantes de arte, palacio del ruido para músicos eminentes. Si es un buen café alberga todo el ecosistema de la cultura, desde el actor más principiante al crítico más añoso. Así fue el Gijón.

Durante años, la única manera de ver al actor Manuel Alexandre sin que estuviera sobre las tablas de un escenario era darse una vuelta por este café. Fernando Fernán Gómez, ese actor que interpretaba bien pero escribía mejor, llegó a ser un cliente tan habitual y señalado del Gijón que su figura aún parece reflejarse entre los dos grandes espejos que son atrezzo histórico del lugar. Fernán Gómez dijo muchas veces que se había hecho escritor en el lugar, hablando con los profesionales a los que admiraba. Leyéndole cuesta creer esa historia del actor que se hace novelista por puro contagio, pues para escribir algo tan depurado y bello como El viaje a ninguna parte uno tiene que ser escritor de los pies a la cabeza aunque no lo sepa. Pero me gusta que lo dijera, porque le convierte en un tipo más humilde de lo que se cuenta.

Como en todo territorio mitológico, uno debe suponer que en el anecdotario del Café Gijón hay tanto de verdadero como de falso. Estamos hablando de artistas, no lo olvidemos, y por tanto reyes absolutos de la invención. Lo que resulta innegable, no obstante, es que en el Café Gijón vivió todo el talento perdurable de la posguerra española. En un tiempo en el que Lorca, Alberti y Miguel Hernández estaban tan prohibidos como presentes, los poetas se dividían en garcilasistas y machadistas, que en aquella época era una especie de Madrid/Barça de la alta cultura.

En la leyenda del Gijón está escrito que González-Ruano, cima de nuestro columnismo aunque a uno le pese reconocerlo conociendo su vida de estafador, delator y no sé cuántas miserias más, componía sus artículos sobre el mármol fértil del Café Gijón. Hasta la tinta y el papel con el que Ruano escribía sus columnas de prensa eran cortesía del local. No tenía más que sentarse en su mesa de siempre y esperar a que llegase su café, el tabaco, el papel y la tinta. Siempre prefería el diván a la silla, por más comodidad, e incluso a veces eran los propios recaderos del Café Gijón quienes llevaban la columna de Ruano al periódico. Recibía llamadas en el teléfono del mostrador, porque la gente había llegado a tener muy claro que si uno quería hablar por la mañana con Ruano tenía que ser en el Café Gijón.

Se cuenta que García Lorca compartía mesa con un Dalí que jugaba a crear bocetos que después metía en su chaqueta y no compartía con nadie. A esa tertulia de gigantes también acudían Buñuel, Sánchez Mejías, Edgar Neville, Jardiel Poncela y hasta Ortega y Gasset. Qué mesa formidable, inaudita, debían componer.

Dicen que el poeta García Nieto, injustamente olvidado a pesar de que escribió versos que hielan el alma, ofrecía su sitio a Camilo José Cela cuando éste entraba al local, cediéndole el honor de presidir todo y adueñarse de la palabra, que es lo que el gallego deseaba por encima de todo, incluso de escribir una buena obra. Por eso acabó como acabó. Un periodista describió una vez la situación de manera muy acertada: en la tertulia de los escritores de los sábados, García Nieto moderaba y Cela mandaba. El gallego conquistó el Café Gijón como un territorio más de su imperio, y lo mantuvo durante muchos años, al menos los necesarios para darse cuenta de que había alturas mayores que asaltar. Fue una pena que eligiera el Café Europeo para inspirar La Colmena, y no el local en el que su voz tronó tantas noches.

El único escritor de mérito que realmente devolvió lo recibido al Gijón fue Francisco Umbral, escribiendo esa novela deslumbrante que es La noche que llegué al Café Gijón, cumbre de nuestro siglo XX, aunque andemos por ahí pendientes de tiempos de silencios y otras oscuras bagatelas. En ella se retrata el desfile completo de artistas que hacían del Café Gijón una especie de Real Academia paralela. El propio título de la novela ya contiene su anécdota, porque al presentarla Lázaro Carreter dijo a Umbral: “A tu título le falta un ‘en’”. El profesor llevaba razón, efectivamente. El título correcto gramaticalmente hablando debería haber sido “La noche en que llegué al Café Gijón”, y el académico lo vio bien, pero de lo que Lázaro Carreter no se daba cuenta por aquel entonces era de que él reinaba sobre la lengua y Umbral sobre el idioma.

Umbral tomó café cada tarde con Gerardo Diego durante casi diez años, y uno haría cualquier cosa por saber de qué hablaban, y sobre todo quién escuchaba a quién.

Buero Vallejo, el condenado a muerte, siempre parecía esperar a alguien en el Café Gijón, quizá a los compañeros de generación que habían partido al exilio y con los que se reencontraría tarde y mal. Parecía un muchacho que espera una novia que no ha de volver, con su expresión de tener siempre una cena de menos y su actitud de artista del que nadie se acordará después.

Para no quedarnos en una leyenda rosa del Café Gijón, también hay que recordar que todas esas reuniones, siendo lo más destilado de la mente española, también era quintaesencia de nuestros defectos. En los años gloriosos de la canalla literaria española (no esa danza de agradecidos y abajofirmantes en que se ha convertido ahora), cuando se quería reventar una tertulia o a uno de sus miembros, se contrataban a odiadores profesionales,  que acudían al café con el único objetivo de romper la conversación del odiado, ese autor con el que se tenía una rencilla o hacia el que se sentía una envidia irrefrenable. Cela tenía un odiador perpetuo, constante, casi un asalariado del odio, como también lo tuvo García Nieto. Hasta ese pájaro frágil y pobre que era Buero Vallejo tuvo su odiador, que era un poco como él, rápido de pensamiento pero poca cosa de cuerpo.

El Café Gijón fue sobre todo una escuela de germanía para artistas, una Real Academia de nuestra canallesca. Al final la ósmosis cultural funciona, y por eso los camareros históricos del Café Gijón, por pura imitación, se reconocen escritores también. Echen un vistazo al caso de José Bárcena, camarero durante incontables años del local e individuo que se define en uno de sus libros con el título genial de “Escritor con bandeja en el Café Gijón” que suena algo así como “Mando en plaza”, y es una cosa vacía pero bastante aparente a la que solamente se puede llegar cuando se ha convivido durante mucho tiempo con tanto genio.

Tiemblo al pensar que ya ha pasado el tiempo de los cafés, porque eso equivale a reconocer que pasó el tiempo de nuestra mejor literatura. Da miedo imaginar que el próximo Francisco Nieva pueda estar sentado en un Starbucks, y no lo digo solamente porque sean lugares de maderas fingidas y ambientes clonados, sino porque les imagino sin hablar con nadie, sin debatir, sin insultar, sin compartir lecturas ni leer borradores en público, mirando con lánguido interés la pantalla de su portátil.

1 Comentario

  1. cuando visite por primera vez el CAFE GIJON sali totalmenete decepicionada, pues esperaba encontrar alli otro ambiente muy diferente, Por ello he leido el articulo de referencia totalmente encogida. Es realmente bueno.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here