La técnica del automatismo hacia 1924 fue adoptada por André Masson, poco después de conocer a Breton, donde el cubismo ya era una cosa Gris y excesivamente cuadrada, geométrica, lineal. Había que apoderarse de los sueños, estudiar a Sigmund Freud y tomar la conciencia como una manera de pintar lo que revisaba la mente, no lo que veían los ojos. Rimbaud había inventado el color de las vocales y Lautréamont había despedazado a la humanidad: ¿qué quedaba más por hacer? Precisamente todo: la modernidad a través de las vanguardias.

Justamente, en estos días de esta España de los Cristos del Alma, del automatismo de la Gürtel, el pene pelado de M.Rajoy ante el colorido de sus vocales más profundas, es donde veo yo esta necesidad de una nueva vanguardia que haga de lo cultural y lo social y las calles que arden un nuevo humanismo en donde la política sea capaz de evitarnos ya para siempre su propia psicosis en tan alto grado de descomposición mental -los sueños de Sigmund Freud-. Lo político español ha perdido ya todos los papeles. Pero entre los papeles de Bárcenas me parece a mí que nuestro ilustrísimo Luis el Cabrón, entre rejas, va a poner su propio holocausto a cada pajarito que anda por ahí cantarín y como fuertote de gimnasio a lo Rafael Hernando. De alguna manera la vanguardia que solicito remunera todo lo que nosotros, las razas malditas que venimos de Rimbaud, Lautréamont o el peyote de Breton solicitamos para que no vuelva a producirse ya más el regreso de tanto orangután en las ruedas de prensa del Congreso de los Diputados. Todo imperio cae cuando existe un solo hombre que es capaz de pintar el desnudo de una mujer con inteligencia y ternura, como fue el caso de Paul Delvaux.

Todo imperio cae cuando existe un solo hombre que es capaz de pintar el desnudo de una mujer con inteligencia y ternura, como fue el caso de Paul Delvaux

El surrealismo, pues, vino del frottage y de la decalcomanía, aquel gouache oscuro donde se ejercía una presión para despegar las hojas muertas de otoño antes de que se secaran. Dalí, Man Ray, Max Ernst desarrollaban el raspado, el fumage y la distribución de las arenas sobre el lienzo con cola pegajosa. Miró, a base de LSD, pintaría el surrealismo bretoniano, desde el automatismo puro, con sus fantasías infantiles, su nacimiento en el mundo, desde un lenguaje de signos y formas biomorfas. Arp combinará esta independencia del cadáver exquisito y la mecánica del onirismo a partir de una iconografía orgánica que desembocó en la escultura irreal, en un tiempo fuera del tiempo. ¿Y qué hizo Paul Delvaux?

Paul Delvaux hipnotizó todo lo monstruoso, deformando todos los museos, sumergiénonos en un mundo que no es otro que el de la memoria, el del deseo y todo aquello que se cree abandonado por perdido. La pérdida de algo, de alguien, de un personaje o de una mancha de óleo adquiere en Delvaux ese improntus de detallismo y precisión de objetos que aparecen en cada uno de sus cuadros, como si estuviéramos introducidos en una novela de Julio Verne o en los cuadros de los primitivos flamencos, donde Delvaux trata de hallar lo verosímil, pero entrelazado con el estigma de lo soñado, de lo imaginado, de lo irreal, del surrealismo.

Paul Delvaux hipnotizó todo lo monstruoso, deformando todos los museos, sumergiénonos en un mundo que no es otro que el de la memoria, el del deseo y todo aquello que se cree abandonado por perdido.

Hoy toca que nos dejemos volver a pintar por Delvaux, pues es hora de recuperar ya la memoria perdida, tantos muertos en las cunetas -desde aquí mi apoyo a actores como Willy Toledo y su entendible furia contra el Leviatán-, tantos magistrados, como es el caso de Baltasar Garzón, asesinados moralmente por ese eterno Valle de los Caídos que es España, esta España llena de cabrones y de este tradicionalismo entre falangista y ministerios de propaganda a lo Goebbels en donde ya no el fascismo sino la grave enfermedad mental en la que están incurriendo muchos de los que no nos dejan expresarnos con absoluta libertad me lleva a pensar que estamos ante un yihadismo cristiano envuelto en la bandera patria de un capitalismo de sosa cáustica del que debemos defendernos a partir de la insurrección intelectual, social, cultural y ciudadana. “Valtonyc, Sé Fuerte”.

Paul Delvaux era belga, expresionista en sus comienzos, pero urgentemente, tras la visita a René Magritte y a E. L. T. Mesens, se vincula al suprarealismo desde el desnudo de las mujeres y un figurativismo que aparece / desaparece en todos los lienzos. Delvaux quiere pintar al hombre, pero le sale la mujer, la mujer como la poesía de Homero, como el cine de su padre, André Delvaux. La femeneidad conforma el museo donde no se oculta lo que se ve, sino que lo que es visto prontamente es ocultado en la memoria del espectador. Calles, farolas, ventanas, árboles, noches, vigilias, ferrocarriles, esqueletos, ciudades, amantes que aman el amor como si el amor de verdad existiera, y tantas mujeres desnudas cuyos senos son mínimos y centilitros, adivinanza de una sensualidad que pronostica blancura y pianos clásicos más que sexualidad integrada y absoluta. La mujer en Paul Delvaux es respetada como una modelo en una academia. De pie, sentada, tumbada, durmiendo, despierta, seria, intrigante, enigmática, la mujer en Paul Delvaux realiza la gimnasia de la tarde, de la noche, con bebés o entre las olas, pero siempre muy en mujer. Lo femenino arrastra a lo masculino como si el mito alcanzara esa divinidad que prospera entre telas o divanes, callejones con columnas donde la femeneidad se aproxima no a la desesperación, en todo caso, a la sublimación del eterno femenino, tan lejos de las mujeres fatales de Gauguin o de Picasso.

Delvaux quiere pintar al hombre, pero le sale la mujer, la mujer como la poesía de Homero, como el cine de su padre, André Delvaux

Por ello mismo reivindico la figura de Delvaux en defensa de esta nuevo feminismo que viene desde los ancestros -yo diría que desde Lisístrata-, pero que hoy, aprobados los Presupuestos Generales de estos señoritos cagoncetes, debe salir de ahí el capital suficiente para luchar contra la violencia de género en este género fantasmagórico que es nuestra España pía de machos, machazos y pichascortas que son los hombres hispánicos fechos al itálico modo que no han aprendido todavía a hacer el amor, sino a pegar el gatillazo y por eso sentirse acomplejados ante la fortaleza de la mujer libre, monstrenca de sueños de Eros, inteligente y sensible.

Las mujeres de Paul Delvaux recorren todo un mundo de desnudez que protege la sexualidad, pues no existe carnalidad en el estilo, en todo caso, amor constante más allá de la muerte, por decirlo quevedianamente. La muerte y el amor en Paul Delvaux sujetan un índice de verticalidad que puede ser estudiado desde la emoción o desde la invisibilidad, pues es el amor lo que pinta Delvaux no la libido ni lo orgiástico, a diferencia de muchos otros artistas, como Picasso o Mati Klarwein, como Rubens o como Elena Nogueroles, Celedonio Perellón o Thimothéos o Dokinasia. Entre la modernidad y el clasicismo, siempre ha habido una sexualidad exultante, los cuerpos excitados contra los cuerpos, el amor entendido como sadomasoquismo o bestialismo, toda forma de sexualidad atribuida a los escultores de la antigüedad o a los más coetáneos pintores; sin embargo, en Paul Delvaux la carne blanca de sus figuras femeninas tiene que ver más con el proceso de la muerte y el goce de la vida, gozar o morir pueden resultar algo parecido en Delvaux, pues sus esqueletos ya nos anteponen la consecuencia de la vida amorosa, de la cual queda muy poco una vez que el tiempo se atraganta con la belleza, con esos sinuosos senos que cruzan la existencia como se cruzan unos raíles de ferrocarril. Las estaciones tranviarias de Paul Delvaux nos hacen recordar que la vida es un tiempo efímero donde todo lo que va sucediendo nos va perpetrando hacia un destino ilógico en el que el descanso, la languidez, la biografía permanecen en silencio mientras llega el último día o el último ferrocarril.

Vivir, de este modo, supone arriesgarse a ser demolido por esa presencia constante de la muerte, donde el amor ni siquiera es capaz de superar el propio amor y si el amor supera a la muerte es por culpa de una memoria que queda ahí, apelmazada y dura como una imagen, como un sueño, como algo que ocurrió y forma parte del hombre sólo como recuerdo, pues ya Valle-Inclán diría que “la vida no es como es, sino como la recordamos”. Breton, Eluard, Reverdy tratan los sentimientos sin ocuparse de ellos, pues todo lo sentimental, para los surrealistas, es una cuestión moral, algo que nos empuja hacia la debilidad, la fragilidad, la duda del estar en el mundo catalogados como fiebre emocional que nos duele y nos disturba, que nos hiere o nos abruma.

En Paul Delvaux, sin embargo, presenciamos lo sentimental como una manera de enriquecer el contexto en el que vivimos, como una forma de ocultarnos de la diéresis del mundo, del tiempo, del amor, de la muerte. Yo cuando miro un cuadro de Delvaux veo sentimientos y roces y rostros que están vivos y alusiones a un carpe diem que se siente arrastrado por ese punzón de siempre que es el final de la existencia. De modo que Delvaux cree en el amor sin creérselo demasiado, pues todo jardín se aja cuando llega el otoño o diciembre y todo lo que sentimos, todo lo que supone estar alumbrados en un día, en una luz del sol, en la calle o en las ciudades del norte o de este sur acribillado de hambre acaba siendo fusilado por la corbata estranguladora del momento mori. Así veo yo a Paul Delvaux.

Paul Delvaux, por mucho que se diga lo contrario, no tiene erotismo, pues sus mujeres son archivos del estereotipo que pueden venir de cualquier época, de cualquier tiempo en que se horizontalizó la espera, el devenir, la llegada del último ferrocarril.

Y ésta es la España que espero yo que resurja en relación al amor entre lo humano, lo femenino, lo masculino, lo andrógino y, ante todo, que consiga encenderse de pureza y república a partir de esta necesaria cimentación de una libertad con la cual, aferrada a nuestra alma, nos dé ganas de despertarnos cada día, tras el piar de la alondra, y pensar eso de: “Pues hoy tengo ganas de seguir viviendo, a pesar de todo”.

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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