Ni siquiera los Labdácidas, que les relataba en la entrega anterior, se les aproximan en la desdicha, y para que ni se nos ocurra dudarlo, la Historia ha respetado la Orestiada, la única y monumental trilogía de Esquilo que conservamos y que trata sobre los crímenes de los últimos de ellos. Ya lo habrán adivinado: voy a revivir a los Átridas o, si prefieren —y por no olvidar al primero de esta aciaga casta—, a los Tantálidas.

Desde luego podríamos apellidarlos así por su patriarca Tántalo, aquel que, siendo camarero del Olimpo, distrajo una buena porción de la divina ambrosía para disfrutarla a escondidas con sus amigos mortales o para emprender un suculento negocio y, claro es, acabó condenado en el Hades a la sed y al hambre, por más que allí se halle desde entonces con el agua hasta el cuello y cave un manzano; pero apenas sus labios rozan las frutas o el líquido, se le escapan para su eterno padecimiento. Pues bien, su hijo Pélope —quien da nombre a la península del Peloponeso (la isla de Pélope) por adueñarse de todos los señoríos de ese legendario territorio— irrumpió entre los pelasgos huyendo de un príncipe troyano, allá por el s. XIV o XIII a. C. Además y desde que su padre lo sirviese descuartizado a los crónidas en el Olimpo, y estos, horrorizados, lo volviesen recompuesto a la vida, Pélope se envolvía con un divino atractivo ante el que sucumbió Hipodamía, princesa del más extenso reino del Peloponeso: la Élide; cuyo padre, Enómao, acostumbraba a retar a los pretendientes de su hija a una carrera en carro, donde si la princesa se prometía como trofeo, la vida era el irreparable precio de la derrota, y así lo atestiguaban en los muros de su palacio la docena de cabezas de cuantos lo habían intentado contra su imbatible yunta de yeguas.

Pero Hipodamía, al contemplar aquel aura esplendente de Pélope, se enamoró, y le hizo turbias proposiciones a Mirtilo, el auriga de su padre —o bien, fue el propio Pélope, advertido de los sentimientos que provocaba en la princesa; que esto nunca quedó claro—. Total que el auriga, rendido de amor como estaba por Hipodamía, ya se ocupó de descarrilar la biga y de que Enómao muriese arrastrado por aquellas velocísimas yeguas. Lo que ignoraba el encandilado Mirtilo, es que los amantes lo despeñarían por un acantilado en cuanto intentase consumar aquellas susurradas promesas. Pero antes de ser tragado por el mar, el auriga aún maldijo a toda la casta de Pélope e Hipodamía, y como su padre era el crónida Hermes, ya pudo afanarse el tantálida con suntuosos sacrificios o en elevar ostentosos altares a este dios, que bajo esa maldición quedó signado él y sus descendientes.

De inmediato, la venganza y el dolor anidó entre su casta con la pugna entre sus hijos más famosos, Tiestes y Atreo, por el trono de Micenas y de la esposa de Atreo. Al final Atreo quedó rey y marido, y Tiestes, desterrado. Pero no por mucho tiempo, pues su hermano lo hizo regresar para servirle en un banquete a sus propios hijos. Ante tan abominable venganza, bramó abrenuncios y emprendió de nuevo la fuga; si bien, no todo fueron lamentos en aquel dolorido exilio, pues Tiestes concibió un postrer hijo y, al cabo, su brazo ejecutor: Egisto. En efecto, llegado a mozalbete mató a su tío e impuso a su padre en Micenas, pero brevemente, pues enseguida irrumpió el primogénito de Atreo, Agamenón, y se adueñó no solo de la región argiva sino que imperó, como su abuelo Pélope, sobre todo el Peloponeso, y tanto que organizó la gran expedición de la nación aquea contra Troya. Arrogante iluso, ignoraba que cuando regresase a Micenas, tras una década de batallar a los pies de la gran Ilión, su mujer Clitemestra y su primo Egisto, ya amantes, lo asesinarían, para gobernar otros siete años más. Mientras, iba fermentándose la última venganza. Orestes, el hijo de Agamenón, en cuanto supo del crimen, se presentó en Micenas tras un intrincado y avisador periplo. Con una argucia, decapitará a los adúlteros homicidas, pero perderá en el envite todo sosiego durante el resto de su vida, pues será perseguido para siempre por las Erinias —las furias ancestrales—, que exigirán un castigo para el matricida. Y ni la defensa del joven que hiciera Apolo, ni el cobijo que Atenea ofreciese a aquellas enloquecidas, las apaciguaron; mucho menos, los santuarios que el atormentado Orestes levantó aquí y allá para metamorfosearlas en Euménides —bienhechoras—. Y así, acosado por aquellas temibles sombras aullantes, murió Orestes, supongo que para satisfacción de Mirtilo, el burlado auriga.

En fin, la venganza como instrumento ocasional de una pretérita y quizás hasta olvidada maldición, aunque vívida para la divinidad que la reclama; en este caso, el escurridizo Hermes. Tal circunstancia plasma un agónico concepto de la existencia y exige de una religión protectora de esos implacables y heredados castigos. De acuerdo, se trata de algo común a aquellos cultos llamados hoy paganos; lo que ya no es tan común, sino del todo admirable es que los helenos, sobre aquellas cadenas de desgracias que, supuestamente, escarnecieron a sus más legendarias dinastías, fuesen capaces de alzar conmovedoras representaciones dramáticas o poemas de tal hondura que no solo sus herederos, los romanos, sino hasta nosotros, cuando los evocamos o los escuchamos, seguimos conturbándonos.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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