Todos tenemos algún cuñado, conocido, compañero de trabajo o amigo que simpatiza con ese partido de extrema derecha cuyo nombre prefiero no mencionar para no darle más visibilidad en la red. (No menciono el nombre también porque, total, cada país tiene su propia versión clónica del partido de ultraderecha: Brasil, España, EE. UU. o Francia, qué más dará.) Seguro que todos nos hemos preguntado con impotencia cómo es posible que ese individuo piense, diga y defienda en público y sin vergüenza ciertos disparates que no hace falta repetir. Y seguro que en algún momento nos habremos dicho: si este bestia leyera tal libro, cambiaría de opinión.

Pero como no leerá ni a punta de pistola Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt ni 1984 de George Orwell ni nada que tenga páginas y letras, ¿qué serie le harías ver si pudieras sentarlo en una cómoda butaca, atarlo de pies y manos, fijarle la mirada en la pantalla como al Alex de La naranja mecánica e irle poniendo colirio contra la sequedad ocular? Una serie que le abra los ojos de verdad, que lo (re)eduque de una vez por todas.

La respuesta fácil sería El cuento de la criada o Years and Years, rodadas exprofeso para llamar la atención sobre los peligrosos pasos que nuestras democracias están dando; pero el ultra no se daría por aludido. Podría ver los doce episodios de la bíblica Jesus: His Life; pero no entendería que se trata de una historia de migrantes ni que el mensaje de Cristo va contra las temeridades propuestas por su partido. Estaría bien recomendarle Euphoria; pero el cóctel de drogas, sexo adolescente, cultura queer y violencia heteropatriarcal le haría explotar la cabeza en el segundo capítulo.

Yo creo que la mejor opción, la que más le abriría la mente sin espachurrarle el cerebro, son las dos temporadas de Sex Education, la serie de Netflix creada por Laurie Nunn. ¿Por qué? Por cinco sencillas razones que hasta tu compi de ultraderecha entenderá.

 

 

  1. Porque defiende la educación sexual de los jóvenes

La «censura parental», expresión que prefiero en vez del eufemismo de dos palabras usado últimamente en España, solo quiere enmascarar una medida que no garantiza el derecho a la educación de los menores. Porque, como su título indica, el tema principal de Sex Education es la educación sexual de los adolescentes (e indirectamente de los adultos), pero también su educación afectiva.

En el instituto inglés donde está ambientada la serie, un estudiante llamado Otis se convierte en el terapeuta sexual de sus compañeros y compañeras. Como están llenos de dudas que ningún adulto resuelve, se las consultan a Otis, apodado «sex kid» por tener algunos conocimientos de sexología aprendidos de su madre, sexóloga profesional. Pero a menudo sus consejos no proceden del conocimiento científico materno sino del sentido común: «conócete mejor», «habla con tu pareja», «dile qué te gusta a ti», «acéptate tal y como eres» y otras obviedades que suelen ayudar.

En la segunda temporada, sin embargo, al «sex kid» se le acaba el chollo: en el instituto empieza a trabajar una sexóloga de verdad, que no es otra que Jean, su madre. El director del instituto se ve obligado a contratarla porque un brote de clamidia, combinado con la ignorancia total en materia de educación sexual, desata una oleada de pánico colectivo entre el joven alumnado. Pero en verdad el reaccionario director odia a Jean y querría despedirla, capricho que por fin se puede dar cuando él mismo filtra la información privada de los asesorados por la sexóloga, generando esta vez una oleada de indignación entre estudiantes, profesores y padres.

A pesar del escándalo, el último capítulo de Sex Education es toda una apología de la educación sexual y afectiva en la adolescencia. Durante la obra de teatro de final de curso, el malévolo director acusa delante de todos a la sexóloga de «llenarles a vuestros hijos el cerebro de peligrosas sandeces» (¿te suena esta disparatada acusación?). Pero, afortunadamente, los estudiantes se ponen de pie y defienden a la sexóloga. Menos censura parental, más educación sexual.

 

  1. Porque pone en escena a dos matones en quienes verse reflejados

En la primera temporada conocemos al primer matón de la serie, en el que tu amigo de extrema derecha puede verse reflejado. Se llama Adam Groff y es un bully clásico: se ríe de Otis, pero sobre todo le hace la vida imposible a su mejor amigo, Eric, por ser gay y tocar el trombón en la orquesta del instituto. Como buen abusón, la agresividad de Adam procede de sus problemas personales: tiene dudas sobre su sexualidad y un padre excesivamente severo. Por suerte, Adam evoluciona a lo largo de la serie, dejando de ser el malo para convertirse en un personaje más.

Por eso en la segunda temporada de Sex Education el malo es otro matón: Michael Groff, director de la escuela y, ¿sorpresa?, padre de Adam. A este hombre lo único que le da placer es ejercer la autoridad, con la que controla a su mujer y a su hijo, pero también a Jean, a los profesores demasiado liberales y a los alumnos supuestamente rebeldes. Aunque no parece interesado en practicar sexo, no me extrañaría que Michael se masturbara con su mano de hierro pensando en normas, leyes, órdenes y jerarquías. O que en la tercera temporada, en un lógico giro argumental, quiera someter su cuerpo y alma al dominio de una dominatrix.

Con un mínimo de esfuerzo intelectual, tu amigo el facha puede identificarse con Adam o su padre. Con mucha suerte, elegirá al hijo y seguirá sus pasos para dejar de ser un matón. Por otro lado, Sex Education ofrece otros personajes masculinos buenos que se pueden tomar como modelos de comportamiento; por ejemplo, Otis, un chico tímido, inteligente, debilucho y cariñoso, o Steve, un novio atento y bonachón, guapo y supercachas.

  1. Porque ejemplifica el machismo y da lecciones básicas de feminismo

Algunos personajes de la serie tienen que enfrentarse a situaciones injustas, machistas o incluso violentas que suelen ser invisibles para personajes como tu colega el facha. Al ponerle un mote sexual ofensivo a una chica o compartir entre los estudiantes del instituto una foto sexual de otra alumna, Sex Education enseña las terribles consecuencias de la banal maldad colectiva. En la primera temporada, Eric sufre el acoso de dos brutos homófobos, que terminan dándole una paliza sin más motivo que el puro odio; en la segunda temporada, una estudiante sufre un caso grave de agresión sexual en el autobús (un hombre adulto se restriega en el trasero de la menor, se masturba y eyacula en sus vaqueros) para, a continuación, mostrar las diferentes fases por las que pasa la víctima, desde la negación hasta la dolorosa aceptación, denuncia y superación.

Además, en Sex Education el espectador de extrema derecha también puede aprender expresiones como slut-shaming (culpar a una mujer por su comportamiento, deseo sexual o estética, tildándola de puta). Y precisamente a raíz de un caso de slut-shaming la profesora agraviada castiga a seis alumnas, sospechosas de haberla insultado, a preparar una presentación sobre «qué las une como mujeres». La profesora sabe que es un desafío imposible de resolver, pero las estudiantes encuentran un único punto en común: lo que las hermana no es el sexo biológico ni el género, sino la intimidación o la violencia por parte de los hombres que todas han sufrido.

 

  1. Porque muestra varias orientaciones sexuales y relaciones sexoafectivas

El amplio abanico de personajes de Sex Education y las relaciones que mantienen entre sí destacan por su variedad, contribuyendo así a visibilizar y normalizar algo que, por desgracia, tu colega el facha seguramente demoniza.

En cuanto a la orientación sexual, encontramos personajes homosexuales, bisexuales, pansexuales e incluso heterosexuales. Y que no se preocupe tu cuñado el carca, porque los hombres blancos, cisgénero y heterosexuales no son ninguneados ni atacados en Sex Education; de hecho, Otis, el protagonista, es uno de ellos. No, tu amiguito no tendrá oportunidad de derramar «lágrimas de hombre»; aunque no estaría de más que llorara un poco en las escenas más tristes.

Asimismo, las relaciones amorosas o sexuales establecidas en la serie son más o menos diversas, desde el sexo esporádico hasta las relaciones monógamas tóxicas, tradicionales o más justas e igualitarias. Sin embargo, no hay lugar para las relaciones abiertas, los tríos, las orgías o el poliamor; pero para la salud mental de tu compañero de ultraderecha es mejor así: no hay que abusar de la terapia de choque.

Por desgracia, en una producción tan educativa como Sex Education no se representa a ningún personaje trans, por lo que su voluntad inclusiva no es total. Pero si a tu amiguete ultra le ha gustado la serie, puedes recomendarle Euphoria, Transparent, Sense8 o Pose.

 

  1. Porque descubre el fraude de la «autoayuda masculina»

Otis Milburn vive con su madre, Jean F. Milburn, divorciada de su padre porque este le puso los cuernos con una paciente. Remi Milburn, un famoso psicólogo, vive en los EE. UU., pero vuelve al Reino Unido para huir de su último fracaso amoroso y, de paso, promocionar su último libro, titulado Is Masculinity in Crisis? En una presentación del libro apenas se dice que trata sobre «el orgullo perdido del hombre moderno» y que para recuperarlo «los hombres deben tomar posesión de sí mismos». Pero ¿cómo? Pues «viviendo el momento» y «practicando el poder de la intención».

¿Os suena esta basura intelectual? ¿Son familiares estas expresiones tan vacías de significado como llenas de autocompasión? ¿Habéis escuchado antes estos lamentos masculinos por el orgullo —o sea, el privilegio— perdido? Es probable que le hayas escuchado a tu amigote de extrema derecha decir tonterías parecidas e incluso peores, como que el feminismo lo discrimina por ser hombre.

El libro de Remi Milburn encarna la tradición de «autoayuda masculina» que quiere ayudar a estos «hombres discriminados» a encontrar su lugar en una sociedad que, después del movimiento de liberación de las mujeres, ha seguido adelante dejándolos atrás. Estos libros —y sus respectivos gurús, talleres, campamentos, grupos de apoyo y vídeos de YouTube— no buscan un compromiso verdadero con el feminismo sino que solo ponen parches a la culpabilidad que siente el «hombre moderno». Autoayudan a mantener los privilegios sin cargo de conciencia.

Además de encontrarte a ti mismo y controlar tus emociones, la «autoayuda masculina» suele recetar la autoconfianza y la reconexión con el cuerpo. A menudo se camufla en tutoriales para aprender a ligar (¡solo con chicas, claro!) o a ser un empresario de éxito. Repite sin cesar esa mentira barata pero lucrativa de que «si quieres  algo, conseguirlo solo depende de ti y de tu dedicación». La peligrosa fusión de esta superación personal para machotes con el «American dream» se completa con una ética del trabajo perversa: no hay nada más liberador que ser un emprendedor, no hay nada más masculino que trabajar como un esclavo.

Este es el cóctel que los «hombres de verdad», como tu colega el facha, toman cada mañana. A ver si con Sex Education se le atraganta un poco.

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