Lunes. 7:00 a.m. De tu móvil de última generación (depende de lo que cada uno considere la ‘última generación’) nace el silbido de pajaritos electrónicos que intentan hacerte pensar que despiertas en un campo de alfalfa sin más responsabilidades que alimentar de maíz a las gallinas y darte un baño en la poza. “Tengo que cambiar la sintonía de la alarma”, te dices como primer pensamiento del día. Los pajaritos hace meses que dejaron de despertarte con suavidad y adquirieron, como toda sintonía de alarma termina adquiriendo con el tiempo, un cariz molesto y cojonero, semejante al de tu madre cuando te despertaba en invierno destapándote y gritándote que se te hacía tarde para el colegio.

Los “cinco minutos más” ya no te bastan, los pajaritos nunca se rinden (pareciera que se alimentasen de decibelios) y al final terminas rindiéndote tú. “Habrá que ir a trabajar”. ¡Ajá! Resignación. Esta es la fuerza motriz que nos hace funcionar, con más o menos eficacia, a los habitantes de esta parte del mundo en la que el dinero es una necesidad, y la rutina un medio para conseguirlo.

No nos engañemos. Si todo lo que el ser humano ansía creciera en los árboles, si la diversión fuese una constante y el aburrimiento no existiera ni en el diccionario, si todas nuestras necesidades estuvieran cubiertas desde que asomamos el cráneo a la luz fría del paritorio hasta que expulsamos el último estertor, no habría fuerza motriz capaz de impulsarnos a mover las posaderas. Así que no pienses que te buscas la vida porque eres de naturaleza emprendedora, o que corres 10 km cada día porque amas notar tus pulmones trabajando a plena capacidad. Lo haces porque te mueven fuerzas superiores a tu libre albedrío. Llámalas envidia, avaricia, orgullo, compasión.  Como quieras, pero ten por seguro que son ellas las que rigen tu vida, no tú.

Hay una entre todas las fuerzas motrices que sale de ese pinchazo en el alto estómago de donde salen las decisiones que suelen acabar mal, pero que son las tomadas con mayor determinación y las ejecutadas con mayor ahínco: la desesperación. La desesperación es la peor de todas.

Los actos desesperados visten al que los comete de enajenación, y los que leamos o escuchemos de estos actos les llamaremos locos, inconscientes o inmaduros, cuando de lo único que pecan los desesperados es de dejarse arrastrar por el temporal a más nudos de los que caben dentro de los límites de lo razonable. De simple debilidad frente a la peor de las fuerzas motrices.

El amor desesperado llevó al que sería Pedro I de Portugal a declararle la guerra a su padre, Alfonso IV. Pedro se había casado en secreto con Inés, dama de compañía de su esposa. Inés fue asesinada por orden de Alfonso IV para evitar que fuera coronada, y Pedro se enfrentó entonces a su padre y se proclamó nuevo rey de Portugal. Tal era su desesperación por haber perdido a su amada, que coronó su cadáver, lo sentó en el trono y obligó a los nobles a besar su mano.

Se convierte Calígula en tirano fruto de la desesperación pura, que le describe a su cuarta esposa, Cesonia, a través de la pluma de Albert Camus: “Yo sabía que se podía estar desesperado, pero ignoraba lo que esta palabra quería decir. Creía, como todo el mundo, que era una enfermedad del alma. Pero no, el cuerpo es el que sufre. Me duele la piel, el pecho, los miembros. Tengo la cabeza vacía y el estómago revuelto. Y lo más atroz es este gusto en la boca. Ni de sangre ni de muerte ni de fiebre, sino todo a la vez. Basta que mueva la lengua para que todo se ponga negro y los seres me repugnen. ¡Qué duro, qué amargo es hacerse hombre!”.

La desesperación nos acecha a todos, nos llamemos Calígula y vivamos en Roma, o Antonio Tornero y vivamos en Abarán, Murcia. Y la historia de Antonio, quien no fue más que un hombre desesperado, es el fruto mismo de una fuerza motriz despiadada y, a veces, incontrolable.

Antonio era un número más en las cifras de población del INE. En su pescadería no pasaba nada más que las horas, empapadas por los trozos de hielo gris que cubrían el género a la venta. A Antonio las deudas le ahogaban en sentido figurado y en sentido literal, porque los días de pagar facturas notaba que se le cerraba la glotis y el aire le hacía un ruido de flauta cuando le pasaba por el adelgazado conducto.

Su vecino, Jesús Gómez, había fallecido en un accidente de tráfico unos días antes, y descansaba bajo malvas y mármoles sin tener ni pajolera idea de que le quedaba una aventura más por vivir después de muerto.

Antonio no supo acallar el pinchazo en el alto estómago, y se vendió a la desesperación. Lo hizo en el cementerio del pueblo, con Jesús (D.E.P.) como cooperador involuntario (bien visto, Jesús ya no podía hacer nada de manera voluntaria). Antonio, algo inmune a olores fuertes como el de la descomposición incipiente gracias a su condición de pescadero, sacó a Jesús del nicho en la noche (fanes de la aliteración, venid a mí) y se lo llevó a casa. Lo normal, vaya.

Según las fuentes citadas, Antonio esperó unos cuantos días para proceder con la segunda parte de su plan. Qué hizo en esos días con el cadáver de Juan queda a la imaginación de cada lector. Puede que lo guardara en salmuera. O que se hiciera un daguerrotipo a lo ‘Memento Mori’ con él, sentados en un sofá de terciopelo, a la moda del siglo XIX.

Probablemente, Antonio dedicó esas horas a dilucidar su siguiente paso, que acabaría involucrando a su Seat 131, igual de inanimado, vulnerable y falto de asertividad que el cadáver putrefacto de Juan. A pocos kilómetros de Abarán, engarzada en el valle de Ricote y rodeada de propicios barrancos, se encuentra la localidad de Blanca. Propicios barrancos, los que la rodean, para que Antonio despeñase su coche por uno de ellos. Con el pobre Juan, que qué mal había hecho él, al volante del vehículo y portando un mechero en el bolsillo, y el reloj de pulsera de Antonio en su muñeca derecha.

En la España de 1982, es difícil imaginar a un equipo de investigación de accidentes y/o crímenes a lo CSI Murcia, con artilugios e ingenios de la criminología más avanzada capaces de concretar con una probabilidad de acierto del 99,9% (el 0,1% se lo achacaremos a un día de resaca del investigador) quién es el muerto, quién lo mató, cómo lo mató, por qué lo mató y si se llevaba bien con la suegra. En la España de 1982, un cuerpo calcinado, un reloj y un coche valían para dar por cerrado el caso y enterrar al pobre Antonio, que se había despeñado por uno de esos barrancos que carga el diablo. “Cogió mal la curva, ya llevo diciendo yo mucho tiempo que tienen que arreglar las carreteras estas de por aquí”, diría presumiblemente alguno de los vecinos del falso fallecido. Y Antonio, el pescadero, fue enterrado con todos los lloros de amigos y familia mediante. Y Juan, a quien nadie había dado vela en este entierro (esto está cogido con pinzas), fue enterrado por segunda vez.

Mientras, Antonio se trasladaba a las Palmas de Gran Canaria como retiro post-mortem. Alisios, suavidad térmica y un ‘cacho’ de océano de por medio. Debe ser que la muerte oficial no le quita a uno las ganas de disfrutar de los placeres de la vida que, supuestamente, acaba de dejar atrás. Su mujer Lourdes, entretanto, permanecía ajena a las correrías de su marido, y lloraba a otro muerto sin saberlo. Lloraba, y tramitaba la activación del seguro de vida de 7 millones de pesetas a nombre de Antonio.

Pero tenía que aparecer un cuñado en la historia para dar al traste con el brillantemente urdido plan de nuestro protagonista. Resulta que el bueno de Antonio (era bueno, sí. Recordemos que solo estaba desesperado) se quedó sin efectivo para plátanos y papas ‘arrugás’, tiró de cabina telefónica de esas que antes servían de algo más que de urinario para emergencias, y llamó a su cuñado, el de Novelda, para pedirle un giro. No existe transcripción de la conversación, pero imagínense el momento:

–          “¿Dígame?”
–          “Alberto (nombre inventado, como la conversación). Soy Antonio, el marido de la Lourdes. ¿Cómo va la cosa?”
–          “(silencio. Algún que otro balbuceo.)”
–          “¿Alberto? Oye, no te acojones, que no estoy muerto. Me lo inventé todo para cobrar el seguro de vida. El que se quemó fue el Juan, que estaba muerto ya de antes, así que todo bien. Total, no he matao a nadie, ¿no? En todo caso, lo he rematao
–          “(silencio. Algún que otro balbuceo.)”
–          “Ooooye, ¿nene? Que me he venido a las Palmas, no fuera a ser que la gente se oliese algo y me pillen por allí. Pero que me he quedao sin dinero, me tienes que mandar unas cuantas peseticas por giro”
–          “¡PERO ¿QUIÉN COÑO TE CREES QUE ERES?! ¡DESGRACIAO!”

Tono de teléfono colgado.

Claro, aquí ya el cuñadismo del cuñado tiene una explicación. Cualquiera habría hecho lo mismo en su lugar: llamar a la comisaría en pleno ataque de pánico y denunciar que alguien se estaba haciendo pasar por su cuñado muerto para sacarle dinero. El policía que descolgó el teléfono debe seguir rememorando las palabras del denunciante todas las Nochebuenas. Unos días más tarde, nuestro entrañable Antonio era detenido en Las Palmas de Gran Canaria, con más bronceado que dignidad. Los 7 millones del seguro de vida que pretendía cobrar se convirtieron en una multa de 50.000 pesetas y una condena de un año y medio de cárcel.

El número del diario ABC del 19 de noviembre de 1982 recoge lo siguiente: “Al finalizar el juicio, el propio acusado, que se encuentra en libertad provisional al haber cumplido cuatro meses de cárcel, preguntó a su abogado si se sabía cuándo “resucitaba”, ya que su anómala situación jurídica le impide desenvolverse legalmente”. Y entonces Berlanga pronunció el “¡corten!”.

Y así terminan la gran mayoría de las historias desesperadas. Mal, con sufrimientos, arrepentimientos y gente en la cárcel. Con páginas de periódico y almohadas saladas de llorar.

Así que, cuando sientas ese pinchazo en el alto estómago, acuérdate de Antonio, el vivo, de Juan, el requetemuerto, del cuñado, de Lourdes, y de Las Palmas de Gran Canaria. Acuérdate de todos ellos, aprieta un poco los dientes, y no te dejes vulnerar por la peor de las fuerzas motrices.

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