Todos nos ponemos una máscara de Francesco Ficoroni cuando salimos de los cines. Es nuestra manera de actuar ante el desdoblamiento permanente que encauza nuestro caletre de hombres inseguros. La máscara es el otro que somos, pero esa otredad viene acusada por la ausencia de atrevimiento de enfrentarnos a nosotros mismos. La máscara, como un pensamiento borrachito de anís, interfiere en la prolongación de la virtud, asignatura que todavía no hemos aprobado en la Universidad de Princeton, pues nos hemos acostumbrado al fingimiento como una manera de establecer el ego en aquellos lugares donde se convocan los premios a la elocuencia, a la construcción del mito, nuestro propio mito, a la acción como motor de las edades que queremos tener, pero en verdad no son nuestras edades, sino el tiempo detenido, todos los tiempos en uno, la infancia, la idolatrada juventud, ese tempus color castaño o castellano o únicamente estrofa de cuatro versos de romance octosílabo que dicen algunos que sólo es la madurez. Pero. Pero ocurre, a veces generando una suerte de cataplexia, que, como decía el poeta, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, en todo caso, los que quieren los otros, con su claxon de clec, el otri, el esotro, ¡otro que tal¡, out u otrosí, esto es, la otra vida.

Somos apariencias y estamos a/costumbrados a dejarnos invadir por el juicio. Pero en el Diccionario del uso del español, de la señora o señorita María Moliner, que es el que nosotros utilizamos, 19ª reimpresión, editorial Gredos, la palabra juicio significa “facultad de la mente que guía juzgar y obrar”, o en sus acepciones, “facultad de distinguir el bien y el mal o apreciar las cualidades, la calidad, el valor o la belleza de las cosas”.

Ah, María Moliner, qué amor juntaba a pie juntillas aquella mujer que hizo de la palabra la búsqueda de la belleza y la esencia junquerita de la educación en español, de todos los usos del español en todas partes, incluso adelantándose, durante tantos años dedicados a tal monumental tarea, a la navegación de la lengua y las palabras mediante esta cagadita de corta luz intelectual que es la búsqueda de las palabras en las plataformas digitales

Pero. Pero siguiendo con esta maña cabezota, a la que no le permitieron ser la primera académica de la RAE por culpa -eso creemos- de Camilo José Cela, en aquellos tiempos del franquismo -ella republicana y hacedora de las Misiones Pedagógicas-, estando, siempre estando pendiente la sirena del feminismo, y sola ante el peligro de los machos cabríos o cabrones, finalmente alcanzó la gloria póstuma de la entera humanidad. Moliner/María dedicó toda su vida a la honrosa y poderosa evaluación de la palabra en todos sus usos y modus operandi del verbo de la gente humilde y todas las rebeliones de las masas.

Continuando con la palabra “juicio”, María, la gran lexicógrafa, anotó en sus papelitos a mano hasta, por ejemplo, la procedencia mitológica de dicho sustantivo, la cual nos lleva al Juicio de Paris, por lo cual hemos de estar avezados en esa claridad cegadora que fue la mitología en el contexto de Troya y todos sus personajes y personas, animales y cosas. ¿Acaso no es importante saber el todo del todo de cualquier palabra? El Diccionario de la RAE y sus constantes ediciones es una porquera con los tres cerditos del cuento infantil. Muy machote el tío.

De/testamos, por tanto, el juicio elevado únicamente a las apariencias entre las sombras que se divisaban en la cueva de Platón. Todavía no hemos aprendido a comprarnos los zapatos que nos sirvan para incurrir en el paseo de la ciudad que se formalice como el paseo que nos debe la realidad, la pureza, el contacto de nuestra piel con la piel que somos y no la carne que alimentamos con aires de grandeza, como si quisiéramos ser más altos que los edificios que tiene en New York el Pato Donald T. Nuestra modernidad consiste en el falseamiento de nuestro propio contorno, ése con el cual respiramos y vivimos en la vivienda que verdaderamente nos pertenece. Acudimos al whisky y a los bailes de todos los bailes para presentarnos en las salas de hoy, ayer y mañana como el superhombre que mal entendimos después de leer a Nietzsche.

A/consejamos, pues, ver la película “Superlópez”. Dani Rovira, el alter ego del personaje creado por el dibujante de cómic Jan -Juan López Fernández- como parodia de Superman, nos dice: “La envidia es una admiración mal gestionada, y eso pasa mucho en España”. Igual que a/consejamos ver la película “Murieron por encima de sus posibilidades”, dirigida por Isaki Lacuesta en 2014, con un elenco de esta varieté informal, joven y anciana y los del medio, como son Albert Pla, Raúl Arévalo, Imanol Arias, José Coronado, Carmen Machi, Josep Maria Pou, Emma Suárez, Ivan Telefunken, Luis Tosar y el siemprevivo José Sacristán, entre toda esta serranía que es el nuevo cine español.

Deseamos, y ése es nuestro defecto universal, con toda la energía que gasta una central eléctrica, ser dos en vez de uno, porque uno no se oye, no se precisa, no se diluye en la belleza que desprende todo paisaje pintado por el romanticismo. No creemos en Géricoult, sino que tendemos más bien a la abstracción, a deformar la norma, a incumplir con todas las tarifas de los taxis que nos conducen hasta los límites de la Tierra. Lo queremos todo: la ciudad en su desdoblamiento, la lujuria, el arma homicida, la música comercial de las radios, la empatía, las palabras desbordantes, la negación de la muerte, el viaje que nos lleva a países donde la máscara es utilizada como consumo del idioma y de una difusa obra de arte. ¿Qué más podemos hacer para seguir convocando la mentira como elemento de noticias con que se está destruyendo a esa bella mujer llamada Buenos Aires? Pedimos la doble nacionalidad. Incluso la undécima nacionalidad de la ciudadanía global. Es una forma de quemar todas las máscaras. ¿No lo creen ustedes?

La máscara. Siempre la máscara. Porque no somos capaces de crear al hombre concreto que somos, porque queremos ser todos los hombres en una sola jugada de ajedrez, porque nos asustamos ante la llegada de las tormentas y nos reímos de los cómicos, de los eremitas, de los monjes del Tíbet -uno de ellos quizá fuera Leonard Cohen, quien aprendió a tocar la guitarra española gracias a un gitano y leyendo a Lorca y a tantos valses y tantas Españas como las letras de sus canciones-. Cohen amó a tantas mujeres que él mismo al morir y balbucir sus últimas palabras nos dejó la única respuesta posible para un futuro que no existe: “blablablá”

Toda comedia comienza cuando nos levantamos a las ocho de la mañana y ponemos el televisor para atender a los informativos. Estamos al tanto de todo. Sabemos lo que realmente ocurre en el mundo. Nos con/vertimos en piezas que encajan en el óxido de una cultura que procuramos convertir en otra. Pero. Pero la Cultura es única, intransferible, africana, dulce de panadería. Atisbamos que el cambio es necesario para asimilar un tiempo que, con estas prisas y prisas y velocidad y competición de palurdos tecnócratas automáticamente autómatas, vaya más rápido para llegar antes al Congreso de Medicina Nuclear; sin embargo, en las salas donde departimos con Premios Nobeles ya no somos nosotros, sino la mendacidad con que creemos valorarnos, con que pensamos que nuestra inteligencia es sublime, original, mientras sigue sonando la orquesta del Titanic y el mar nos engulle porque hemos perdido todo noción de cómo se realiza la natación.

Tiempo difuminado en los gestos que imitamos de Brat Pitt, muecas estudiadas para seducir a mujeres en los restaurantes donde se sirve la comida del Air Four One. Nos pintamos los ojos para semejar un monte que cumple dos milenios. Es nuestra pretensión alcanzar el ritmo del bip bop antes de conocer certeramente lo que era la generación beat. Llevamos un cigarrillo en la boca para que Sam vuelva a tocarla otra vez. Y seguimos tropezándonos con el kilómetro cero donde todo empieza terminando al instante.

Es el mascarón. El mascarón el que decide al economista ser traductor, al político ser juglar, al taxidermista ser cascabel, al vicepresidente de la Comisión Europea ser Enrique VIII, al capitán de barco Men ser Lisístrata, al poeta no ser nada, a la prostituta ser cocaína, a las iglesias ser muelles sin delantales. Y así vamos, interfiriendo nuestra identidad por el cúmulo de ciudadanos que contempla las sirenas de los trasatlánticos. Cruzamos de este modo todos los mares que se han quedado sin agua y todas las tierras que se han quedado sin fósiles de la Prehistoria. Por una impulsividad neurótica, acudimos a los masajistas para que cubran nuestros cuerpos con lupas ultramodernas, pero no nos estamos dando cuenta que la modernidad sólo llegará cuando el hombre sólo sea uno mismo, con su café preciso de la mañana y su camisa única que pertenezca al hombre que es, no al que quiere ser, porque ése no existe, ha desaparecido tras la bruma de las vanidades. Tomas Wolfe escribió la Hoguera de las Vanidades, pero ya ese libro no lo lee nadie, preferimos las novelas de caballerías, porque ahí sí que reside la armadura con que nos disfrazamos y una valentía ante el monstruo que sin percatarnos nos va haciendo más débiles.

Buenos días tristeza. ¿Y qué? So/portemos la tristeza y cubrámonos con una manta en la cabeza. Mañana será otro día y regresará el nombre con el cual nos han bautizado. No queremos soportar el dolor, porque el dolor es algo vivo, punzante, nervioso, multitudinario y deseamos, como una fábula de La Fontaine, inventarnos una prosa que reduzca la verdad y la objetividad que reside en cada una de nuestras horas. Ser médico en vez de funcionario, ser tigre antes que hoja, cambiar el sida por la flor del azafrán, descubrir El Cairo con las maletas de 1910. Toda una farsa que nos envía directamente a las habitaciones blindadas, pues se presupone que es ahí donde se ejercita la contemplación de los espejos, los cuales nos ofrecen la visión distorsionada en la queremos incluirnos, como si fuéramos modelos caminando con nuestro cuerpo novelado por las pasarelas por donde desfila el portavoz de la Conferencia Episcopal ubicada en Madrid, de cuyo nombre no quiero acordarme, con la ropa interior en Harper’s Bazaar.

Lo que precisamos, como un diminuto banquete de todos los minutos en que ejercemos como el otro, es la acción, el movimiento, la dramaturgia de las noches en que ocultamos nuestro llanto, pero el llanto es necesario para recomponer esta inmensa tragedia que es el vivir, o mejor, el mal vivir. No queremos que nos vean llorar, pues de ese modo presumimos que nos acosa la debilidad y el fracaso, lo cuales no aceptamos porque nos deslizamos por el acueducto del personaje, pero nunca del hombre en su asiduidad del drama. ¿Dónde empieza el hombre y dónde termina el personaje? Pregunta abierta.

Des/cartamos toda tendencia dramática porque tenemos miedo al tiempo, a los días en que la naturaleza nos está avisando que sólo somos ella misma, naturaleza, pan y las Moradas del Cielo. Este telurismo, aprendido en las escuelas privadas y en la ebriedad de nuestra juventud, oculta el verdadero funcionamiento de las farmacias, del neoplatonismo, de una cultura que permanece escondida en el traslado que realizamos de los muebles cuando cambiamos de casa. No estamos nunca a gusto con lo que tenemos, nos desviamos hacia la oferta y la demanda que observamos en las vallas publicitarias y concedemos a nuestro honor la pérdida de la honra tan descrita en las comedias del siglo XVII. Por fin, como una última sesión de sauna, descendemos a los infiernos como si Mefistófeles viajara en Narrow-body airlains. Y así dale que dale, pim, pam, pum. Y vamos meándonos, cantando, fornicando, devorándonos, sentando el culo mañana tarde y noche delante de la televisión, hasta que clic. Sólo con un clic. ¿Y entonces? Ya se sabe. Silence.

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