Somos gente curiosa, muy curiosa, los españoles. Verdaderos sujetos de estudio. Un pueblo peculiar. Demasiado humano, quizá. Después de siglos de autoanálisis, de revisión y reflexión, después de que intelectuales de la talla de Unamuno, Ortega y Gasset o Ganivet dedicaran muchas horas de su vida a examinar a los habitantes de la piel de toro e intentar definir nuestras virtudes y defectos, resulta que la frase que mejor nos define es un simple reclamo turístico del franquismo: Spain is different.

Si la Historia de España se impartiera en serio, y no en esas leccioncitas que caben en un post-it que constituyen nuestro sistema educativo, sería la asignatura más difícil y escarpada con la que un escolar podría toparse. Difícil por muchas razones: por lo mal que la entendemos, por lo mal que la digerimos, porque una parte de España la conoce y pretende ignorarla, otra ni la conoce ni quiere aprenderla, y una tercera no menos populosa la conoce a medias pero prefiere inventarla a su conveniencia. De resultas de esto, hay tantas Historias de España como españoles, de manera que para hacerlo bien en las escuelas cada estudiante debería aparecer por clase con su historia de España, un libro único e intransferible que antes habría de ser aprobado por su comunidad autónoma, municipio y familia (suponiendo que en el núcleo familiar haya acuerdo, algo que es mucho suponer.) En esos libros adaptados y adaptables (para un término discutido y discutible, que decía la eminencia gris de Zapatero) podría haber Reinos de Aragón y Cataluña de distinta extensión y forma, para que cada cual elija el que crea que se ajusta a su realidad. También podría haber un catálogo de leyendas de nuestra historia de variado color: versiones negras, rosas o tornasol de la conquista de América, para que pudiera elegirse el tono que convenciera a cada ciudadano.

Según están las cosas, y con lo que uno ha leído y escuchado desde ese invento llamado memoria histórica y la explosión del universo catalán, este país sin ministerio de cultura ya puede empezar a anunciar la atomización de su historia. Salimos a historia por individuo, así que echen cuentas. Aquella frase atribuida a Marx de que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla se nos ha quedado corta; entre la gente que juega al discurso de la guerra civil como si Franco hubiera muerto ayer y la que inventa nuevas parcelaciones del territorio en lugar de buscar razones para mantenernos unidos, España corre el riesgo de caer devorada por su memoria.

Nos iría mucho mejor si asumiéramos de una vez por todas que el español es un animal contradictorio, profundamente contradictorio. No estoy hablando de la simpleza del “somos distintos, somos iguales”, sino de que cada español es una enorme complejidad y contradicción irresoluble, de tal manera que lo que nos une es precisamente eso: nuestra falta de consistencia y coherencia. No sé si habrá muchos más países en los que fervientes comunistas y socialistas se den tortas para llevar al hombro pasos de Semana Santa, o donde se haya escrito tanto sobre nuestras glorias y vergüenzas para no aprender nada. Hemos filmado quinientas películas sobre la guerra civil para no sacar nada en claro, se podría decir. Y sería verdad.

No sé si les ha llegado la polvareda que hay levantada en torno al éxito en Francia del libro Al-Andalus, l’invention d’un mythe. Ese arabista de la disidencia que es Serafín Fanjul ha publicado allí una nueva versión de una obra sobresaliente que ya conocíamos bajo el título La quimera de Al-Andalus, en la que con rigor y profundidad desmonta el mito de ese Al-Ándalus de convivencia pacífica y entorno buenrollista que nos han vendido. Una revisión en toda regla de las relaciones entre musulmanes, judíos y cristianos durante la ocupación de nuestro territorio. Como se imaginarán, no cesan de lloverle piedras, porque el español no quiere la historia de verdad, la que se demuestra, y se resiste a sacar de su cabeza ese cuento de osos amorosos de un Al-Andalus de tres culturas armónicas que tiene detrás el chiringuito de la Andalucía arriquitáun, que se vende bien como reclamo turístico y de alguna forma ha venido a sustituir a esa España de la pandereta. El único delito de Serafín Fanjul es demostrar la verdad, y eso en nuestro país se paga.

Si supiéremos de verdad qué fue la guerra civil y la dictadura que la prolongó, no haríamos tantas bromitas y memes sobre la cuestión. En los cruces verbales entre políticos, que de un tiempo a esta parte parecen más riñas de pendencieros de la ideología que discursos parlamentarios, no solamente demuestran día a día un desconocimiento abismal de nuestra historia (reciente y pretérita) sino que, lo peor de todo, parecen dispuestos a repetirla.

Estos días también se ha hablado mucho de la leyenda negra española de la conquista de América, porque unos historiadores han mudado su origen de los Países Bajos a Italia. A mí me preocupa, más que dónde se inicia, los lugares en los que anida. Y no hace falta un máster (de esos que después desaparecen, aunque sea) para saber que muchos españoles han hecho suya cada leyenda negra que se aplique a nuestro territorio. La historia maldita ha anidado en nuestros corazones, y de un tiempo a esta parte los peores pregoneros de nuestras debilidades somos nosotros mismos. Nos avergonzamos de nuestro país y de nuestro pasado, y eso no es solamente grave sino peligroso.

A lo mejor la solución a todo estos líos que los españoles nos hacemos con la Historia es dejarla en manos de extranjeros, que por lo menos manipulan con parámetros de fuera de la piel de toro y así la cosa queda más ajustada y presentable. Lo bueno de que los historiadores extranjeros trabajen nuestra historia es que los recibimos mejor, por eso de que el cainismo nos va bastante y desconfiamos de lo que investigue otro español. Los esfuerzos del conocido, del demasiado amigo, no nos interesan o nos caen mal de una forma irracional. Eso también lo vio Ortega, y lo dejó escrito en uno de esos libros que nuestros políticos deberían leer si encontraran tiempo entre tuit y tuit. Mucho antes que Ortega, una voz popular también se alzó para recordarnos que abrazamos al extranjero mientras hacemos leña del árbol del vecino para calentarnos. No nos queremos, los españoles. No nos cuidamos. Somos, ya lo he dicho, demasiado humanos.

1 Comentario

  1. ¿No será que estamos todavía en la fase de decadencia de un imperio? Se mantiene la lengua común y contra ese último vestigio se manifiestan los que aún guardan rencores de hace siglos.

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