¡Che, qué me contás¡ Cecilia Roth acababa de rodar su última película con Pedro Almodóvar, “Los amantes pasajeros”. Ya ganó un Óscar como protagonista con “Todo sobre mi madre”. Se ve que Almodóvar le daba cancha y la dejaba no suelta, porque ya conocemos todos la fijación del manchego con los actores, a los que trocea, manipula, invierte, conecta, resucita. Sesilia Roth siempre sesea, como argentina que es, por eso yo la llamaré Sesilia y no Cecilia, porque Cecilia suena a Castilla-León y ella es de Buenos Aires, donde le dieron el nombre de Cecilia Edith Rotenberg Rot, pero así no se puede ir por la vida si una quiere ser actriz, en todo caso, podría haber hecho uso de esa largura de nomenclatura, tan típicamente sudamericana, si le hubiera interesado ganar un Nobel de Economía o algo parecido, pero me da a mí que no, que Sesilia no sabe economía, más bien todo lo contrario, esto es, la espesura de su intenso humanismo cuando interpreta.

“Sesilia Roth siempre sesea, como argentina que es, por eso yo la llamaré Sesilia y no Cecilia, porque Cecilia suena a Castilla-León y ella es de Buenos Aires…”

Siempre he sentido curiosidad de por qué decidió quitarle la hache a Edith y ponérsela a Roth. Ya lo tengo. Ahora caigo. Porque Roth debía ser la única manera y forma de esa Hache de Martín Hache, película en la que da una mujer estupenda, cheguevariana y hoja suelta de poema, este largo poema que yo siento en mí cuando la leo en cualquiera de sus personajes ante la pantalla de un cine, aunque Sesilia siempre ha logrado ser algo más que un cine, quiero decir, un arte, o un más allá del arte de la imagen y la palabra, la belleza de su rubio cabello que Garcilaso ya escribiera para “Elisa, vida mía” o la inmensidad de su lenguaje impreso en ese noble gesto o en ese atormentado rostro que ya es escultura, ballet, arquitectura y retrato de la más hermosa mujer en los inicios de la prehistoria.

Sesilia ha tenido cuatro hombres en su vida, al menos en matrimonio o juntamiento o deseo deseante, Gonzalo Gil, Fito Páez, Gonzalo Heredia y yo, pues, ante mi propia realidad de un irrealismo excesivamente irrealizable, acostumbro a desearla mientras veo “Un lugar en el mundo”, más que nada porque continúo con este romanticismo tuberculoso de un Keats o de un Novalis o de un Gustavo Adolfo Bécquer con el cual navegar y navegar en la nada o en el todo tal vez buscando o buscándome, en ese viaje interior que siempre soy o a lo mejor no, justamente a la espera de la llegada de mi propio lugar en el mundo, ciudad, aldea, una isla -Mallorca- o la Pampa, pero, si fuera posible, al lado siempre de Sesilia, por eliminar ya de forma definitiva esta triada que de forma amarga siguen solamente permaneciendo como modorra en un Gonzalo/Fito/Heredia. Yo quiero ser el nombre que haga Sesilia por las mañanas, al despertar y darme cuenta de que ella se tiene que ir a rodar la próxima película de Adolfo Aristarain.

“Sesilia ha tenido cuatro hombres en su vida, al menos en matrimonio o juntamiento o deseo deseante, Gonzalo Gil, Fito Páez, Gonzalo Heredia y yo, pues, ante mi propia realidad de un irrealismo excesivamente irrealizable, acostumbro a desearla mientras veo “Un lugar en el mundo”

De padre ucraniano judío y de la cantante Dina Rot, su ucranianismo no se le ve por ninguna parte, más bien señaliza a cada momento su tendencia Rot -a la que ella le añade la h-, porque su miriada acumulación de mujer linda no es sólo lindura física, en todo caso, preciosismo escrito en otro tiempo, cuando el tiempo todavía era inteligente, profundo, extenso como los grandes campos de trigo dentro de un único instante, levedad y ternura. Sesilia es bolero, mar que coge -¿alguien sabe lo que significa el verbo “coger” en Argentina?, pues eso- o protagonista de un guion que yo siempre sigo escribiendo, a partir de las doce campanadas de cada noche, invierno, primavera, verano y tres otoños seguidos, con la ingenua intención de que llegue ese día lunar o lunático o en beneficioso plenilunio en que decida mi dulce Sesilia hacer de mí su más particular interpretación no de la actriz que pueda ser, sino de ese eterno amor que no nunca actúa, que no se mueve por los accidentales escenarios, que no viaja por una cuestión de dinero ni siquiera a causa de una interiorizada vocación, en todo caso, único amor que celebra, que se va y vuelve o no vuelve, que más da, Sesilia como ese ángel de la muerte para el último hombre en esta tierra que yo he escrito para mí, acompañado por las melodías sin posible calificación que Coque Malla compuso e interpreta en ese álbum que llevo escuchando desde hace meses cuando amanece o deja de amanecer y que lleva por título lo ya dicho: “El último hombre en esta tierra”. Aconsejo al lector si esto acaso leyere que escuche dos temas de este álbum que está entre la más consagrada sensibilidad o la más original versión de cómo es posible a veces o siempre huir de este mundo: “Me dejó marchar” y “El hombre interior”. Ruego que ambos temas se escuchen no cerrando los ojos, sino abriendo este dios que somos a cada momento todo ser humano vivo o dormido o perdido o alegre cuando nos cercioramos de que hemos estado ocultos durante años confundidos o amagados entre la más abrupta o lisonjera naturaleza. Huidobro dijo aquello de “el poeta es un pequeño dios”. A la mierda con Huidobro. Nuestro único dios es más inmenso que cualquier manera de rearmarse de creatividad, pues todo lo que se crea ya ha sido creado únicamente con mirar fijamente por vez primera a una conocida o desconocida mujer argentina a la que le guste quitarse la hache porque sabe a ciencia cierta que toda divinidad es humanidad cuando sobra una letra que no se oye, que es mutismo, que está ahí para confundir, pues amar es confusión, pero a la vez claridad cuando lo puro se memoriza o se intenta colonizar a partir de ese continentalismo que es el yo, la exaltación del yo a la espera de la llegada del tercer pronombre de toda la femeneidad dentro del mismo castillo: ella, Sesilia.

Secilia es una canción de John Lennon cuando uno siempre es Lennon imaginando, imaginándose, un cuadro que jamás nadie ha pintado, un ensayo sin estar ensayado, una colina que son dos, los pechos o las manos, los ojos o los labios, dos emociones dentro de una única razón, tal vez la razón de amor que escribiera Pedro Salinas: “Y de pronto, en el alto / silencio de la noche, / un soñar mío empieza / al borde de tu cuerpo; / en él el tuyo siento. / Tú dormida, yo en vela, / hacíamos lo mismo. / No había que buscar: / tu sueño era mi sueño”

“Secilia es una canción de John Lennon cuando uno siempre es Lennon imaginando, imaginándose, un cuadro que jamás nadie ha pintado, un ensayo sin estar ensayado, una colina que son dos, los pechos o las manos…”

Me asomo, me sigo asomando, asumiendo que la señal siempre produce turbación, embarazo o entontecimiento. A lo lejos, siempre a lo lejos está ella, Sesilia, bañándose en el mar, su mar, mi mar, el mar nuestro, donde todo debiera empezar, aunque jamás comenzase nada, ni siquiera los filmes, mi poesía, Buenos Aires, mi tuberculosis, sus labios cheguevarianos, Martín Hache, los vicios, Ucrania, los montes a donde subir con zapatos de tacón, su lápiz escribiendo con invisible letra mi nombre desconocido,  la tercera novela que acabo de terminar y que titula “El último hombre en esta tierra”, el personaje de Cortázar que sigue saltando el rayo o la rayuela, ella, la Maga, mi argentinismo y la mejor frase que yo he dejado escrita en la traslación de mi inventado idioma argentino: “estoy hasta el orto de no coger con Sesilia”, a lo que ella siempre responde: “¿Acaso sabés lo que vos sos para mí, boludo?”

Pero no me rindo. No puedo evitar la repetida historia de mi vida resumida en un concepto altamente básico: “La belleza me aturde”. Boludo o pelotudo o pajero o nabo o salame o gil o abombado o croto o ciruja o arrastrado, resistiré, lo siento, como canta Sesilia en aquella película de Almodóvar, erguido frente a todo, me volveré de hierro para endurecer la piel, y aunque los vientos de la vida soplen fuerte, soy como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie, resistiré, para seguir viviendo, tal vez apuñalado de nostalgia, quizá golpeado por el odio de ese pequeño dios que siempre creí ser. Dejo de escribir para escuchar las canciones de Coque Malla, sobre todo la que más me gusta: “Duerme”. Una nana, la nana que aloja silencio y lluvia que nunca cae. Ah, dormir y nunca más despertar. O mejor, despertar para nunca jamás quedarse dormido, porque de este modo es la única manera que se puede hallar para entrar por el orto y salir cogiendo, cuando el coger no es alcanzar, sino un bolero dentro de un mate porteño que me mate de forma definitiva hasta regresar siendo yo sin sueños ni películas ni mujeres rubias sin hache o con ella. Sólo esa palabra que tal vez debiera ser yo mismo ya para mí mismo, completamente razonada y armonizada en mí adquiriendo finalmente la absoluta certidumbre de que ese lugar en el mundo está dentro de mí. Pero Hólderlin dijo aquello de “el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. ¿Entonces?

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