La elegía del mundo presenta su ecuación de Tebas en este tsunami que devora cocinas enterradas bajo la arena. Hay un canto general que constata la de/voración de la arquitectura de Florencia por culpa de los precios que se insertan en los comedores sociales. Porque pagamos todo aquello que no es real, sino producto de una ficcionalidad derivada del auge de las políticas de Thatcher en aquellos tiempos en que se invadieron las Islas Malvinas. El hombre moderno, en una modernidad situada en el transcurso de los signos de Derrida, ha recalado en la voracidad de las Excursiones a Quilmes. Todo proceso de industrialización con/lleva la desaparición de aquellos que únicamente intentan vivir la frialdad de las vihuelas, porque existen coordenadas depositadas desde el magicismo y la irracionalidad que se ejecutan a partir de una producción que no es producción, en todo caso, el vendaval que nos cae tras cada objeto creado. La creación del objeto es una superstición que viene desde que el hombre se dio cuenta que el mundo debía acelerarse, porque la lentitud, propicia para la construcción del alma, no ocasionaba la reforma de los talleres.

Miles de hombres en principio libres y más miles de mujeres que ya eran libres -esa libertad estaba dentro de su corazón, aunque no en el contexto o en la presencia física de las cosas-, con la aparición de la mecanicidad, quedaron reducidos al juego de las cartas en las tabernas de Belfast. La revolución de la industrialización trajo, en efecto, nuevas velocidades, motores de fábricas, los ferrocarriles que llegaban hasta las aguas del lago Aral, pero aplicaba una invasión bárbara que modificaba las actitudes y el comportamiento de los pueblos. Marx y Engels, incluso antes el soberbio de Hegel, o algunos más por ahí sueltos o internacionalizados, intentaron descontaminar aquella maravilla del mundo que se amplificaba como el sonido de las estrellas, siendo los astros una cultura ancestral, donde el objeto sólo era utilizado en su única funcionalidad, desde el fuego hasta la vasija, desde el libro hasta el arado del pastor.

“Miles de hombres en principio libres y más miles de mujeres que ya eran libres -esa libertad estaba dentro de su corazón, aunque no en el contexto o en la presencia física de las cosas-, con la aparición de la mecanicidad, quedaron reducidos al juego de las cartas en las tabernas de Belfast”

Veníamos de los cognaticios –hapu-, de las exogamias y del zocu. Hasta hace poco éramos únicamente Tobriand y Kitava, un mundo paralelo, pero alejado, que sustituía la civilización por las culturas de los muslos enternecidos de los Yorubá, los Mandinga o los Mossi. Las tierras inhóspitas nos enseñaron cómo despertarnos con el sol para no caer nunca en la tristeza, en el estrés, en la violencia de un consumo de altas torres en donde se ejecutaba la cara opuesta de la Luna. Todo proceso lunar se recaudaba a partir de la creencia de que la naturaleza era el más hermoso detalle que puede convivir con el hombre. La naturaleza como adivinación de lo que somos, de donde estamos, de lo que únicamente deseamos. Así se compuso un tiempo en que la civilidad sólo era una mano que agarraba a otra mano, acudiendo al mensaje de la fraternidad y del escenario del amor como verdadero cartel que nunca se representaría en Broadway.

La zona tribal es la esencia del hombre que ama con todos sus azules la recaudación de la vida. A partir de ahí, la Historia se fue degenerando, porque la multitud, el enorme túmulo de la multitud que busca afanosamente que el pensamiento se derive hacia la acción y hacia la protección del dolor, cayó rendida a los avances tecnológicos y nocturnos que nos traían pequeñas calaveras de palomas. Creímos más en lo externo que en el interior, el cual -ya ha quedado suficientemente demostrado- siempre había servido de basamento para construir un territorio donde sólo los caballos en sus establos ocuparan nuestra cotidianidad más resistente.

Google aplicó, con la experiencia de siglos que propone, una evolución para que sepamos que el mundo debe permanecer en constante reparación, una aldea global que, con el transcurrir de los años, será saqueada por la barbarie y el poder. Google sólo es un campamento, una capital, un juego de adornos intensísimos, pero no previene jamás el pensamiento real. Todo pensamiento real/irreal es el que consiste en la aplicación de una ideología que se reduzca a los atavismos en los que todavía permanecemos. Toda velocidad de una civilización no es otra cosa que un regreso a los ancestros, pues el modo, la forma, el contenido, las estructuras están equivocados, son disfuncionales, absorbentes de un tiempo que resiste o avanza, pero que nos arrebata el auténtico tiempo en el que debemos pernoctar. Una página web derriba la biblioteca de Alejandría y propone el suicidio de los monjes del Monasterio de Silos. Toda escritura debe realizarse entre los márgenes que quedan en el libro de El Talmud. Más allá de eso sólo poseemos el objeto, como búsqueda inaccesible de nuestra felicidad. En la Antigüedad se adoraba a los dioses. Nosotros hemos permutado esa adoración, que ahora sólo consiste en la sacralización del objeto. Hemos aplicado un contubernio contra la divinidad para rescatar sólo aquello que podemos tocar con nuestras manos. Y no queremos fijar aquí una postura tradicionalista o reverencial de un pasado que fracasó por su impronta de acelerar los tiempos y las mecánicas de la sabiduría. Tan sólo pretendemos informar que todo consumo, todo precio, toda asistencia a un mundo que ya va más allá del mundo, reduce nuestras posibilidades de autoconocimiento y de percepción de una experiencia que debe ser sólo nuestra y no la que nos imponen.

“Google aplicó, con la experiencia de siglos que propone, una evolución para que sepamos que el mundo debe permanecer en constante reparación, una aldea global que, con el transcurrir de los años, será saqueada por la barbarie y el poder”

La vida nos ha manejado siempre. Hemos concluido en la manipulación de las modernas civilizaciones. La libertad, la propicia libertad que nos pertenece, ha sido defenestrada por los avances inquiridos desde el copyright de las costuras. No estamos en contra de la futurización de la civilidad. Pero…

¿Escuchamos correctamente? No es ése nuestro mensaje antropológico. Sino que nos enfrentamos a una modernidad que ya fue devaluada por el posmodernismo de Gianni Vatinno, Baudrillard, la Teoría del Caos o la transcripción de incertidumbre de Heisenberg. Aplicamos las consecuencias del Teorema de Bell a la ausencia de un porvenir donde se produce la Muerte de la Cultura. Hemos abandonado la prosa en su fusión del tiempo y el espacio, lo cual nos relata la percepción difusa de una realidad que se aleja, como el navío de los argonautas, de la credibilidad del hombre entendido en toda su completud e interioridad.

La faceta polifacética de una ética que se ha transmutado por los valores economicistas y las aplicaciones de un mercado que se propone arrellanar todo control sobre la Historia y sobre el individuo, rom/pe la decisión de poder pensar por nosotros mismos. Nos piensan, luego dejamos de existir. Los factores postindustriales intermedian, como cajas chinas, entre la cultura occidental y la globalización de los perros que mastican en Beijing. Hemos desarmado los crepúsculos y ya sólo obtenemos placer si acudimos a los grandes almacenes para comprar todas aquellas dalias que no son de verdad, en todo caso, están disecadas por el precio del euro. Es inevitable que acabemos con el euro y regresemos a aquellas monedas con las que permanecíamos en las canciones de Ricardo Flogli, en donde el PIB no nos asustaba, sino que venía como un camello en el desierto para beber sólo el agua suficiente. Europa no existe, está fragmentada como una lesión de futbolista, y ya sólo aplica sus técnicas de evolución desde las conversaciones inéditas de los mercados. Es este mercantilismo el que nos proporciona la voracidad completa que derrite mujeres embarazadas y mendigos con su caja de cartón de vino.

La industrialización, que aplica al objeto el deseo de todos los objetos, ha consistido en el transfuguismo de la rosa y de la aniquilación de los mares de Sudán. Insistimos. La modernidad quedó desvalijada por la posmodernidad, porque tanto Deleuze como Lyotard como Lypovetsky, así como Zizek y Badiou, comprendieron que avanzábamos hacia un horizonte donde ni el mascarón ni la dolarización podían ser entendidos, como fuente de un cierto encuentro, en las plazas mayores de todas las ciudades, del hombre con el hombre que es, que siempre ha sido, pero que nunca será.

“Europa no existe, está fragmentada como una lesión de futbolista, y ya sólo aplica sus técnicas de evolución desde las conversaciones inéditas de los mercados. Es este mercantilismo el que nos proporciona la voracidad completa que derrite mujeres embarazadas y mendigos con su caja de cartón de vino”

Ahora tal vez toque seguir avanzando hacia donde entre los que queramos podamos o no, pero siempre entre todas y todos, seguramente es posible que sigamos construyendo esta humanidad que parece que se nos ha ido de las manos, pero no, nos negamos a que sea así. El petróleo sigue siendo esa cortina de humo en donde procuran invisibilizar nuestras voces. Creemos que esta gente que imagina que puede dominarnos a este conjunto humano en que toda arquitectura está diseñada y alzada y comprendida como camino hacia delante, en el fondo sólo se domina a ella misma. Esta dominación aparente está sana y salva de sus propios juegos de póquer. Pero como es tan palurda y absurda y testicular y reinona de la nada, ya está en la UCI en su propio hospital global. ¿Alguien lo duda? ¿A quién le toca soltar ahora sobre la mesa la siguiente carta de la baraja?

No nos cabe la menor duda: a nosotras y a todos los que sepamos que esta trampa absurda y cómica está trajinada para que esta gentecilla del mal caiga en ella misma, atrapada como el Rey León en este fiero dibujo animado que es el mundo, su mundo, sólo el suyo. El nuestro sigue hacia no sabemos dónde, pero mantenemos la actitud de no permanecer con los pies clavados en este Gran Teatro del Mundo.

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