Me fascina que me llamen puta y que deseen mi muerte desde los balcones de la ciudad. Admito que el sexo es un modo de comunicación para mí y la palabra puta un piropo. A la muerte hace mucho tiempo que le perdí el miedo, hasta me excita que me encuentren llena de cieno en un sofá abandonado a la hora del conticinio. Además, la gente solo muere cuando la olvidan y estoy segura de que a mí nadie me olvidará porque he venido para dar guerra. Me apasiona, insisto, que me insulten y que me lancen huevos y tomates desde las terrazas. Me viene de primera en estos tiempos de confinamiento porque me ahorro una salida al supermercado. Siempre he tenido óptimos reflejos y cojo lo que me tiran como un buen contorsionista, pero no sin un leve esfuerzo. Tengo una mano ocupada con mi hijo, discapacitado intelectual, a quien tengo que acompañar a la calle porque forma parte de su terapia, de manera que agradezco sobremanera que desde los balcones me llamen guarra y deseen que desaparezca. Es muy reconfortante. También lo es trabajar en el hospital, donde ejerzo como médico.

Cuando salgo con mi hijo tengo que llevar el certificado oficial de reconocimiento de discapacidad, la prescripción de un profesional sanitario o social, una copia de la instrucción del Ministerio de Sanidad, informes médicos, psicológicos o sociales complementarios en los que se describan las necesidades individuales o la existencia de dificultades conductuales de mi hijo.

El otro día escuché que alguien aconsejaba que deberíamos salir a la calle con un chaleco reflectante o una pulsera de colores. Hay quien dijo que deberíamos llevar un distintivo sonoro, algo así como un altavoz que emitiese sin cesar la palabra danger. Mis palabras son claras, idos a la mierda. Llevo toda la vida intentando que mi hijo no sea estigmatizado y que lleve une existencia normal, con lo que ahora no voy a salir a la calle marcándole como una res para evitar los insultos de aquellos que no se paran a pensar en la realidad de cada individuo. Insisto, que os jodan, salid a las ocho de la tarde a aplaudir, que eso se os da muy bien.

El virus del hambre no sale en televisión porque no mata a los ricos… hay tantos virus que no se tienen en cuenta. Estamos hechos para ser queridos y para querer y cuando nos falta ese sostén nos morimos, de manera que a menudo lo que nos permite disfrutar de la vida es la propia vida. Lo que vivo en el hospital todos los días es terrible, del mismo modo que lo es bregar con mi hijo cuando llego a casa.

Concordia, armonía, unión, hermandad, el mundo seguirá igual dentro de un mes, la gente no tratará de tú a tú a mi hijo porque no lo ha hecho nunca, seguirá insultándose y envidiando al prójimo, pero lo cubrirá con palabras melifluas, seguirá hablando a mi hijo en voz alta como si fuese gilipollas y ofreciéndole un caramelo, cuando preferiría un gin-tonic, reemplazará los amables insultos desde el balcón por los desplantes a pie de calle y las palmaditas en la espalda. Así que, policías de balcón, salid a las ocho de la tarde a aplaudir con lágrimas en los ojos y “Resistiré” como acompañamiento musical.

La muerte es el destino de todos y la suerte de cada uno. A partir de ese individualismo, uno siente amor por la vida, aun sabiendo que es breve. Yo llevo actuando así desde mi pubescencia, no me queda otra. Alzo la cabeza y oteo un horizonte que me lanza a explorar, pero sin histerias, sin tremendismos, sin catastrofismos propios de prensa amarillista o de sobredosis de programas de telerrealidad, simplemente dándome cuenta de que la vida es una mierda pero es mi mierda y no quiero comprar Mistol ni ninguna porquería para limpiarla, pero que me dejen vivir con mi hijo y que no me lo marquen más. Eso no lo consiento.

En la amistad y en el amor se es más feliz con la ignorancia que con el saber, lo mismo pasa con el día a día y con la enfermedad. Cuando salgáis a la calle a insultarme paraos a pensar cuál es mi verdad, cómo es mi realidad. Esperemos que esto termine pronto porque no puedo con la concordia de saldo, porque el mundo no se cambia en dos días, porque quien es un cabrón seguirá siéndolo, con bicho o sin bicho.

Ojalá que esto sea como el sudor inglés, una enfermedad que surgió en 1485 y que, tras diezmar a gran parte de la población británica, ricos en particular, desapareció en 1552 y jamás se ha vuelto a saber de ella. La peste negra, por ejemplo, contribuyó a un cambio de percepción sobre la manera de vivir y morir que transformó radicalmente al hombre medieval. Los grandes hombres del Renacimiento quisieron perpetuar su grandeza en un vano deseo de supervivencia humana, de inmortalidad corporal. No pienso que ahora consigamos eso porque el mundo está demasiado corrupto y lleno de podredumbre para esos fines tan loables.

“Con tanto espanto había entrado ese mal en el pecho de los hombres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres evitaban visitar y atender a los hijos como si no fuesen suyos”. Así describe Boccaccio en el Decamerón lo que sucedió con la peste bubónica en la segunda mitad del siglo XIV. Más 50 millones de personas murieron. A mí me matan todos los días quienes no aceptan a mi hijo ni tienen la empatía suficiente, bendita palabra estos días rescatada de los diccionarios, para preguntarse por qué salgo a la calle con él. Con denuedo, inservible la mayor parte de las veces, intento luchar contra esa muerte silenciosa que no forma parte de listas ni posee un número en la morgue del barrio.

Se dice que un acto de locura consiste en no acatar ciertas reglas sociales y mostrarse en contra de la sana razón. No está bien visto salir a caminar desnudo por los campos de labriego, gritar en medio de una conferencia de Estado, eructar en un acto público. No está bien visto decir lo que se piensa, yo ahora estoy diciéndolo para proteger a mi hijo y defender su dignidad y es posible que mañana la cantidad de huevos que me lancen desde el balcón sea el doble. Cocidos, por favor, que no doy abasto poniendo lavadoras si me los lanzáis frescos, si bien tengo el cutis de lujo por los beneficios de la yema. ¿Qué sucedería si todos los locos del mundo gritaran a la vez, si se lanzaran desnudos a los campos al mismo tiempo y dijesen lo que pasa por sus cabezas en un preciso momento? La locura no solo la tienen los que están encerrados en un manicomio. Todos estamos locos y todos hacemos locuras, lo que pasa es que la mayoría no se da cuenta de ello o se avergüenza… En el hospital me pasa algo parecido. Soy la jefa de servicio del área de enfermedades infecciosas. No empleo las redes sociales para aparecer con la cara destrozada por la mascarilla ni para llenarla de frases de peluquería con intención de ser profundas. Mis pacientes saben cómo soy, saben que lloro en silencio por ellos y saben que saldremos de ésta. Pido coherencia en mi día a día como médico, coherencia en la vida, en el modo de vivir y actuar contra los riesgos.

Pongámonos mascarilla para salir a la calle, ir al supermercado y pasear con mi hijo, empleemos guantes para manipular cualquier cosa, pero follemos con goma, por ejemplo. Cambio a la segunda persona y me dirijo a ti, ya que me insultas desde el balcón considero que hemos alcanzado un elevado nivel de confianza para ello. Dime, qué lectura tiene adquirir un sentido de la salud tan elevado para que, cuando termine esto, vuelvas a los hábitos del “todo vale”. ¿Ahora sí y antes no? ¿Ahora das una hostia a alguien que te toca sin querer como si tuviese el ébola e insultas gratuitamente a una madre que pasea con su hijo enfermo por la calle y antes no te parabas  a pensar en los riesgos de ciertas conductas? Lo he visto tantas veces en el hospital. Consecuentes, seamos consecuentes. Lo mismo pasa con el tabaco, con el alcohol, con la mala alimentación, con las drogas. Eso también mata. Dos o tres semanas encerrado en casa sin sexo, comiendo sano porque tienes mala conciencia y bebiendo más agua de lo habitual porque tu vecina te lo recomienda no hará que cambies. Lo más seguro es que te mueras de cirrosis dentro de un año y que sigas tratando con displicencia a mi hijo por la ponzoña generada por tus pensamientos. Así que no me jodas cuando salgo a pasear con él porque no sabes nada de nosotros. Buen aplauso.

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Eduardo Viladés
Yo no valgo ni para barrer suelos, pero mi arte sí. Soy tantas cosas que ya no me acuerdo. La edad también influye, hace que uno no retenga del todo bien. Escribo, narrativa, ensayos, teatro, varios intentos de novela, también dirijo mis obras teatrales cuando se representan en donde vivo. Si no, creo equipo con actores y directores que considero pueden llegar al alma de mi texto y transmitir lo que yo pretendía. El teatro es universal. Tengo decenas de premios de teatro y narrativa, es decir, esculturas que hacen de pisapapeles cuyo cobre me planteo fundir o vender en el mercado negro para una compra en Mercadona. Lo combino con el periodismo y la filología. “Este niño es un poco inquieto”, decían (y siguen diciendo) mis padres. Tampoco sé de dónde soy, del Norte, eso por supuesto, pero he vivido en tantos sitios que pierdo la cuenta. Existo y doy guerra. Lo demás no importa.

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