Conocí a mi pareja gracias a sus canciones”. “Mis padres me han contado que estoy en este mundo por sus discos”. Estas fueron algunas de las frases que más veces tuvo que escuchar durante toda su vida el cantante valenciano Jorge Sepúlveda, una de las voces imprescindibles del bolero y el pasodoble español de los años 40 en adelante, la banda sonora que animaba a arrimarse en guateques y verbenas.

En este 2017 que ya emite su ‘carte de ajuste’, se ha cumplido el primer centenario del nacimiento de Luis Sancho Monleón, que decidió ponerse como artísticos, Jorge (por Negrete) por nombre y Sepúlveda por apellido. Con motivo de este aniversario, el periodista Carlos Arévalo ha decidido glosar su vida en un libro para concederle un merecido homenaje y de paso, ordenar y contrastar muchos datos que giraban en torno a su vida artística y personal. Bajo el nombre de ‘La voz de la nostalgia’ (ProBoCa, 2017), Arévalo vuelve a hacer justicia con otro grande del espectáculo, tras biografiar la trayectoria del actor José Bódalo, publicado con el título de ‘Maestro de la escena’ (CVC Ediciones, 2016).

Porque sí, Sepúlveda fue el de ‘Mirando al mar’, ‘Mi casita de papel’, ‘Tres veces guapa’, ‘Monísima’, ‘Cerezo Rosa’…o ‘Santander’, una de las pocas canciones escritas por él mismo que se convirtió en el himno popular de la capital cántabra y que fue pergeñada en una habitación del Hotel Real. Un tema dedicado a “la novia del mar” cuyos derechos de autor decidió ceder en favor de los afectados por el grave incendio que sufrió la propia ciudad en 1941.

En ‘La voz de la nostalgia’ conseguimos confirmar algunas sospechas y descubrir nuevos hitos de una carrera poco reconocida y poco estudiada hasta ahora. Sobre las conclusiones de lo primero, constatamos que Sepúlveda fue el rey absoluto de las canciones dedicadas en la radio, aquello que se llamaba ‘Peticiones del oyente’. Sus temas eran el regalo favorito a través de las ondas, lo que a fecha de hoy vendría a ser un nº1 en la lista de Los 40 o el artista con más reproducciones en Spotify. Respecto a los hallazgos, en este libro descubriremos  por qué Sepúlveda siempre sostenía el micrófono con la mano izquierda y solo gesticulaba con la diestra, cómo llegó a ser uno de los primeros cantantes en usar altavoces en sus conciertos, dónde y en qué condiciones fue enterrado por propia voluntad y qué se guardó en el interior de la estatua de bronce con su busto que podemos visitar a día de hoy en el paseo marítimo de Santander.

Buen amigo de otras voces eternas como Antonio Machín, Nino Bravo o Bonet de San Pedro, ‘El Duque de la Ensaimada’, miembros algunos de ellos de la ‘era camp’, un fenómeno que llevó a una serie de cantantes ya retirados a retomar las actuaciones y las grabaciones en los 70′ tras varios años de retiro. Humilde y trabajador nato (la noche antes de su boda estuvo actuando hasta las 4 de la mañana), Sepúlveda vivió de forma curiosa dos partes de su éxito musical-geográfico: en los años 40 arrasó en Madrid y el norte de España, y tras su vuelta en los 70 triunfó en el Levante, Aragón, Cataluña y Valencia.

Dandy, galán, refinado…Sepúlveda practicaba bajo su milimetrado y estrecho bigote una dicción perfecta en sus temas capaces de transportarte en el espacio y en el tiempo. Y a pesar de que el hilo musical del flirteo ha ido cambiando considerablemente con los años, no podemos olvidar que hubo un tiempo de tocadiscos con esencia a naftalina en que la hoja de ruta para dar el primer paso no necesitaba de una red social ni un teléfono móvil:  el hielo lo rompía una canción de Jorge Sepúlveda.

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