Si todos los héroes no son sino un eco de Gilgamesh; los más formidables de estos en versión helénica, como Perseo o Hércules o las sagas de sus parientes los lájidas de Tebas o los átridas de Micenas, que todavía revivimos en las truculentas tragedias, descienden de una abuela común: Io. El resto suele provenir de Deucalión, con lo que tampoco presenta menor prosapia pues es el Noé griego; es decir, el único que libró del diluvio. Así que de ellos nacieron las dos principales estirpes de los campeones helénicos: los tesalios de Deucalión y los ináquidas de Argos; pues Io era hija del sagrado río Ínaco y hermana de Foroneo, el primer soberano de Argos —la ciudad original del Peloponeso—, también el dominador del fuego que le había entregado Prometeo y el creador de la prístina figura de la diosa Hera, a cuyo culto se consagró su hermana Io, quien, toda candidez, ignoraba los peligros de su atractivo.

«Y es que de ella se enamoró Zeus, pero previendo los celos de su esposa, la convirtió en una espléndida y disimuladora vaca blanca»

Y es que de ella se enamoró Zeus, pero previendo los celos de su esposa, la convirtió en una espléndida y disimuladora vaca blanca. Claro que a Hera no le valieron trucos y se la exigió incluso boviforme, para ponerla bajo la custodia de Argo Panoptes (Argo Todojos). Zeus, enojado por ceder a la hermosa muchacha —por muy vaca que aparentase—, envió a Hermes, quien durmió al hecaóptico Argo con la melodía de un caramillo y, luego, lo mató para que Io campase a disposición del gran crónida. Entonces, Hera, presa de la cólera ante aquel asesinato, envió a un tábano que hostigó a la todavía vaca con tal encono, que emprendió una alocada carrera de un extremo al otro del mundo; por poniente, alcanzó Dodona, donde fundó un oráculo mientras, asomada a su mar, le dio nombre: el Jónico. Pero como el moscardón siguiera punzándole encarnecidamente la grupa, se condujo hacia el otro extremo del orbe, casi hasta las estribaciones del Himalaya, y de camino, bautizó un estrecho, el Bósforo (paso de la vaca), y hasta visitó al penitente Prometeo, encadenado al gigantesco Cáucaso; pero ni por esas el moscardón se apiadó. Y ya harta, descendió a las meridionales fuentes del Nilo. Y no fue allí, sino más al norte, en su delta, donde al fin Io halló el alivio que tanto perseguía y donde Zeus la tornó de nuevo humana para gozarla con el sosiego requerido.

De aquellos amores nació Épafo, cuya hija Libia alumbrará entre sus nietos a los civilizadores de la Hélade cuando aún ni se llamaba así. Estos descendientes de Libia y, por tanto, tataranietos de Io, fueron: Dánao, Cadmo y Europa.

El fabuloso viaje de Io se nos desvela con este terceto, pues a su través los helenos justificaron la llegada de los pueblos meridionales que enseñaron a los primitivos pobladores de la Hélade los rudimentos de la agricultura y, con ella, la religión de la gran diosa madre. Esta circunstancia nos aparece nítida en el mito de Dánao, quien llegó a las murallas de Argos, suelo ancestral de su tatarabuela, Io, desde las riberas del Nilo, con sus cincuenta hijas, huyendo de su mellizo Egipto. Allí un prodigio oportuno le procuró el favor de los argivos y, en consecuencia, el trono de la ciudad. Después su mito nos cuenta que su hija Amimone, con ayuda de Poseidón, hizo brotar el río Lerna que no se extinguía nunca, para acabar con la maldición de la sequía que oprimía aquella tierra, mientras sus otras cuarenta y tantas hermanas establecieron las Tesmoforias —festividades a Demeter y a su hija Perséfone; es decir, a la gran diosa en su faz generatriz y, a la par, en su faz telúrica, aquella solo accesible a las hechiceras—; por tanto, con Dánao se instauró el culto a la diosa madre en el corazón del solar argivo, de donde, muchas generaciones después, van a surgir los grandes héroes, a la par que fomentaba, con el dominio del agua, la nutricia huerta.

«Mientras Cadmo, su hermano, tras mucho vagar en su busca, llegó a Delfos, y allí se le ordenó seguir a una vaca si quería hallar a la extraviada Europa»

En cuanto a sus primos, los hermanos Europa y Cadmo, de cuna fenicia, recuperaron la figura taurina bajo la que se había paseado su tatarabuela Io por el mundo, pues Europa fue raptada en las playas de Tiro por un Zeus metamorfoseado en simpático toro blanco —como Io, pero invertido todo, incluido el periplo—, para llevarla en sus lomos hasta Creta, donde fundarán la dinastía minoica. Mientras Cadmo, su hermano, tras mucho vagar en su busca, llegó a Delfos, y allí se le ordenó seguir a una vaca si quería hallar a la extraviada Europa. Eso hizo hasta que el animal, exhausto, se desplomó. En ese lugar, lo sacrificó a Atenea y levantó Tebas, la otra ciudad mítica con las herederas de Argos, Micenas y Tirinto.

Por supuesto, es una fabulación de la influencia púnica en Creta y en el corazón de la Hélade, para cuya tradición —como nos sugiere también el episodio bíblico del becerro de oro–, el toro era un animal tanto oracular como encarnador del gran poder ancestral. Y es aquí donde vislumbramos de nuevo a Io, la gran vaca blanca que recorrió el mundo, o si prefieren la gran sacerdotisa de la diosa madre, pretendida incesantemente por el dios masculino —o sea, por la religión patriarcal—, Zeus. Al final, la obtuvo y no solo cuando raptara a Europa, sino varios siglos después, cuando los dorios impusieron el culto pastoril sobre el agrario.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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