La gente me señala, me apunta con el dedo, susurra a mis espaldas, porque donde dije digo digo diegoLe he mangado la letra a Alaska para llevármela al tema de esta reflexión sin ánimo de pontificar. Y es que me gustaría de una vez por todas reivindicar mi derecho a la incoherencia, que se asienta en una teoría personal y peregrina según la cual la evolución de la sociedad solo es posible cuando hay contradicciones en las hemerotecas.

Lo sé, no te has enterado de nada. Paciencia, que voy a desarrollar esta idea, que posiblemente sea una gran cagada. Pero es mi cagada.

Existe una compulsión a rastrear las hemerotecas en busca de declaraciones de personajes públicos en tal momento del pasado y que entran en contradicción con las afirmaciones que esa misma persona realiza ahora. Es el peor sambenito que pueden colgarte: ser incoherente. Estás condenado a arder en la hoguera de la incredibilidad si el traje que se ajustaba como un guante hace meses, incluso años, ahora no te entra o te queda holgado. Te exigen, en definitiva, que tus argumentos -los del allí y el entonces y los del aquí y el ahora- coincidan milimétricamente, sin desviaciones ni titubeos, con trienios, quinquenios y hasta décadas de diferencia, obviando que entre tanto se han producido avances tecnológicos, evoluciones o involuciones sociales, políticas y económicas, aparición de nuevas realidades y, sobre todo, cambios en el propio individuo que se somete al polígrafo de la hemeroteca. Pero lo preocupante no es este juicio sumario, sino la defenestración pública del incoherente frente a la adoración incondicional al coherente. Porque en esta sociedad líquida y trending lo coherente mola.  

“Existe una compulsión a rastrear las hemerotecas en busca de declaraciones de personajes públicos en el pasado y que entren en contradicción con las afirmaciones que esa misma persona realiza ahora. Es el peor sambenito que pueden colgarte: ser incoherente”

Suelo ser rudo en la ejemplificación de mis teorías o, como dice mi madre, más basto que un serón. Seré especialmente basto con esta pregunta: ¿aplaudiríamos, por ejemplo, que un genocida mantuviera su coherencia años después de haber cometido sus crímenes? ¿Le recriminaríamos una contradicción argumental entre lo que defendía en pleno ejercicio de su maldad genocida y lo que defendiera en la actualidad (dando por hecho un cambio positivo, sincero y por convicción íntima)?

Lo sé, he llevado al extremo más radical el asunto, y ahora regresaré a mi versión bastedad zero. El meollo de esta cuestión es la negación, en esta sociedad políticamente correcta y estéticamente puritana, del derecho de la persona a cambiar de ideas, incluso de valores. Ese filósofo pegado a un habano -ojo, y lo digo muy en serio- llamado Groucho Marx ya satirizó el culto a la coherencia con su célebre frase Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros. Y es que penalizar social y mediáticamente la incoherencia (penalización que va impregnando como una escorrentía todas las capas de la sociedad hasta llegar a mojar las barras de las tabernas donde se discute de todo) es rechazar la posibilidad de evolución, amputar la capacidad crítica con uno mismo, la más difícil de todas; supone impedir que podamos rectificar nuestros pensamientos; en definitiva, nos requisa el pasaporte de la duda con el que siempre hay algún viaje por emprender. Nos quieren coherentes, defendiendo siempre lo mismo aunque ni nosotros ni la realidad circundante lo sea. Certifica la castración de la inteligencia, que debe purgar sine die una suerte de pecado original: lo que dijimos o defendimos en la noche de los tiempos de nuestra vida.

“Pero lo preocupante no es este juicio sumario, sino la defenestración pública del incoherente frente a la adoración incondicional al coherente. Porque en esta sociedad líquida y trending lo coherente mola”

Animo a que utilicemos las hemerotecas para certificar que estamos vivos a nivel intelectual y social. Debemos salir a las palestras que estén a nuestro alcance para reivindicar nuestro derecho inalienable a ser incoherentes. Da igual cuál sea el motivo de la incoherencia entre lo que sostuvimos y sostenemos, lo crucial es que hay evolución, iniciativa, actitud, autoexamen, movimientoCaminamos, y me la refanfinfla que marchemos hacia adelante o hacia atrás, que lo hagamos tras una reflexión autónoma y una maduración personal, o por responder a intereses particulares o grupalesRepito, me la refanfinfla el motivo, lo relevante es que la incoherencia es un síntoma de que hay vida, y el motor de la vida, por muchas ideologías, religiones y eslóganes que intenten convencernos de lo contrario, no es la convicción, sino la duda. Dudar es vivir.

Querido lector, me encantaría que dentro de unos años -si seguimos por aquí– leyeras algo mío, lo pasaras por el cedazo de la hemeroteca y pudieras espetarme a la cara Eres un incoherentecomo el más humillante de los insultos. Te prometo que nada me haría sentirme más vivo y en evolución que me afearas que donde dije digo digo diego.  

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