4 de noviembre del año 1922. Tres días después de iniciar la sexta campaña de excavaciones arqueológicas en el Valle de los Reyes (Egipto), uno de los niños que se encargaban de distribuir el agua entre los arqueólogos advirtió la existencia de un recorte tallado en la roca virgen, por lo que llamó a Howard Carter, el británico responsable de la misión. Carter examinó a fondo el lugar y advirtió que se trataba de un escalón tallado, cubierto de tierra que procedió a retirar. Acababa de encontrar la entrada tapiada de una tumba intacta de la necrópolis real del Imperio Nuevo, la del faraón-niño Tutankhamón.

«El hallazgo de la tumba de Tutankhamón ha sido uno de los grandes hitos de la Arqueología, que ha pasado al imaginario colectivo por la riqueza de sus tesoros y por la “maldición de la momia” que se supone afectó a todos sus descubridores»

Sin duda alguna, el hallazgo de la tumba de Tutankhamón ha sido uno de los grandes hitos de la Arqueología, que ha pasado al imaginario colectivo por la riqueza de sus tesoros y por la conocida como “maldición de la momia” que se supone afectó a todos sus descubridores. A través de estas líneas, vamos a conocer cómo se produjo el hallazgo y a todos sus protagonistas, especialmente al arqueólogo británico Howard Carter (1874-1939).

Howard Carter

Howard Carter nació el 9 de mayo de 1874 en el barrio de Kensington, en Londres, siendo el menor de once hermanos. Era hijo de Samuel John Carter, un conocido artista, y Martha Joyce Sands, procedente de Swaffham. Carter creció precisamente en esta localidad donde, rodeado por sus influencias familiares, comenzó a interesarse desde muy joven por el arte y por el antiguo Egipto. En el año 1891, con diecisiete años, consiguió viajar hasta Egipto, enviado por la Egypt Exploration Fund. Tenía como objetivo copiar los jeroglíficos y las decoraciones murales de las tumbas de la necrópolis de Beni Hasan, fechadas en el Imperio Medio. A partir de entonces, aprendió poco a poco la profesión de arqueólogo, que desarrolló plenamente en Egipto. Al terminar su trabajo, volvió a Inglaterra pero no se quedó mucho tiempo allí, en 1893 decidió volver a Egipto, prolongando su estancia hasta 1899, trabajando de nuevo como dibujante. Su buen hacer impresionó vivamente a Gaston Maspero, Jefe del Servicio de Antigüedades Egipcias, quien en 1900 decidió nombrar a Carter Inspector General de Monumentos del Alto Egipto, cargo que le permitió dar el salto al Valle de los Reyes, donde excavó y limpió tumbas reales como la de Tutmosis IV con la financiación del multimillonario americano Theodore Davis.

En 1905, tras un altercado con turistas franceses, se vio obligado a dimitir de su cargo, pero no rompió sus vínculos con la arqueología (de hecho, hasta descubrió la tumba de Amenofis I). Dos años después, en 1907 y a través de Maspero, conoció al hombre que cambió su vida: Lord Carnarvon (1866-1923). El rico aristócrata inglés financió las excavaciones del Valle de los Reyes, dirigidas por Carter, entre los años 1908-1914, cuando la I Guerra Mundial les obligó a abandonar los trabajos. Sin embargo, en 1917 consiguieron retomar las excavaciones arqueológicas, con el objetivo de encontrar la tumba de Tutankhamón, alentados por los hallazgos de objetos con el nombre del faraón en años anteriores.

Entre 1917 y 1921, los resultados fueron desalentadores, hasta tal punto que Lord Carnarvon quiso retirar la financiación al proyecto. Carter no desistió y consiguió convencer al aristócrata para que continuase con su apoyo económico. El 1 de noviembre de 1922 comenzó a trabajar en la entrada de la tumba de Ramsés VI hasta que, tres días después, dieron con las escaleras de acceso a otro enterramiento inédito. Howard Carter se apresuró a telegrafiar a Carnarvon con las buenas noticias: «… Por fin  he hecho un descubrimiento maravilloso en el Valle: una magnifica tumba con sellos intactos; La he vuelto a recubrir, dejándola como estaba, a la espera de que usted llegue. Felicidades[1]«. Nada más enterarse de la noticia, Carnarvon acudió a Egipto. El 26 de noviembre se produjo la apertura de la tumba, retirándose todos los escombros hasta llegar a la entrada sellada de la tumba: “Al principio no pude ver nada ya que el aire caliente que salía de la cámara hacía titilar la llama de la vela, pero luego, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, los detalles del interior de la habitación emergieron lentamente de las tinieblas: animales extraños, estatuas y oro, por todas partes el brillo del oro. Por un momento, que debió parecer eterno a los otros que estaban esperando, quedé aturdido por la sorpresa y cuando Lord Carnarvon, incapaz de soportar la incertidumbre por más tiempo, preguntó ansiosamente: “¿Puede ver algo?”, todo lo que pude hacer fue decir: “Sí, cosas maravillosas[2]”. El 22 de diciembre de 1922 se dio a conocer la tumba a la prensa, tanto nacional como europea, mostrando los primeros hallazgos. Y, finalmente, el 17 de febrero de 1923, se abrió la puerta sellada que daba acceso a la Cámara Funeraria ante un grupo de importantes personalidades egipcias. Tutankhamón volvía a la vida para el mundo.

«Y, finalmente, el 17 de febrero de 1923, se abrió la puerta sellada que daba acceso a la Cámara Funeraria ante un grupo de importantes personalidades egipcias. Tutankhamón volvía a la vida para el mundo»

La tumba encontrada era una pequeña sepultura destinada a algún personaje relevante de la corte faraónica, pero no perteneciente a la familia real. Sin embargo, con la prematura muerte del rey Tutankhamón, este pequeño espacio debió ser transformado con premura para acoger el cuerpo del monarca, que fue depositado acompañado de un abundante ajuar que se encontró casi completo, debido que a el único conato de saqueo sufrido en la Antigüedad no fue completado.

La apertura de la tumba (con el número de identificación KV62) dio comienzo con un trabajo de casi diez años, tiempo que se tardó en inventariar y trasladar al Museo del Cairo todos los objetos hallados en su interior, siempre bajo la supervisión del gobierno egipcio. Para ello, se estableció un sistema de registro que permitiese documentar cada hallazgo, al que Carter asignó un número individual que escribía en fichas de cartón. Toda esta impresionante labor de extracción y documentación no fue llevada a cabo por Carter en solitario, sino que contó con la ayuda de otros profesionales. Entre ellos, destacó Harry Burton, arqueólogo americano y fotógrafo del Metropolitan Art Museum de Nueva York, que se encargó de registrar con su cámara cada objeto encontrado.

En la estancia denominada como Antecámara se encontró apilado tanto mobiliario como carros desmontados, vestidos, alimentos para el difunto o armas, mientras que en el Anexo se encontraron diversos objetos entre los que destacaban vasijas, ungüentos y más muebles. La Cámara Funeraria era la única estancia decorada con pinturas en sus paredes, que mostraban escenas relacionadas con el funeral del rey. Allí se encontraron cuatro capillas de madera recubiertas de oro, encajadas una a una, que cubrían un sarcófago de cuarcita roja con tres ataúdes antropomorfos en su interior de madera chapada en oro los dos exteriores y de oro macizo el interior. Dentro de este último, estaba la momia de Tutankhamón, con la cabeza y los hombros cubiertos por su máscara, el icónico símbolo del hallazgo de la tumba. En la última y cuarta sala, que Carter llamó Cámara del Tesoro, se encontraron todos los objetos empleados en el ritual funerario, entre los que destacaron las vasijas con las vísceras momificadas de Tutankhamón. Era la primera vez que se contemplaba un ajuar funerario prácticamente intacto, por lo que el hallazgo constituía una oportunidad única de comprender cómo los egipcios entendían el mundo de la muerte y del Más Allá.

El que hecho de que varios exploradores y participantes de la apertura del sepulcro falleciesen poco después ha dado pie a la aparición de la leyenda de “la maldición de la momia”. El primero en morir fue Lord Carnarvon, mecenas del descubrimiento, que falleció de neumonía el 5 de abril de 1923 en El Cairo. Con la muerte de Carnarvon comenzó la “maldición”, a la que los periódicos sensacionalistas de la época le atribuyeron hasta 30 fallecimientos de personas relacionadas con la tumba como Aubrey Herbert (hermano del aristócrata) o sir Archibald Douglas Reid (encargado de radiografiar a la momia de Tutankhamón). Sin embargo, pese a esta romántica idea de una maldición de ultratumba lanzada por el faraón-niño, lo cierto es que la ciencia ha planteado diversas hipótesis acerca de estos fallecimientos. La más aceptada es la que plantea que, en el aire viciado de la tumba de Tutankhamón, se encontrasen esporas de hongos que pudieron afectar a todos los que lo respiraron. Curiosamente, el principal descubridor de la tumba, el insigne Howard Carter, murió por causas naturales en 1939, muchos años después del hallazgo.

«Actualmente, Tutankhamón reposa en su tumba del Valle de los Reyes, en un sarcófago de cristal sellado mientras que su espléndido ajuar se encuentra en el Museo del Cairo»

Sin duda alguna, el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón fue uno de los principales hallazgos arqueológicos del siglo XX, que ha quedado vinculado a su principal descubridor, Howard Carter. Actualmente, Tutankhamón reposa en su tumba del Valle de los Reyes, en un sarcófago de cristal sellado mientras que su espléndido ajuar se encuentra en el Museo del Cairo, visible para todos aquellos que deseen sentir observándolos lo mismo que sintió Carter, la sensación de contemplar “cosas maravillosas”.

 

[1] REEVES, N. Todo Tutankamón, p. 50.

[2] CARTER, H. La tumba de Tutankhamon, p. 25.

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