Entre falsas intenciones e idiosincrasias inventadas en la actualidad la lista de personajes públicos que se encubren con ideologías y doctrinas es tan grande que podrían entenderse con el Libro del Desasosiego de Fernando Pessoa. La analogía solo tiene sentido porque el escritor portugués es por excelencia el gran creador de heterónimos en la literatura del siglo XX. Entre 72 y 127 “apócrifos” con biografías y vidas individuales fueron utilizados por el autor para escribir una obra tan heterogénea como sus múltiples personalidades literarias.

El símil con los representantes de la política y la cultura –desde mucho antes de nuestra época- se aborda con aquello de trazar dobles vidas para escapar de la censura comunal e individual. A diferencia de la literatura, en la vida real las consecuencias de una figura pública/responsable de un Estado que oculte o cree posiciones políticas, éticas, religiosas e individuales “imaginarias” llegan con el efecto de las fichas de dominó que caen por su propio peso. Pero en este caso, y sobre todo en la poética, todo es un poco más inocente. No se trata solo de caras y nombres ocultos, sino de proyecciones personales que se extienden hacia nuevas dimensiones artísticas y creativas.

Los heterónimos son literalmente otros nombres, el término viene de la unión entre  el prefijo ἕτερος («hetero», diferente) y el sufijo ωνυμος («onymos», nombre). Esos “otros” son capaces de moldear un universo particular que ya de por sí era extenso antes de entenderse con las múltiples personalidades que puede y tal vez debería de tener un escritor. No es simplemente un nombre artístico, un alias o un apodo como el que a veces usa Stephen King para escribir sus novelas, o como el alias poético de Gabriela Mistral “Neftalí Reyes” en algunos de sus textos; el heterónimo es un acepción mucho más desarrollada en donde la ficción crea nuevos escritores que no son precisamente falsos -son tan reales como el autor lo desee- sino más bien representan individuos literarios autónomos concebidos bajo una marca creativa única

La práctica es tan antigua como el periodo del Romanticismo y los dramas teatrales de Shakespeare, quien se cree fue el primero en usar una modalidad de este concepto. Según la Teoría oxfordiana de la autoría de Shakespeare Edward de Vere, 17.° conde de Oxford, escribió las obras y poemas tradicionalmente atribuidas al dramaturgo. Pero más allá de la realidad o no de esta hipótesis, hay una importante dualidad moral y social en el ceno de la burguesía de aquella época que impulsa los “otro nombres”  de la literatura, sosteniendo a las mejores plumas de entonces en nombres ficticios para poder liberar sus auténticas inclinaciones.

Esa lucha entre ascetismo y libertad, entre el adiestramiento religioso y la contraparte sexual que la Iglesia se negaba a “tolerar” en público, también expone su origen en libros como  El Doctor Jekyll y Mr Hyde de Robert Louis Stevenson, o El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Entonces el heterónimo actuaba como una especie de alias disolvente para poder reconocerse en méritos literarios.  Pero a medida que los siglos evolucionan y los números crecen esos escritores ficticios también se transforman en conceptos mucho más complejos, logrando dominar con una sola pluma -pero bajo distintos apellidos- corrientes literarias incluso contrarias.

La esencia de esta acepción literaria que tan bien dominó Pessoa con heterónimos como Álvaro de Campos: ingeniero de origen portugués pero de estricta educación inglesa; Ricardo Reis: monárquico marcado el clasicismo puro o Alberto Caeiro: campesino originario de Lisboa que nunca escribió en prosa y que alegaba que solamente la poesía sería capaz de dar cuenta de la realidad, permanece en la capacidad de transmutación y disgregación del ser humano. Esa misma capacidad que llevó al escritor español Antonio Machado a crear al escritor y profesor de gimnasia Juan de Mairena o al maestro Abel Martín, y la misma que usa Miguel de Unamuno con el poeta becqueriano Rafael o con el protagonista de Niebla, Augusto Pérez.

Félix Grande con su heterónimo Horacio Martín o Max Aub con Josep Torres Campalans son otros escritores españoles que apostaron por extender su literatura y disyuntiva creativa expresándose en otras voces pero sin dejar de lado su esencia autoral. Luego está la agrupación argentina Les Luthiers, cuyas obras representadas pertenecen al compositor ficticio Johann Sebastian Mastropiero, extendiendo el concepto más allá de la literatura.

En una carta al editor Adolfo Casais Monteiro en 1935, Pessoa ofrece una explicación del génesis de algunos de sus heterónimos:

“Un día se me ocurrió gastarle una broma al compañero poeta Mario Sa-Carneiro: inventar un poeta bucólico bastante complicado a quien presentaría con algún atisbo de realidad que he olvidado desde entonces. Pasé unos días tratando en vano de visualizar a este poeta. Cuando por fin me di por vencido, era el 8 de marzo de 1914, caminé hacia una cómoda alta, tomé un trozo de papel y comencé a escribir de pie, como hago siempre que puedo. Y escribí treinta y algo poemas de una vez, en una especie de éxtasis que soy incapaz de describir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener otro igual. Comencé con un título, The Keeper of Sheep, esto fue seguido por la aparición en mí de alguien a quien instantáneamente nombré Alberto Caeiro. Disculpe lo absurdo de esta afirmación: mi maestro había aparecido en mí. Eso fue lo que sentí inmediatamente, y tan fuerte fue la sensación que, tan pronto como se escribieron esos treinta y tantos poemas, agarré una hoja de papel nueva y escribí, de nuevo, todos a la vez, los seis poemas que constituyen «Lluvia inclinada» por Fernando Pessoa. Todo a la vez y con total concentración (…)

Una vez que apareció Alberto Caeiro, instintiva e inconscientemente intenté encontrar discípulos para él. Del falso paganismo de Caeiro extraje al latente Ricardo Reis, descubriendo finalmente su nombre y ajustándolo a su verdadero ser, porque ahora realmente lo vi. Y luego, un nuevo individuo, todo lo contrario de Ricardo Reis, repentina e impetuosamente vino a mí. En una corriente ininterrumpida, sin interrupciones ni correcciones, la oda cuyo nombre es «Oda Triunfal», del hombre cuyo nombre no es otro que Alvaro de Campos, emitida desde mi máquina de escribir”

Y aunque Pessoa admitió sin tabúes la creación de sus heterónimos, se negó a convenir en su inexistencia. En el prefacio de la colección nunca publicada de sus obras heterónimas escribe: «El autor de estos libros no puede afirmar que no existan todas estas personalidades diferentes y bien definidas que han pasado innatamente por su alma, porque él no sabe lo que significa existir, o si Hamlet o Shakespeare son reales o realmente reales.»

Contra-conductas y rebeldías convencionales

Al término un heterónimo es una personalidad que difiere no solo en el nombre  del escritor sino en su psicología. Una manera de encontrarse en tiempos viscerales y de superar fantasmas y disociaciones íntimas. La historia cultural los utiliza en periodos como el Romanticismo y el Modernismo, e incluso en la época contemporánea cómo ejemplos clásicos de una contra-conducta o rebeldía convencional.

Desde Tomé de Burguillos (1634), alter ego de Lope de Vega, hasta José Manuel Rozas (1985) y Mark J. Mascia (2001) los seudónimos han sido tradicionalmente un escudo para promover la «función del autor» a pesar de las dificultades terminológicas que rodean el concepto de «falso».

La académica de la Universidad de Brown Maria Roselle, describe en su ensayo sobre Heterónimos españoles y escritores apócrifos como antes y después de Pessoa “un grupo excepcional de escritores españoles influenciados por varios predecesores europeos emplearon su talento para imaginar otros autores, incluso otros pintores, otras escrituras literarias, biografías y retratos”.

Con este antes se refiere al español Eugeni d’Ors (1882-1954), con al menos cuatro firmas literarias siendo Octavi de Romeu y Xènius sus invenciónes más completa, o a la otra gran influencia literaria André Walter -Francia 1870-  el heterónimo de André Gide presentado en su obra póstuma de 1891 Les Cahiers d’André WalterRoselle explica como una de las estrategias más notables utilizadas en la construcción de la «ilusión de realidad” es la intervención del heterónimo en las obras de otros autores contemporáneos.  “Antonio Machado, por ejemplo, reflexionó sobre la filosofía con sus Complementarios, y estos pensamientos fueron citados por otros escritores, incluso por heterónimos”, escribe.

En su desenlace la analogía entre esas idiosincrasias inventadas y los grandes heterónimos permanecen en la utopía de la literatura. Desde Fernando Pessoa no ha habido autor alguno que desafíe con tal ahínco la disgregación de un artista en tantas personalidades distintas; sin embargo, cada día se hace más evidente que esa disgregación tiene mejores resultados en los libros que en la realidad.

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