Es domingo y el otoño ha comenzado. Nada ha cambiado, solo una estación que estaba de paso. Sigue haciendo calor y todo sigue amarillo, brillante, lumínico, menos las hojas de los árboles. Me gusta la humildad de los colores cuando se apagan. La luz cuando se esconde en su agujero. La brisa de aire cuando se convierte en cierzo.

Los días se acortan y me puedo esconder en ellos. Pasar desapercibido por el tiempo meteorológico y físico. El psíquico solo empieza a contar cuando escribo y cuando sueño. Me gusta una mujer atemporal. Es morena o pelirroja según me dé. Cobriza en la oscuridad y cuando busco sus labios. Soy ciego de una boca que me espera en su portal.

Mis ojos ensangrentados tiñen de rojo las hojas del suelo formando el típico bosque japonés otoñal. Cada palabra que escribo me desangra y me debilita. La escritura practica el harakiri conmigo cada día. Sé que algún día conseguirá su objetivo. Quiero ser un hombre lleno de palabras muertas y putrefactas cuando llegue el momento. Que se descompongan y que huelan, y que los gusanos se las coman hasta hacerlas desaparecer. Ser un olvido de palabras. Quiero estar orgulloso de haberlas des-escrito.

Apenas son las ocho de la tarde y ya no me veo los zapatos. La oscuridad hace invisibles mis pies y parece que levitara por encima de estas calles sombrías pero acogedoras. La oscuridad es un abrazo que te abarca por completo. No sé si lo que piso son los adoquines destrozados de las aceras, o los restos de algún animal muerto. Gatos a los qué les ha sentado mal comerse un pájaro tóxico. Ardillas que se comen las ramas de los árboles hasta que consiguen su objetivo de atragantarse. Cuando no hay comida, morirse alimenta. La resistencia nunca es pasiva. La única rendición aceptable es atacarse a uno mismo. Que no lo hagan nunca los demás.

En mi dulce levitar, la ciudad no cambia mucho su percepción. En el hipnótico flotar de mis pies sobre la superficie, las calles se mueven a mi paso para que no me choque con sus esquinas. Se retuercen para dejarme un sitio en esta realidad densa y moldeable. Edificios que se agrietan a mi paso para que pueda entrar dentro de ellos y protegerme de la temida intemperie. En el exterior solo están a gusto los prepotentes y los poderosos. Yo los confundí hasta darme cuenta de que eran los mismos, que una cosa llevaba a la otra.

Solo los vagabundos tienen una buena excusa para estar a la intemperie, y es que ellos no lo han elegido. Están locos por esconderse en cualquier escondrijo, por salirse de un foco que parece que solo los enfoque a ellos, aunque luego en la calle nadie los mire, o aparten la mirada cuando lo hacen. Están expuestos a los ojos cerrados de la sociedad. No se está más solo que en otoño y vagabundeando por una ciudad demasiado vista y vivida.

Sueño con vagabundear por las ciudades que yo quiero y de vez en cuando acercarme a la de la poseedora de esos labios vistosos, una vez allanado su portal. Tener un lugar donde poder descansar del errante camino que es mi vida cuando yo lo elijo.

Soy una especie de androide paranoico, pero aquí no está Thom Yorke para salvarme. Doy miedo y ganas de cuidarme. Cuanto más me humanizo, más me convierto en la bestia que se esconde dentro de mí. Una bestia dormida a punto de estallar, y que tiene miedo de que eso ocurra, pues no sabe lo que es estar despierta. A veces abrir los ojos es una invitación a la violencia de los sentidos. Yo no quiero seguir dándome cuenta de las cosas que siento. Quiero ser el impulso de ellas, la naturalidad de ejercerlas sin saber por qué. Si acabara con mi pensamiento sé que haría las cosas que quiero hacer. Al pensarlas se estropean, se enmarañan y se hacen nudos entre ellas. Escribir esto es reconocer abiertamente que en la realidad metafísica de mi vida siempre tomo las decisiones equivocadas. Imagino las cosas mejor que las hago.

Solo encuentro la calma en la soledad de las personas que me gusta que me acompañen. Me gusta sentir sus partes vacías cuando están a mi lado y ver como esos agujeros se hacen más grandes cuanto más a gusto estamos juntos. Darme cuenta cómo se van haciendo cada vez más invisibles para los demás y a la vez se graban más en mis venas y en mis ojos. Seres que acabarán evaporándose para mí.

Ejerzo una resistencia ante la incomprensión de los demás. Me protejo de sus oscuridades mirando este cielo donde el sol lo tapa con su luz acaparadora. Comparto enemigos con los que son demasiado sensibles y con los incomprendidos, con los que les obligan a seguir luchando, porque si dejaron de hacerlo es porque están demasiado cansados de hacerlo. Rendirse es la única opción de lucha aceptable para con uno mismo. Siempre seremos libres aunque haya otros que no quieran que lo seamos. La rendición como acto de descanso ante la imposición exterior. Nosotros no cambiaremos nunca, permutaremos con nuestros “evaporados”. Nos cobijaremos en los “huecos” de alguno de los nuestros.

Ese será nuestro harakiri, defender nuestra esencia a costa de quien no quiere vernos así, aunque a veces no nos apetezca demostrarlo, no cambiar nunca nuestros ideales, vagabundear siempre, mientras los tiranos nos siguen desde sus sofás y camas King Size.

Dormir en el suelo. Libre. Eso es lo que quiero. Para siempre. Y que no pueda ver quien me acompaña.

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