Pelo cardado y luces de neón. Un fan de los 80 ya es feliz sólo con eso, de modo que si le añades a ese combinado unas actuaciones tan brillantes como la de Alison Brie, que es tan metódica como la actriz a la que da vida, el cóctel resultante sabe tan bien  como tomar un manhattan en algún tugurio de mala muerte. Porque eso es Glow, un continuo glamourosear (pedazo de verbo que me acabo de inventar) lo cutre, un reivindicar lo épico que hay detrás de ese manifiestamente falso espectáculo que es el wrestling.

“Porque eso es Glow, un continuo glamourosear (pedazo de verbo que me acabo de inventar) lo cutre, un reivindicar lo épico que hay detrás de ese manifiestamente falso espectáculo que es el wrestling.”

Todo en Glow es referencial. Esta creación de Carly Mensch y Liz Flahive está impregnada de esa droga que nos encanta a los millennials: lo meta-. La meta no, mal pensados, hablo del meta-cine, el meta-lenguaje,…, de ese prefijo del que abusamos y que nos enciende intelectualmente cual espectador republicano cuando salta al cuadrilátero su luchadora favorita envuelta en un body ajustado con los colores de Estados Unidos. A los realizadores no se les escapa nada, desde la banda sonora ochentera, pasando por guiños a la forma de grabación de los programas hasta llegar a las reivindicaciones feministas de un elenco en el que Papá Pitufo, el conductor del show interpretado por Marc Maron, ocupa esta vez el puesto de la Pitufina en cuanto a relevancia se refiere.

A nivel narrativo, los personajes están continuamente en una montaña rusa emocional acorde con sus difíciles vidas, lo cual se ve reflejado en los vaivenes de un guion que zigzaguea entre la comedia ácida y el drama más demoledor. Quizá en esta segunda temporada, que ha mantenido con soltura el nivel de la primera, esto ha podido llegar a pasar factura y quebrar en ocasiones las transiciones entre los continuos bamboleos de tragedia y vodevil que en la primera temporada pudieron ser manejadas con mayor estilo y mejor ritmo.

“A nivel narrativo, los personajes están continuamente en una montaña rusa emocional acorde con sus difíciles vidas, lo cual se ve reflejado en los vaivenes de un guion que zigzaguea entre la comedia ácida y el drama más demoledor.”

Sí, quizá esta segunda temporada ha sido levemente más floja que la primera, algo parecido a lo que pudo ocurrir con Strangers Things y que suele pasar cuando de un universo más simple y cerrado se pasa a un escenario expandido y abierto. La tercera entrega de las divas de la lucha libre amenaza con romper con más ahínco los límites explorados hasta ahora por sus personajes. Esperemos que el exceso de fuerza sea prueba, una vez más, de la fuerza, y que la ruptura de la burbuja escénica no diluya la excelencia de esta serie.

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