Sin lugar a duda, uno de los grandes protagonistas de los espectáculos del mundo romano fueron los gladiadores, infatigables combatientes que combatían en los anfiteatros. Gracias a las representaciones iconográficas (muchas de ellas dentro de objetos de la vida cotidiana, como las lucernas) y a los testimonios escritos conocemos, precisamente, el enorme éxito que las luchas de estos hombres tuvieron en la Antigua Roma, levantando verdaderas pasiones entre sus admiradores. De hecho, gracias a ello, podemos afirmar que los gladiadores despertaron una enorme atracción entre el público, convirtiéndose en estrellas comparables a las de nuestra época como los futbolistas.

«Los gladiadores despertaron una enorme atracción entre el público, convirtiéndose en estrellas comparables a las de nuestra época como los futbolistas»

Sin embargo, pese a este gran éxito, los gladiadores eran habitualmente esclavos o prisioneros de guerra, aunque también existieron hombres libres que decidieron dedicarse a la lucha, entregándose voluntariamente a este difícil oficio. En este último caso, posiblemente fueron los problemas económicos los que llevaron a los hombres libres a escoger esta arriesgada profesión, aunque tampoco debemos descartar que más de uno buscase de esta forma la fama y la gloria luchando en la arena. Antes de comenzar con su formación, estos hombres realizaban un juramento con el que aceptaban que otras personas pudiesen decidir sobre sus destinos (esto es, sobre su derecho a vivir o a morir en la arena). La legislación romana intentó evitar la proliferación de los hombres libres dentro de los gladiadores, sobre todo de aquellos pertenecientes a las clases altas, debido a la consideración moral de infames que adquirían los luchadores. En cuanto a los gladiadores que eran esclavos, algunos de ellos podían obtener su libertad si triunfaban en los espectáculos, sobre todo gracias a las victorias conseguidas y a los premios económicos que ganaban en ellos. Quienes eran liberados pasaban a poseer una condición jurídica similar a la de los dediticii[1], que les excluía de poseer la ciudadanía romana. Junto a todos estos luchadores, se contaban algunos criminales condenados a luchar en los juegos en la versión munera sine missione donde no había supervivientes. Incluso contamos con algunos testimonios que nos hablan de mujeres que se presentaron como voluntarias para formarse en las escuelas de gladiadores y participar en los juegos, aunque siempre fueron una minoría y su existencia no ha parado de generar controversia.

Los romanos pertenecientes a las clases más altas consideraban poco honorable la profesión de gladiador, relacionándola con la infamia, una categoría moral que equivalía a la deshonra. No solo era el único oficio tenido por infame, sino que entre los que contaban con esta condición estaban los actores, los aurigas o las prostitutas. Ello se debía a que cualquier trabajo que se relacionase con la actuación ante un determinado público era considerado como algo negativo por la moral romana y, por tanto, catalogado como tal. Sin embargo, no solo los gladiadores entraban dentro de la infamia, sino que sus propietarios y entrenadores, los lanistae, también adquirían la misma consideración. Esta condición moral les afectaba en su día a día, pero también en la muerte, ya que debían ser enterrados en ciertas zonas concretas de las necrópolis, creándose áreas específicas para ellos. Igualmente, su consideración social y jurídica provocaba que sus derechos estuviesen bastante limitados. Por esta misma razón, a muchos gladiadores, especialmente cuando eran esclavos o prisioneros, se les marcaba (ya fuese a fuego o mediante algún tatuaje) con las iniciales de su escuela, en ocasiones en lugares muy visibles como el rostro. De esta forma, si trataban de escapar, se podía saber de dónde procedían, devolviéndole a su lugar correspondiente. Con ello, además, se aseguraban de que asimilasen íntegramente el compromiso que adquirían al convertirse en gladiador, ya que luchar era su obligación y debían mostrarse capaces de asimilarlo hasta la muerte. Por eso, en caso de cobardía o de huida, eran azotados o marcados con hierros candentes, además de ejecutados, por haber roto su palabra.

«Los romanos consideraban poco honorable la profesión de gladiador, relacionándola con la infamia, una categoría moral que equivalía a la deshonra. No solo era el único oficio tenido por infame, sino que entre los que contaban con esta condición estaban los actores, los aurigas o las prostitutas»

Sin embargo, y pese a esta consideración negativa, lo cierto es que los gladiadores despertaban auténticas pasiones entre el público, sobre todo con las mujeres. Una atracción debida a distintos factores, como su juventud, su belleza, su halo de riesgo o el ideal de fortaleza y masculinidad que representaban. Esta atracción dio lugar a algunas relaciones de gladiadores con mujeres de todas las clases sociales, existiendo incluso las que pagaron por mantener encuentros sexuales con sus luchadores preferidos. Aunque este fenómeno fue algo bastante común, lo cierto es que siempre estuvo mal visto, considerándose como inmorales este tipo de relaciones. Sin embargo, algunas de estas mujeres, especialmente libertas o de baja condición social, se convirtieron en las compañeras de los gladiadores, dando lugar a uniones duraderas en las que se formaban familias estables, aunque no estaban reconocidas por la ley. De esta forma, vemos como la figura del gladiador presentaba ya en la propia Roma una serie de contradicciones. Por un lado, conseguía obtener, gracias a su profesión, fama y admiración entre el público, pero, por otro, las fuentes jurídicas y literarias presentaban una imagen negativa de él, precisamente por su consideración como infame.

Los gladiadores entrenaban y vivían en el ludus, un edificio destinado a su alojamiento y formación, aunque también hacía referencia esta palabra a la escuela de los luchadores. Formar parte de un ludus era muy importante para los gladiadores, ya que les proporcionaba un alojamiento con comida abundante, orientado a potenciar su aspecto físico y desarrollo muscular. Asimismo, se encargaba de su atención médica cuando caían enfermos o necesitaban recuperarse de las heridas del combate. Evidentemente, las condiciones de vida y el trato que recibían dependían de las características de la propia escuela y del origen de cada gladiador, variando si eran condenados, esclavos o voluntarios, por lo que no se puede hablar de ellas como algo homogéneo. Los ludi conservados nos muestran escuelas espaciosas, con ambientes separados destinados a las zonas de entrenamiento o de alojamiento, así como para el almacenamiento. Las mejores estancias debían estar ocupadas por los individuos más importantes, seguramente para los que más victorias habían obtenido y, por tanto, más dinero habían generado para la escuela. Igualmente, parece que los auctorati (esto es, los voluntarios) recibían un trato mejor que los que tenían un origen esclavo, precisamente por formar parte de la ciudadanía. Se ha planteado, incluso, que éstos acudiesen al ludus tan solo para entrenar, viviendo fuera de la escuela. Sin embargo, es probable que los que también residían en el ludus lo hiciesen con sus propias familias, sin importar que fuesen esclavos o libres, algo que sabemos precisamente gracias a las fuentes epigráficas.

En cuanto a los combates gladiatorios como tal, se realizaban sobre todo en los anfiteatros, edificios diseñados de manera específica para albergar estos espectáculos, aunque se sabe que se realizaron en otros lugares como el propio Foro Romano o en estructuras temporales de madera. Sin embargo, es interesante añadir que las primeras luchas eran realmente combates funerarios celebrados en honor al fallecido, en los que se enfrentaban a muerte esclavos armados. Cuando, con el paso del tiempo, los combates se convirtieron en un espectáculo, este tipo de ritual desapareció. Dentro de este tipo de luchas, los gladiadores quedaron divididos en armaturae, es decir, se diferenciaban por las armas (ofensivas o defensivas) que portaban. Entre los más comunes se encontraban el murmillo, el contrarete y el secutor, quienes presentaban las mismas armas y se enfrentaban con el retiarius (armado como un pescador, con tridente y red) en el combate preferido por el público.

Con independencia del tipo de armas que portasen, lo cierto es que todos los gladiadores compartían algunas piezas de su equipamiento. De esta forma, sabemos que se vestían con el subligaculum, una especie de taparrabos sujeto con cinturón, y se cubrían los brazos y las piernas con unas protecciones elaboradas con tiras de cuero. Asimismo, la mayoría usaba un protector para el brazo, hecho con laminas de metal acolchado en su interior (llamado manica) y se cubrían la cabeza y la cara con un casco o yelmo. Aunque parezca que el yelmo protegía el rostro del gladiador, realmente se usaba para ocultarlo, evitando que a su contrincante y a los espectadores que sintiesen piedad por sus heridas.

Las luchas de gladiadores eran pagadas por los magistrados de la ciudad donde se realizaban, ya que las leyes les obligaban a ofrecerlas como parte de su cargo, lo que aseguraba al espectador que la entrada a las mismas fuese gratuita. Lo cierto es que el coste de este tipo de espectáculos siempre fue bastante elevado, obligando a sus patrocinadores a desembolsar grandes cantidades de dinero, especialmente si a los combates se añadían venationes (espectáculos en los que intervenían animales salvajes) o gladiadores de escuelas prestigiosas. Una forma de abaratar los costes consistía en evitar que los combates fuesen a muerte, algo que permitía recuperar las inversiones efectuadas sobre los gladiadores. Costaba mucho dinero formar y mantener a uno de estos luchadores, por lo que no era tan habitual como actualmente pensamos que muriesen en la arena. Los gladiadores suponían una enorme inversión de dinero como para permitir que, tras unos pocos combates, falleciesen en la lucha. Sin embargo, es verdad que, cuando el público y el patrocinador de los juegos lo reclamaban o un gladiador era un combatiente mediocre, estos hombres perdían su vida en la arena, ejecutados por el vencedor.

«Las luchas de gladiadores eran pagadas por los magistrados de la ciudad donde se realizaban, ya que las leyes les obligaban a ofrecerlas como parte de su cargo, lo que aseguraba al espectador que la entrada a las mismas fuese gratuita»

En cuanto a los juegos gladiatorios, daban comienzo al mediodía. Tras la llegada del público al anfiteatro, los combates empezaban con un simulacro de lucha en el que se utilizaban armas de madera, lo que suponía una especie de preparación para el enfrentamiento. A continuación, los auxiliares tocaban el cuerno que marcaba el inicio de la primera lucha entre dos clases diferentes de gladiadores, que terminaba cuando uno de ellos se alzaba con el triunfo, derrotando a su adversario. En ese momento, se preguntaba al magistrado organizador de los juegos y al público, que había seguido el combate enfervorizado y gritando mientras apoyaban a su favorito, si se debía acabar con la vida del vencido, quien ya había pedido clemencia levantando la mano y extendiendo el dedo índice. Como ya hemos visto, el alto coste de los juegos y la inversión de dinero realizada en estos hombres, evitaba que muriesen tantos gladiadores como al público le hubiese gustado, pero los que finalmente eran condenados habían sido adiestrados para morir con dignidad, ofreciendo su cuello de manera voluntaria para ser degollado por el vencedor sin oponer resistencia. Una vez ejecutados, su cuerpo era arrastrado mediante unos ganchos hasta la Porta Libitinaria, donde se aseguraban de que había fallecido realmente quemándolo con un hierro candente, y se le llevaba a uno de los cementerios destinados al descanso de los gladiadores, lugar en el que se le sepultaba.

En cuanto al vencedor, recibía en premio palmas, coronas adornadas y una cierta cantidad de dinero, que podía variar dependiendo del tipo de combate y de los organizadores del espectáculo. Cuando su premio consistía en una espada de madera (de nombre rudus) se le permitía abandonar la gladiatura, convirtiéndose en un rudiarius. Muchos de estos hombres, pese a todo, seguían vinculados a este mundo, pasando a convertirse en entrenadores de otros tantos luchadores, fundando a veces su propio ludus.

En las representaciones artísticas, tanto los mosaicos como las pinturas o la decoración de ciertos objetos, generalmente se representaba a los gladiadores en el momento del combate, muchos de ellos identificados a través de su nombre. También podían aparecer acompañados de ciertos signos o abreviaturas que permitían al espectador conocer el resultado del combate representado. Al lado del caído en la lucha se dibujaba habitualmente la O cruzada de la palabra obiit (murió) mientras que el vencedor estaba acompañado de la abreviatura VIC, de victor. Cuando al gladiador se le perdonaba la vida se reflejaba a través de la M de missus. A través de este ingenioso sistema de dibujos y abreviaturas todo aquel que contemplase la representación de un combate podía conocer su resultado sin haber estado presente en el mismo.

Los espectáculos mas apreciados en el mundo romano eran aquellos que implicaban competición, por ello las carreras de cuadrigas y las luchas del anfiteatro se convirtieron en los más destacados. Estos espectáculos, cuyo principal interés era el derramamiento de sangre (incluso en las carreras de carros, plagadas de accidentes y muertes), no fueron posibles sin la figura del gladiador, entre otros tantos, que ofrecía su vida a cambio de la diversión y el entrenamiento del público, el cual le correspondía muchas veces encumbrando su figura a la categoría de verdaderas estrellas, amadas y admiradas.

[1] Ciudadanos de alguna comunidad sometida por Roma que no contaban con la ciudadanía romana y sus correspondientes derechos políticos.

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Lucía Avial-Chicharro
Licenciada en Historia y Máster de Arqueología del Mediterráneo en la Antigüedad Clásica (UCM) y actualmente, doctoranda del programa de Historia y Arqueología (UCM). Autora de varias publicaciones en revistas y Actas, además de ponente en diversos seminarios y jornadas. Asimismo, es autora de "Breve Historia de la Vida Cotidiana en el Imperio Romano" y de "Breve Historia de la Mitología de Roma y Etruria" (Editorial Nowtilus). Ha participado en diversas campañas arqueológicas como en la de Hala Sultán Tekke (Lárnaca, Chipre) formando parte de la New Swedish Cyprus Expedition, o la del Castillo de la Estrella (Montiel), entre otras.

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