Cuando se me pide o se me sugiere que escriba sobre Londres, las pupilas se me dilatan de miedo y las glándulas sudoríparas meten sexta marcha y transpiran como la Battersea Power Station en sus tiempos mozos.

Escribir. Londres. Escribir sobre Londres. Puf. Mi psicoanalista se me aparece en sueños, enorme e imponente su rostro como un Mago de Oz de diván, y me despierta la urgencia por marcar su teléfono a horas intempestivas para el hemisferio norte. Todo esto hasta que (re)caigo en la cuenta de que no soy Woody Allen y no tengo psicoanalista ni, por consiguiente, teléfono de contacto alguno. Ni siquiera he vivido nunca bajo una montaña rusa en Coney Island. (¿Qué estoy haciendo con mi vida?).

Escribir sobre Londres es jodido. Lo he hecho mucho, bastante, lo suficiente, como para saber que me deja con el ácido láctico revolucionado y los recuerdos con agujetas.

Garabateo ideas y conceptos en cuartillas, persiguiendo un proceso creativo a lo Jack Kerouac con On the road, encomendándome a la cafeína y forzando una explosión de poderío literario que me haga teclear a lo loco durante días, hasta conseguir ese brillo mantecoso que le aparece a los teclados cuando los has percutido con demasiado ahínco durante demasiado tiempo.

Escribir sobre Londres es jodido. ¿Por dónde empezar? ¿Qué línea seguir? ¿De cuál de los numerosos, infinitos Londres quiero hablar? Escribir. Londres. Escribir sobre Londres. Puf.

Entonces, cuando ya me conozco cada sabor de los yogures de la nevera y he refutado científicamente que los padrastros tienen toda la extensión que uno les quiera dar, ¡zas! ¿Qué llevo haciendo todo este tiempo? Perder precisamente eso, el tiempo. No hacer nada. ¡Sí! Voy a escribir sobre el tiempo. Así, a lo loco. No el tiempo atmosférico, que nos daría para muy poco (Frío. Niebla. Viento. No-sol. Las 4 estaciones en un mismo día. Fin). El tiempo temporal, el que Londres ha conseguido dominar, al que se le obvia como lo obvia el niño que ha conseguido su caballo favorito del carrusel y se abandona a la fuerza centrífuga.

Se le obvia, porque todo en Londres funciona con una maquinaria de rutina muy precisa que expulsa a aquellos que se paren a pensar. El habitante de Londres es un ser distinto, fuera de serie, superviviente en una jungla en la que la gente normal no aguantaría ni el primer atardecer de invierno a las 15.30.  Londres es guay, y te hace guay por extensión. Eres guay por vivir allí. Llevas mocasines que chasquean contra la piedra de las aceras mojadas, puedes ponerte un gorro de lluvia impermeable (posiblemente la prenda más vergonzosa después de la riñonera) y dejarte las libras en tomar té con una nube de leche. Cosas por las que tus amigos de toda la vida te mirarían raro, pero que en Londres puedes hacer, porque en Londres se puede hacer, y se debe hacer, de TODO.

En Londres hay que hacer. Hacer, hacer, hacer. Es tremendamente complicado salir de ese eterno Día de la Marmota (muy lejos de Punxsutawney). El mismo que fue ayer, el mismo que será mañana. El que consume al animal londinense. Se pierde la consciencia temporal y uno vive, madruga, trabaja, respira, porque hay que hacerlo.

Peter Pan, por ejemplo. Piénsenlo. Peter Pan pasaba mogollón de Londres. Quería ser niño para siempre y se alejó de la madejosa urbe victoriana por la segunda estrella a la derecha. No es casualidad que sea esta ciudad, y no otra, de la que escapa. Peter odiaba a los adultos, y Londres está llena de ellos. Porque los adultos son los que mantienen el engranaje del ‘hacer’ hasta el hartazgo.

Tomemos otro ejemplo menos literario: el boom de las cafeterías con Wifi y tomas de enchufe que casi cotizan en Bolsa tiene en la obsesión del ‘hacer’ su razón de ser. No se puede solo trabajar. O solo tomar café. O solo charlar con amigos. Tienes que tragar el latte y engullir el carrot cake mientras las migas se meten entre las teclas de tu portátil (si no tienes un Mac, la gente evitará sentarse a tu lado; piensa que eres diferente) y esperas que los camareros no se hayan fijado demasiado en ti y no caigan en la cuenta de que llevas 4 horas y 27 minutos esclafado en el sofá de tweed de la esquina sin renovar consumición. Te vas, y sabes que no podrás volver hasta que pase un tiempo prudencial que asegure que olvidan tu cara. Mañana volverás a buscar cafeterías donde trabajar en Tripadvisor.

Ni Scotland Yard puede luchar ya contra la falta de tiempo para ‘hacer’, y ha anunciado que dejará de investigar ciertos delitos como hurto o daños criminales o delitos relacionados con la conducción porque, textualmente, “no es práctico”. Hay mucho que hacer. A quien le roben, que se joda.

Hay que seguir haciendo. Haz. Haz. ¡Haz! Y, en el momento en que sientas que no haces nada, te dirás “¡Joder! ¡Que vivo en Londres! ¿Qué coño hago sin hacer nada?”, y tus piernas pensarán más rápido que tú y de un momento a otro estarás cogiendo un tren, haciendo tres trasbordos de metro, montándote en dos autobuses y caminando 500 metros para llegar a un parque, hacer como que respiras más aire puro que el abuelo de Heidi y estresarte por cuándo tienes que emprender camino de vuelta con el resto de la Comunidad del Anillo londinense para que no se te haga tarde y poder cenar en casa, que mañana hay que madrugar porque hay huelga de transportes y a las 5 a.m. tienes que ir llamando al Uber. Y ahora ni siquiera hay Uber. Qué difícil es todo.

De ahí que, de vez en cuando, uno tenga que buscar las que tomé por bien llamar ‘burbujas temporales’ (en adelante ‘BT’), o time bubbles si el día te pilla con ánimo británico impostado.

Las BT son espacios disociados de la realidad circundante, que no se ven afectados por ésta, en los que transcurren y se suceden hechos, conversaciones, cosas, que podrían transcurrir y sucederse igual en cualquier otra parte del globo, porque lo que ahí dentro transcurre y sucede es una realidad en sí misma. F.Scott Fitzgerald describía un modelo de BT con maestría en El gran Gatsby, en ese pasaje en el que el protagonista y su cuadrilla reservan una habitación en el hotel Plaza en Manhattan. Un espacio sofocante, exaltado, caldeado como los ánimos y las existencias de los que en él interactúan entre segundos acelerados.

Mi rastreo en Londres apuntaba a una categoría de BT antípoda, una en la que el tiempo se disfruta y nos erosiona de a pocos, sin darnos cuenta, con la suavidad de una caricia tan letal como gustosa. En Wandsworth Road, justo enfrente de uno de tantos Tescos que puntean Londres como mordiscos de pulga, hay una de estas BTs que aminoran la marcha de las respiraciones y le despierta a uno la lucidez del ser y el estar. Uno entre tantos locales en la calle principal de un barrio cualquiera, por la que el transeúnte extranjero solo puede caminar alerta de por qué lado le vienen los coches (Look right, look left, o incluso look both sides). Es el restaurante portugués ‘A Toca’, y es un sitio feo. Nada guay. Nada londinense. Un sitio feo, donde la gente hace sobremesa. Sí, sí. Terminan de comerse un arroz con marisco que SABE A MARISCO y hablan de sus vidas. No les presionan para pagar y dejar libre la mesa. No miran los smartphones ni se preocupan por el camino de vuelta a casa. No discuten sobre exposiciones en la Tate Modern. A veces, incluso, ni hablan. Solo están. Están. Con toda la nimiedad y la insignificancia que ello conlleva.

Y sales de ahí convencido de que tienes que desintoxicarte de Londres. Como esa época en la que no perdonas la fiesta ni un viernes ni un sábado, y los chupitos de Jagger empiezan a saberte a poleo menta, hasta que un domingo de resaca el vacío existencial te sorprende, y hasta lloras un poco.

Por todo esto y mucho más, hago desde aquí un llamamiento a la puesta en valor del perder el tiempo. Paren, respiren, no hagan NADA, y después sigan. Tómense su tiempo para ser normales. Porque hacer mucho y ser muy guay quita vida. Pónganse el despertador un domingo a las 9, por eso de comprar el pan recién hecho y saludar al quiosquero antes que nadie. Pónganselo, para apagarlo después y abrazarse a la almohada con restos de baba. Siéntanse inútiles, perezosos. Miren la tele sin verla, sorpréndanse enganchados a una película de sobremesa, de esas que siempre incluyen la palabra ‘tragedia’ o ‘engaño’ en el título. Lean todos los editoriales de todos los periódicos. O no, que para eso hay que pensar demasiado. Desayunen dos veces, váyanse de aperitivo y díganse “esta noche no ceno”.

Pierdan el tiempo, y no tengan prisa por encontrarlo. Sean normales, y regocíjense de ello.

Les dejo aquí. Ya he sido demasiado eficiente. No querrán que llegue tarde a mi cita con el tiempo que perder.

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