He estado contándoles peripecias de héroes nacidos en el otro extremo del Mediterráneo cuando aquí, en Iberia, también concebimos los nuestros: Gárgoris y Habis (o Habidis). En efecto, aquellos que allá por la Transición dieron título al célebre tomazo de Sánchez Dragó —setenta ediciones anotan que llegó a sumar—. Si bien la fama de estos patriarcas de Tarteso es un tanto limitada al carecer de un espléndido poema que los consagre universalmente; es más, el único testimonio de sus hazañas que conservamos —el de Marco Juniano Justino— se sospecha que es de tercera mano. Pues si la obra de Justino (s. II al III d. C.) es una recensión de la Historia filípica de Pompeyo Trogo (s. I d. C.), el profesor Blázquez sostiene que este último, un notable historiador romano de origen galo, recogió este mito fundacional de los tartesios de Asclepiades de Mirlea, quien al impartir Gramática en la Turdetania —hoy, las provincias de Sevilla, Cádiz y pellizcos de las de Huelva y Málaga— debió de escucharlo de viva voz al pueblo iberorromano.

«Gárgoris rey de los bosques de Tarteso, donde habitaron los curetes, había enseñado a los hombres como obtener la miel pero, pese a su sabiduría y en un momento de turbación, violó a su hija»

En fin, vayamos a la leyenda: Gárgoris rey de los bosques de Tarteso, donde habitaron los curetes, había enseñado a los hombres como obtener la miel pero, pese a su sabiduría y en un momento de turbación, violó a su hija. Cuando nació el fruto de aquel estupro, intentó hacerlo desaparecer exponiéndolo a las fieras del bosque. Y he aquí que cuando mando buscar sus piltrafas, lo encontraron insólitamente sano. Entonces, Gárgoris lo abandonó en un sendero donde lo pisoteasen los ganados, y tampoco allí murió el bebé. Así que lo arrojó entre una jauría de perros hambrientos, y nada; y luego en una pocilga de cerdos glotones, y menos todavía; incluso parece que las cerditas, todo arrobo, lo alimentaban. Así que desesperado Gárgoris lo lanzó al Océano. Y he aquí que las olas, mansas por obra divina, lo depositaron en la orilla donde una cierva lo amamantó. Entre los venados se crio hasta que, sorprendidos los cazadores por su habilidad y velocidad para triscar los montes, lo capturaron a lazo para ofrecérselo a Gárgoris como gran presente. El rey, tanto por su parecido como por unas marcas de infancia, lo reconoció de inmediato, y claro es, avergonzado y conmovido, lo nombró su sucesor y le dio el nombre de Habis. Cuando llegó al trono, prohibió a los hombres comer los frutos silvestres pues conocía de sobra su acerba digestión; más aun, les enseñó a uncir los bueyes y las artes del arado y el cultivo de la tierra; también les vetó las tareas de esclavos y los distribuyó en siete ciudades. A su muerte, su dinastía reinó durante siglos sobre los tartesios.

Y al poner el punto y final a la leyenda, Justino añade una avisadora coda: que Rómulo, fundador de Roma, fue criado por una loba y que el gran Ciro, sol de Persia, por una perra; sin duda, toda una advertencia. Pues el abandono del recién nacido a un destino más bien aciago era común a todos los relatos de personajes —tanto sean míticos como alguno que otro histórico— que devendrán luego en los grandes patriarcas legisladores de sus naciones. Basta con que pensemos, amén de los mencionados por el prudente Justino, en Sargón para los acadios, en Teseo para los atenienses, en Moisés para los hebreos y, por supuesto, en el mismísimo Zeus, regente del Olimpo, escondido de su padre Cronos, tras su nacimiento, por su madre Rea en el monte Ida de Creta, donde fue criado por la cabra Amaltea, o según otras fuentes, alimentado allí con miel por la princesa Melisa; además, protegido por los curetes, que golpeaban sus escudos para ocultar su llanto infantil. Y si en los otros personajes encontramos al niño expósito que, por designio divino y tras un hostil periplo de aprendizaje, se convertirá en el benemérito guía de su nación, en el mito de Zeus nos asaltan, por explícitas, además muchas otras concomitancias con la leyenda de Habis. Por supuesto, tantas coincidencias y en tantos relatos han conseguido que cuantos hermeneutas han interpretado el mito de Gárgoris y Habis —comenzando por Joaquín Costa, siguiendo por Caro Baroja y, después, por otros muchos—, se hayan tenido que batir, en primer e ineludible lugar, con su originalidad —o sea: si era genuinamente ibérico o estaba tan amoldado al pensamiento romano por Pompeyo Trogo que de hispánico solo quedaban los nombres— y, en segundo, en explicar que se trataba de otra versión del mito universal sobre el munificente e iluminado rey —Habis en este caso—, que encarnaba, a la vez que conducía, el remoto tránsito de su pueblo desde unos usos venatorios y errantes hasta una sociedad agrícola y sedentaria.

«Pues el abandono del recién nacido a un destino más bien aciago era común a todos los relatos de personajes que devendrán luego en los grandes patriarcas legisladores de sus naciones»

Sin entrar en el proceloso análisis de la aparición de los curetes y de la miel en la leyenda, que indudablemente nos refiere a una pretendida presencia de los minoicos en Tarteso, permaneceremos siempre en la duda sobre la autenticidad de este mito, pues no contamos con otra fuente de cotejo con la Historia filípica, de Pompeyo Trogo; y a decir verdad, ni siquiera con esta, sino con su epítome, obra de Justino, quien ya nos puso en guardia sobre su endeble originalidad con la astuta mención final de Rómulo y de Ciro. Con lo que, ciertamente, resulta un tanto defraudador que la más antigua leyenda de Hispania tenga su crédito tan en vilo.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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