“Y a la soledad, uno de los grandes lujos de la civilización, es precisamente a lo que me refiero. Sea vuestra especialidad en humanidades o en ciencias, una gran proporción del pensamiento de los hombres y mujeres del pasado, cuyos trabajos habéis estudiado y admirado, tuvieron acceso a un grado de soledad que es probable que se os niegue, o que os neguéis a vosotros mismos.
En estas ocasiones, es tradición dar algún consejo. (Y también es tradición que lo ignoréis completamente). Así que, aquí está mi consejo. Tomadlo o dejadlo. Labraos un pequeño espacio para vosotros mismos, que no sea ni digital ni social. Compraos una libreta, usad un bolígrafo, dad rienda suelta a vuestros propios pensamientos en total privacidad dentro de la esfera de vuestro propio y especial espacio privado. Asumid el mando del lugar donde ninguna otra persona puede localizaros, o influenciaros, o venderos cosas, o contaros sus vacaciones. Redescubrid el arte de pensar en soledad. Glorificaos en la maravillosa realidad de vuestro propio y breve espacio de consciencia. Abrid de par en par las puertas de la percepción. En las lacónicas palabras de Henry James, no hay razón para no hacerlo.
Y con todo esto, os deseo todo lo mejor ahora que os disponéis a labraros vuestros propios caminos a través de un nuevo mundo peligroso, fascinante, desafiante y maravilloso.”
(Discurso del escritor inglés Ian McEwan al ser investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Carlos III de Madrid. Enero de 2018.)

Hiperconexión. Datos. Información. Seguidores. Historias. Titulares. “Me gusta”. “No me gusta”. “Me enfada”. “Me sorprende”. Blogs. Posts. Descargas. Batería. Batería baja. Batería en rojo. Batería externa. “Uf, menos mal”. Cuentas, caracteres. Un día. Después otro. Todos llenos de intercambios sociales. Contesta, contesta al mensaje en menos de 28 minutos o serás un pasota descreído. Contesta, insensato. Es tu vida social, no la descuides.
A quien todo esto no le haya generado ansiedad en algún momento, que deje de leer a partir de este punto. Porque lo que sigue es una elegía en prosa –que me perdonen los puristas de la poesía- a la muerte del estar solo. Del no hablar con nadie. Del cultivar ese lugar privado al que se refiere McEwan. Un lugar al que nadie puede acceder. Cerrado. Rico. Y necesario.

El estado de soledad luce un añil nostalgia que nos hace sentir pena por la persona que lo experimenta. Que alguien esté solo tiene que ser malo a la fuerza, ¿no? Mmmm… ¡PUES NO! Por favor, desterremos bien lejos –siendo Mordor la vuelta de la esquina- a esa concepción de que acompañado todo es siempre mejor. ¿Por qué? Que alguien me lo razone y lo haga irrefutable. ¿No puede ser la soledad, escogida y bien gestionada, un estado de reflexión que enriquece la creatividad?

Sí, lo es, pero el caso es que nos sigue sonando a viejuno. Nos remite a artistas trastornados de siglos atrás, creando en una esquina de su salón mientras murmuran el nombre de su amada inalcanzable, pasando días sin comer y haciendo sus necesidades en un orinal. Pero artistas, al fin y al cabo, admirados ahora por todos, y que disfrutaron de ese grado de soledad que, como dice McEwan, nos estamos negando a nosotros mismos.

Ante este panorama de pantallas táctiles omnipresentes y double-checks azules que nos dejan a los despistados en evidencia, la soledad se ha visto forzada a modernizarse, en el sentido más vano y presuntuoso del término. Ahora ya no vale con ponerse el pijama de franela un domingo a las 5 de la tarde y recogerse a la introversión mientras bebes Nesquick. Ya no es dar un paseo para refrescar las ideas y quedar tan absorto en tu proceso mental que tropiezas con tu propio pie y sonríes involuntariamente a desconocidos.

Ahora la soledad se ha disfrazado de madre excesivamente bronceada, adicta a los licuados de espirulina, jengibre y espinacas y residente en Orange County, California. Ahora la soledad se llama mindfulness. El mindfulness es LO MÁS. En serio. Es mercadotecnia de primer nivel. Ha conseguido crear toda una industria alrededor de un concepto que viene a ser la manera guay de decirte que rebajes tu dosis de 7 cafés diarios e intentes cruzar las piernas en la postura del loto como si fueras Hilaria Baldwin, dejes la mente en blanco, o al menos en un tono neutro, y te olvides de tus movidas con el compañero de departamento de una vez, que vale que no estuvo nada bien que usara tu taza del desayuno sin permiso, pero tí@, supéralo.

El mindfulness es ser consciente de uno mismo, de su cuerpo, de su mente, de sus circunstancias, a través de la reflexión y la quietud. Vamos, estar solo un ‘ratico’. ¿A qué punto hemos llegado, que necesitamos maquillar y anglosajonizar todo para hacerlo atractivo?

La soledad está siendo minusvalorada en muchos ámbitos, incluido el profesional. “Me encanta trabajar en equipo. Me atrevería a decir que he nacido para ello”. “Creo que los brainstorming son la mejor herramienta creativa”. “Yo es que necesito una oficina diáfana, sin despachos ni paredes. Es lo que hacen en Silicon Valley, y mira qué bien les va”. Madre mía, no se puede ser más cansino que estas máximas de aspirante a puesto de trabajo que, aunque suenen modernísimas, son puro encorsetamiento LinkedIniano.

O eres el más proactivo, dinámico y extrovertido de tu oficina –y si vas a trabajar en bici, ya ni te cuento- o eres un raro que prefiere hacer todo solo porque tiene una disfuncionalidad social que debería hacerse mirar.

Pues, ¿saben qué? Escribir puede ser –y, si no temiese ofender a otras profesiones, diría que está en el podio- una de las actividades más solitarias en las que embarcarse cuando se trata de ganarse el pan y el vino. Hay que luchar con tus propios gigantes, echar de casa a tus propios fantasmas y bajarle los humos a tu propio ego. Pero, ¿saben qué más? Me aventuro a pensar que no nos sentimos más solos –en el sentido triste de la palabra- que un director creativo de Apple. Ahí está, por ejemplo, la figura de Don Draper, el protagonista de Mad men. Fiestas, compromisos, reuniones, mujeres. ¿Dirían que gozaba de una soledad sana y productiva, o que estaba jodidamente solo? Lo segundo, ¿verdad? Pues eso.

Todo apunta, querido lector, a que estamos cultivando el lado erróneo de dicho estado. Tanto es así, que en Reino Unido se ha creado un Ministerio de la Soledad para abordar la problemática del aislamiento social, que afecta a un 13,7% de la población del país y que, según un estudio desarrollado por Rachel Reeves y Seema Kennedy –las diputadas que han impulsado este proyecto-, es igual de perjudicial para la salud que fumar 15 cigarrillos al día. Más o menos los que se fumaría Don Draper, seguro.

Además de en lo político, y aunque duela admitirlo, los anglosajones también salen ganando en lo léxico en lo que a la soledad se refiere. Frente al cariz melancólico y apesadumbrado que ha adquirido la palabra en nuestra lengua, ellos tienen la suerte -para unos la suerte es que te toque la lotería. Para los amantes de las letras, es esto- de poder elegir entre dos términos en función del tipo de soledad a la que se refieran. La buena, o la mala.

Esta última, la mala, responde a ‘loneliness’. Es la soledad que duele, un estado negativo que se nos impone involuntariamente, en el que nos sentimos rechazados, excluidos, pasados por alto. En plan mohíno, a lo Her. Tan solo, que con que Scarlett te hable a través de una máquina, te vale.

Frente a ella, la ‘solitude’. La que menciona Ian McEwan en su discurso original en inglés, un estado positivo, en el que disfrutamos de nuestra compañía, que nos ayuda a crear, a crecer, a concentrarnos en la pesca y quizá volver vacíos, pero satisfechos. Como el viejo de El viejo y el mar. Una soledad escogida.

De esta última es de la que estamos faltos.

Prrrrr prrrrrrrr. Vaya. Mi dispositivo móvil del infierno patalea impaciente sobre la mesa de madera como un niño con TDAH. Hora de volver a la hiperconexión social, de estar localizable y escuchar historias de vacaciones ajenas.

Pero me queda una cosa. Ese pequeño espacio, esa esfera privada de SOLEDAD de la buena. Para pensar, para escribir, para descansar. Para producir o ser improductiva. Para lo que me dé la gana.

Y -¿por qué negarlo?- para ir al cine sola, sentarme en la fila 12, butaca 9, y no compartir palomitas. Puede -aunque le reste magia- que eso sea lo mejor de todo.

1 Comentario

  1. Me gustó la Elegía en Prosa de la Soledad que relata Silvia Nortes. Me adjudico la definición de solista o, mejor, me adhiero a esa definición.

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