Las generaciones futuras, espero que no muy lejanas, se sorprenderán de que el diccionario definiese el feminismo como principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre, y en su segunda acepción, como movimiento que lucha por la realización efectiva del mismo. Llegará el día en que esa palabra será un recuerdo de tiempos pasados. Y eso, solo sucederá cuando la realidad acabe con el abuso de poder y las mentes estrechas. Porque no hay más diferencias que las que se quieran imponer.

“El feminismo no es un catecismo y cada una lo vive a su modo”, expresó la ex ministra socialista Carmen Alborch en una entrevista. Totalmente de acuerdo. No me gustan las etiquetas, ni clasificar a las personas en compartimentos estancos. Tampoco perder el tiempo en explicar cosas que son evidentes. A estas alturas, mencionar que las trabajadoras europeas perciben un 16,2% menos de salario que los hombres (en España, la brecha salarial es de un 14,2%, porcentaje que triplica las tasas de Italia, Rumania y Luxemburgo), o que los cargos de dirección y supervisión continúan estando mayoritariamente ocupados por hombres, cansa. Que una de cada tres mujeres en Europa reduce su salario para trabajar a tiempo parcial, o que hay más presencia femenina en sectores y ocupaciones con salarios más bajos como la docencia o el comercio, es información que aburre. Pero toca cansar y aburrir, porque la lucha de los años sesenta y setenta por reconocer a la mujer igualdad no solo en el ámbito laboral, sino también en el ámbito jurídico, sigue existiendo. Los avances legales se suceden poco a poco, y son y serán efectivos, aunque el ejercicio de paciencia nos parezca infinito. El cambio llegará, si todos lo incorporamos en cosas que parecen no tener importancia.

«COMO EXPRESÓ la ex ministra socialista Carmen Alborch en una entrevista. “El feminismo no es un catecismo y cada una lo vive a su modo”. totalmente de acuerdo. No me gustan las etiquetas, ni clasificar a las personas en compartimentos estancos»

No es fácil cambiar las ideas y los roles. Llevan siglos sin ser prácticamente alterados. Ello queda patente cuando tres mujeres dirigen un partido de fútbol masculino y reciben del público frases tales como: “Vete a fregar” o “¿Quién del equipo se la tira? ¿Lo hacéis todos?” o un definitivo “este no es tu lugar”, por poner un ejemplo que puede parecer banal, pero que refleja el sentir de muchos. Y esto sucede todos los días, en ámbitos o en profesiones que tradicionalmente han sido territorio exclusivo de los hombres.

Pensemos en las escritoras. Sí, en esas mujeres que no podían firmar sus obras con sus nombres y apellidos, sino que tenían que optar por un seudónimo masculino para poder publicar o para que no las tacharan de según qué. Qué lejanos parecen esos tiempos… Pues no han terminado. Porque se siguen “masculinizando” los nombres de las autoras. En 1934, Pamela Lyndon Travers, autora de Mary Poppins, usó el seudónimo de P.L. Traves. Lo mismo han hecho Nora Roberts (J.D.Robb), Joanne Rowling (J.K. Rowling para la saga de Harry Potter), o Robert Galbraith en otras novelas o en 2011 Erika Leonard (E.L. James) autora de las famosas Cincuenta sombras de Grey. Y esta es una pequeña selección de todas las que hay. Dicen los que afirman entender del tema, que el motivo es puramente comercial (vende más un nombre con iniciales), que la crítica literaria no trata a igual a escritores que a escritoras (se encarniza especialmente con ellas), así como que las mujeres son ignoradas en los premios literarios importantes. Podríamos debatir sobre ello hasta el infinito.

«se siguen “masculinizando” los nombres de las autoras. En 1934, Pamela Lyndon Travers, autora de Mary Poppins, usó el seudónimo de P.L. Traves. Lo mismo han hecho Joanne Rowling (J.K. Rowling para la saga de Harry Potter), o Erika Leonard (E.L. James) autora de las famosas Cincuenta sombras de Grey»

Escribió Virginia Woolf: “No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”. Lástima que sigan existiendo mentes estrechas, porque mientras eso suceda, seguiremos aburriendo, exponiendo los mismos argumentos, hablando de igualdad de derechos y de oportunidades. Porque nosotras, no podemos permitirnos el lujo de cansarnos. Nunca.

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