Cien años no son nada. Decía el mago de Rímini, que no hay un final, no existe un principio, solamente existe una infinita pasión por la vida. Dejó como lección para las generaciones venideras, que un buen comienzo y un buen final hacen una buena película, siempre y cuando estén cerca uno del otro. Federico Fellini (Rímini, 1920-Roma, 1993) ganó cinco Oscar, marcó un antes y un después en la historia del cine y deslumbró a una Italia inamovible en la admiración de sus antiguos monumentos, que abrió los ojos con fuerza para admirar asombrada la forma que tenía Fellini de contarle al mundo sus propios sueños. De una manera visceral, casi grotesca, neurótica, como cuentan sus recuerdos casi todos los genios.

«Decía el mago de Rímini, que no hay un final, no existe un principio, solamente existe una infinita pasión por la vida»

Rímini le vio nacer, pero Roma fue la que le amamantó, la que sacó lo mejor de sus entrañas, su musa. La primera palabra que escuchamos en “Lo sceicco bianco” es, de hecho, “Roma”. Fellini habló de ello con Lillian Ross, en 1965, en The New Yorker: “Mi madre era romana. Tan pronto como llegué a Roma, tuve la sensación de estar en casa. Ahora considero a Roma mi apartamento privado. Ese es el secreto de la seducción de Roma. No es como estar en una ciudad, es como estar en un departamento. Las calles son como pasillos. Roma sigue siendo la madre”.

La vida de Fellini cambió para siempre con “La Dolce Vita”, una obra inconmensurable sobre la decadencia moderna interpretada por la suela de su zapato, Marcello Mastroianni, y Anita Ekberg. La sociedad de la posguerra abrazó aquella película como un canto al incipiente materialismo que ya afloraba de las cenizas del conflicto, mientras combatía a un vacío existencial tan profundo como las heridas que dejó en su piel el infierno bélico. En un mundo cada vez más atado a sus fantasmas, Fellini puso a volar su imaginación.

«Sus obsesiones fueron el desorden de la vida cotidiana, el amor y el odio hacia el envenenamiento de la sociedad del espectáculo, regida, según él, bajo las órdenes de la publicidad»

No era solo un director, era una fuerza de la naturaleza. Un artista apasionado de su trabajo, por el cual tuvo que renunciar a varios caprichos terrenales. Sus obsesiones fueron el desorden de la vida cotidiana, el amor y el odio hacia el envenenamiento de la sociedad del espectáculo, regida, según él, bajo las órdenes de la publicidad. También la relación entre los individuos que fuimos y que pretendemos llegar a ser. Un mundo globalizado y capitalista donde el problema fundamental no es el enfrentamiento entre el fascismo y el resto. Pero, sobre todo, la nostalgia. “La nostalgia, esa trampa. Camus habla de ella como una trampa seductora, y yo caigo en ella constantemente”, decía recientemente uno de sus mejores aprendices, Woody Allen, en una entrevista para El País Semanal. Setenta años después del estreno de “Luci del varietà” (Luces de variedades), esta Italia nueva que arrastra los mismos pecados de siempre y que sigue alimentándose de luces y sombras, siente demasiada melancolía por aquella pequeña Hollywood que el ilusionista construyó en el Teatro 5 de Cinecittà. Italia hace tiempo que echa de menos las ensoñaciones de Federico Fellini. “Hablar de sueños es como hablar de películas, ya que el cine utiliza el lenguaje de los sueños: años pueden pasar en segundos y se puede saltar en un lugar a otro”.

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