Inditex vuelve a ser noticia. Si algo es característico de España, y me voy a preocupar de explicarlo en este artículo, es que los casos de éxito son tan poco numerosos que toca reciclarlos una y otra vez. Si Amancio Ortega es siempre el ejemplo que nos viene a la cabeza cuando se habla de empresarios españoles con relevancia internacional es, sencillamente, porque España es un solar en cuanto a tejido empresarial se refiere. Una parte de nuestra política se ceba con Amancio porque es el último hombre en pie, porque ha tenido el valor de conseguir montar una gran empresa siendo español, sin que el peso de la horrenda gestión nacional le pase por encima. Y eso duele mucho, porque la obsesión de la siniestra patria es tener un reguero de animalitos famélicos (me incluyo) a los que seducir con cuatro migajas. Eso con Amancio no se puede hacer, y mira que les escuece.

Pablo Iglesias (el ex vicepresidente) ha escrito un artículo diciendo que el problema no es Amancio Ortega, sino los millones de españoles que no reniegan de la existencia del susodicho. Su visión real es muchísimo más biliosa: lo que le molesta es que pueda haber una sola persona en España que no proyecte todos sus fracasos y frustraciones en los cuatro empresarios que sobresalen en una nación de PYMES. Eso es lo que no soporta: hay gente que no se traga que una empresa privada, y la selección (quién sabe si acertada o equivocada) de sus dirigentes, sea la demostración de un complot para destruir todos los intentos del progresismo de traernos el Cielo a la Tierra.

“España es un solar en cuanto a tejido empresarial”

Dice Pablo Iglesias que hay millones de personas defendiendo a Amancio Ortega que nunca serán Amancio Ortega. También las hay a toneladas que lo consideran a él, a un señor que se ha retirado de forma abrupta de la política, pasando de casi superar al PSOE a marcarse un ridículo espantoso en Madrid, como el estadista del siglo; sin embargo, eso no parece molestarlo. Tampoco parece encontrar dilemas morales y encrucijadas insalvables en tener ídolos discutibles dentro de su espectro político. Supongo que, en lugar de idolatrar a personas como el fundador de Inditex, Iglesias encontraría más adecuada una veneración a la figura de Irene Montero, una mujer que fue elegida diputada con 27 años y cero minutos cotizados entre sector público y sector privado. Tampoco todos podremos ser ella.

A la inmensa mayoría de nosotros nos tocará trabajar para labrarnos un futuro, y no podremos desarrollar una carrera meteórica a través de un golpe de suerte relacionado con el amor. Los que se quejan de que Amancio Ortega coloque a su hija como presidenta no ejecutiva de Inditex deberían fijarse, de paso, en la curiosa composición de los altos niveles de la Administración Pública, porque hay ministros (y ministras, y ministres) cuyo árbol genealógico y amistades han ido ocupando los sueldos públicos más jugosos con una vigorosidad inusitada. Si el nepotismo les parece criminal en la empresa privada, buena suerte buscando un cargo de responsabilidad en una empresa pública que no haya ocupado alguna posición política relevante.

“Si el nepotismo les parece criminal en la empresa privada, buena suerte buscando un cargo de responsabilidad en una empresa pública”

No pretendo, ni mucho menos, dar a entender que se deben aceptar las decisiones de Amancio porque los políticos harían lo mismo, porque no es el caso. Lo de los políticos es muchísimo peor. Amancio pone a su hija y le paga un sueldo privado, que no sale del bolsillo de los españoles a base de exprimirlos con amenazas y coacciones; si Marta Ortega fracasa, serán los accionistas de Inditex los que sufran las consecuencias y ella será relevada del puesto. En el sector privado se privatizan los daños, mientras en el sector público no es que se socialicen, sino que el principal responsable literalmente es intocable. Da igual cómo vaya la empresa pública, nadie le exige resultados. Se financia con el dinero de los demás y, si no es suficiente para que dé sus frutos, se le inyecta más capital en la medida de lo posible.

Se dice que los grandes capitalistas juegan con sus empresas y con el sufrimiento de la gente sin pudor alguno. No obstante, creo que es en el Congreso de los Diputados donde se acumula menos vergüenza y honestidad por metro cuadrado en España. Al fin y al cabo, son ellos los que toman con violencia el dinero ganado con el sudor de la frente de los ciudadanos y lo utilizan erróneamente, y consideran al ciudadano como un cajero automático del que extraer más riqueza. El político nunca se queda con la miel en los labios, nunca despide a nadie. España es, para ellos, como el bolsillo de Doraemon, siempre queda algún centímetro más que aplastarle al español promedio con tal de exprimirle cuatro gotas más de jalea en forma de impuestos.

“en España no puede haber meritocracia porque no hay posiciones reales que ocupar en el tablero social”

Lo que más me llama la atención es que se suele utilizar como argumento contra la meritocracia a los grandes empresarios de este país y su supuesto comportamiento poco decoroso. A mí se me ocurren mejores argumentos contra la meritocracia. Por ejemplo, es difícil que haya meritocracia en un país donde el ciudadano medio está siempre deseando que a su vecino le vaya mal cuando emprende, donde se frunce el ceño cuando se habla de crear una empresa. Es complicado que haya meritocracia en un país donde los argumentos políticos son más propios de un niño de cinco años que de personas adultas. Es complicado que haya meritocracia cuando aquí lo que hacemos es repartir miseria. El sueldo medio en el sector privado es de 1800 euros aproximadamente, y nos queremos pegar entre todos por ocupar el puesto de Marta Ortega.

Y es que volvemos al punto de partida del artículo: en España no puede haber meritocracia porque no hay posiciones reales que ocupar en el tablero social. Aquí no se puede ser empresario exitoso porque hay empresas contadas que no son pequeñas, y porque el Estado está más preocupado por enterrarte en burocracia y fiscalizarte hasta el último céntimo (con el beneplácito de tu vecino, para más inri) que en darte opciones para que crezcas. Aquí no se puede ser un gran científico porque los contratos son una miseria, porque las grandes multinacionales no quieren venir aquí a invertir, porque la única empresa nacional que crece todos los años, con pandemia o sin ella, es el Sector Público. No puede haber meritocracia si creamos una bolsa con millones de graduados universitarios pero no tenemos dónde colocarlos. ¿Qué hacemos, una oposición para ocupar el puesto de directivo de las empresas? Pasados los primeros doscientos puestos, al que hiciese doscientos uno le tocaría llevar un taller de coches de Majadahonda (con todos mis respetos). Y es que aquí no hay más que eso, miseria y formas de repartirla.

“Aquí no se puede ser un gran científico porque los contratos son una miseria”

La meritocracia no consiste en ir distribuyendo entre los ciudadanos puestos directivos en grandes empresas, como si éstas creciesen en los árboles. La meritocracia es tener un sistema social, político y económico que premie con oportunidades a quienes se lo merecen; oportunidades de crecer y de desarrollarse, no sueños megalómanos. Que ya está bien de engañar a la gente con falsas dicotomías. Elija como elija Amancio Ortega, tu hijo que ha hecho ADE no será directivo de una multinacional española porque, a nada que se gradúen cien personas de ADE en toda España este año, no habrá donde colocarlo. Tocamos a un trabajo decente por cada mil personas, y la solución no es inventar unos Juegos del Hambre para que el que consiga ese mísero empleo sea el que más se lo merece, sino pelear por una salida digna para todos.

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