Emilio Arnao pues resulta que usa calva como un modo de defenderse, pues ya tiene tantos enemigos entre cuáqueros y excesivamente bromistas. Usa, según hemos podido comprobar desde la distancia, gafas sólo para escribir y sólo ve la letra California FB para la literatura que escupe, que cría cual vivero, que va troceando cual sarmientos. No es un poeta con fama, pues la fama, la codiciada fama, sólo le llegan a los muertos y a los malos novelistas. Ha escrito que “por mi muerte sólo lloren los olivos” y su récord de resistencia a la hora de escribir sin parar son las 35 horas seguidas, sólo unos cafés y un orín de vez en cuando. Tiene la risa horripilante del idiota, pero eso es porque lee demasiado a Rimbaud, al que descubrió una mañana de lluvia veraniega, a los 16 años, cuando su hermana Amparo le regaló un ensayo sobre el enfant de Charleville. Desde entonces quiere irse a Abisinia y volver con el cuerpo curtido y las bebidas ardientes. No fuma mucho y no tiene perro. Arnao no crea moda, sino sólo un underground oculto o adivinable -el lector debe elegir- donde se siente cómodo. No le gusta la vida social literaria, pues hace tiempo que llegó a la conclusión que la literatura como un acto de propaganda o de concentración ritual sólo da pábulo para algunas vanidades o para la mayoría de las desgracias de cualquier biografía. La experiencia y lo vivido le han enseñado que la apariencia suele ser confundida y que hay tantas apariencias como interpretaciones. Uno no es lo que es ante un público que decide, por escapar del aburrimiento, acceder a sus festines personales como si un poema recitado fuera la celebración de cualquier cumpleaños. Los años no se cumplen, sino que se asoman al mundo desde la invisibilidad, pues todo año de nacimiento a lo mejor debería concentrase en todos los días, en todas las albas, en cada minuto de cualquier existencia -la existencia como un gesto de continuidad, de perseverancia y nunca de exposición hacia esa bruticie que es sólo en unos pocos casos la composición social del mundo, de cualquier ciudad. Porque es de esta manera como se consigue la enajenación de sí mismo o de sí misma, de sí mismos o de sí mismas hasta alimentarse con lo ajeno, lo cual suele ser papilla de bebés.  Ama al prójimo como a ti mismo, dicen que dijo Jesús de Nazaret. ¿He ahí la constante duda de todo ser humano? La duda de Hamlet o la duda de la duda misma.

“Emilio Arnao pues resulta que usa calva como un modo de defenderse, pues ya tiene tantos enemigos entre cuáqueros y excesivamente bromistas”

Este escritor que escribe, incluso, según nos llegan noticias de Villanueva de los Infantes, sin hacer uso de las palabras, no cree en la escritura como modo de salvación ni siquiera como un ejercicio de perduración, dado que perdurar se cose cual vestido de antiguas telas en aquel lirismo manriqueño según las distintas lecturas de cada cual. Una muy personal podría ser, por ejemplo, que la vida nunca acaba en el mar, en todo caso, en el presente que nunca es ido si lo juzgamos sabiamente, que es cuando daremos lo non venido por pasado. Non se engañe nadi, no. La cosificación de lo existido reúne únicamente una asamblea que debe unirse en el silencio hasta que el mutismo alargue ese gen metafórico que es cualquier palabra nacida desde la autenticidad. Arnao no es auténtico, aunque busque, sin él mismo darse cuenta, la autenticidad, pero esta abstracción solicita casi siempre cualquier mundo concreto, por eso ocurre que la concreción de la autenticidad es como un difícil paseo por la hojarasca de los otoños. Toda literatura castra la fealdad generosa de la cotidianidad, por lo que la palabra como un añadido de la casualidad acostumbra a verterse, cual bolsas de plásticos en los océanos, en la más paupérrima vulgaridad. Aunque lo vulgar con un simple adjetivo eterno ya accede a ese paisaje desconocido donde puede admirarse cualquier tipo de belleza.

“Este escritor que escribe, incluso sin hacer uso de las palabras, no cree en la escritura como modo de salvación ni siquiera como un ejercicio de perduración, dado que perdurar se cose cual vestido de antiguas telas en aquel lirismo manriqueño según las distintas lecturas de cada cual”

Este presunto autor sabe que, si a la literatura no le pones vocación, estigma, costillas de coral o varios kilogramos de pólvora, la literatura, esa mujer machihembrada que te ama o no o no lo sabe o  lo sabe pero se calla o a lo mejor, por generar dolencias, hace uso de aquello de Neruda: “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente”, puede crear en torno del que actúa en escritura esa belleza convulsa de la que hablaba Breton, pero sin tener ni la más remota idea si, efectivamente, hay belleza o hay convulsión. Existe la posibilidad de que nunca haya nada, sólo el vacío, que es lugar más feliz en el cual amarse desde esa dicha interior que nace como consecuencia de lo que la astronomía moderna ya nos ha demostrado con frenesí y documentales, es decir, que el vacío es la universalización del Universo. Este escriba isleño que continúa viajando como Gulliver ya parece que se ha dado cuenta que lo realmente importante de la literatura es la vida en su enormidad o pequeñez cuando éstas se alcanzan a partir de esta continuidad y abuso y exceso y la moda del modo del lenguaje como desierto en soledad en donde para frasear la frasificación de la charlatanería hay que continuar rellenando papiro tras papiro –dicen que Arnao vive en un jardín en donde cultiva esa hierba palustre de las ciperáceas, exactamente, el Cyperus papyrus, siempre bajo agua, tal y como lo hacían los egipcios, creadores de este soporte de escritura, con tal de continuar fragmentando sus jeroglíficos, pues, quizá su deseo sea ser apodado como chaty del faraón Den, siempre ascendiendo en sus sueños desde la necrópolis de Saqqara- con el objetivo de algún día o ninguno alcanzar esa fosilización de la historia en la que le gustaría ser recordado. “Allá donde habite el olvido, allí estará mi fósil”, dicen que ha escrito, aunque la crítica moderna lo pone en duda.

Siempre nos ha contado Arnao que, si hace quizá ya demasiado tiempo en que empezó a escribir, juró ante el diablo cojuelo que nunca le gustaría formar parte de esa pasarela de las y los top-model en su desfile militar a la busca del sicilianismo con banda sonora de Ennio Morricone que es la industria de las letras, la fagotización del mercado y sus grandes medios de esclavitud que comienzan con entrevistillas en radios, reportajes negociados en los periódicos, y sobre todo ese quebrado mundo que está instalado en los platós de televisión en donde un entrevistador o entrevistadora, después del maquillaje y el canapé, acostumbran a hacer grande su vocación de cultura con preguntitas como: “¿Su última novela tiene algo de autobiográfico?” o “Le aseguro que me he leído atentamente su libro y me ha sorprendido su gran original a la hora de conseguir conmover al lector, ¿cómo lo hace, creo que esto puede interesar al espectador?” A lo que Arnao seguramente podría responder: “Pues mire usted, caballero, señorita, plagiando mucho, siempre plagiando,  ideas, fragmentos enteros, los adjetivos más terribles y sobre todo el final de este libro que por lo que veo usted, caballero, señorita, ni siquiera se ha leído, ni tampoco el guionista que le ha escrito esta pregunta tan maravillosa”.

“Siempre nos ha contado Arnao que juró ante el diablo cojuelo que nunca le gustaría formar parte de esa pasarela de las y los top-model en su desfile militar a la busca del sicilianismo con banda sonora de Ennio Morricone que es la industria de las letras”

Sabemos que hubo un tiempo en que Arnao se dejó arrastrar -ah, la juventud siempre es la aventura como peripecia de la correría del peligro- por estas radios, periodiquillos, revistones culturales y algún, poquísimos, platós con cámaras en directo o diferido. De ahí la deducción de que todo el mundo en algún momento de su vida puede, incluso debe, ser corrompido y corrompible, pues lo corrupto es como un coito incorruptus con el que evitar la virginidad, la lujuria o la nacionalidad de toda nación en que un individuo vive o sobrevive o muere sin morir o, sencillamente, deforma la patria tal y como lo deseó Espronceda: “Que es mi barco mi tesoro, / que es mi dios la libertad, / mi ley, la fuerza y el viento, / mi única patria, la mar”. El escritor que cree que escribe mal o bien -eso es lo de menos- siempre debe ser apátrida no sólo de la generación topográfica en que exista con ese existir que puede ser o no ser, he ahí la cuestión, sino, sobre todo, de sí mismo. El apátrida de sí mismo globaliza la enormidad del mundo.

Uno de los últimos libros escritos por Arnao, titulado “La muerte Belize”, nos parece de lo más moderno que se ha escrito en la coetánea poesía española, aunque esto es mera promoción y publicidad -la mentira es el ejercicio de la verdad que no miente-, y, según nos hemos enterado, continúa con su horario de funcionario fijo con oposiciones ganadas como escritor profesionalizado pero sin profesar profesión alguna, pues nunca debe haber salario en la literatura, en todo caso, sal, esto es, pago en sal, mucha sal, pues los romanos nos enseñaron que a los soldados había que pagarles de alguna manera, ¿y qué mejor manera que con la sal, que es el gen del mar, del agua y por tanto de la existencia? La sal siempre ha valido su peso en oro, pero algunos empresarios o ministros de Trabajo todavía utilizan la palabra “salario” simplemente por una cuestión de indignidad de la infame economía capitalista que nos sigue amenazando la verdadera sal de la vida, que es amar, comer y dormir, y nada más.

En definitiva, hemos podido comprobar a lo largo de nuestros estudios tanto biográficos haciendo siempre uso de nuestro behaviorismo afianzados por nuestro análisis estructuralista de su obra -siempre en la senda de Roland Barthes- que este hombre que escribe lo único que pretende -a pesar de las continuas amenazas a las que es sometido- cuidar lo que él mismo -plagiando a Nietzsche- sostenerse en la santimonia a partir de ese axioma que él define como humano demasiado humano mientras va redactando sus tasajos en el tártaro tasándose en su única tasca junto a su tata de toda la vida, la cual le tatúa su taumaturgia por no caer en la detestable tautología de la teatralización  de ese tatarabuelo que aún vive en su casa y que únicamente es y seguirá siendo el teclado de su hormigonera. Teclas o palabras o días o vidas plenas sin plenitud, pero siempre, casi siempre, buscando ese justo precio que se halla en el medio de los intermedios, que no es otra cosa que vivir desde el soberano bien dentro de ese urbano, velocísimo, amarillo y sin taxímetro ni sonidos ni tragedias griegas que es su propio hogar de zahorí. Y es que siempre vuelve a casa por Navidad.

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