Tenemos prisa, mucha prisa, tanta que quizá usted ni siquiera se vea con tiempo suficiente para leer este artículo. La imagen del tiempo como flecha, esa pretensión lineal del antes y el después que nos abruma (qué hemos hecho ya y qué nos queda por hacer), ha aplanado terriblemente el ahora, que tiene su existencia amenazada. La sociedad de la prisa industrial puede ser comprensible desde la perspectiva del puro rendimiento. Es decir: estamos más ocupados porque producimos más. En realidad la prisa que más me preocupa no es la laboral, que parece una especie de pago obligado a la sociedad del bienestar, sino la prisa ineficaz, improductiva y radicalmente estéril que nos lleva a consumir rápidamente también el tiempo de ocio. Prohibido aburrirse, podría ser fácilmente uno de los lemas de nuestro tiempo.

“La sociedad de la prisa industrial puede ser comprensible desde la perspectiva del puro rendimiento. Es decir: estamos más ocupados porque producimos más.”

Un bombardeo constante de estímulos compite por nuestra atención, intentando apoderarse del tiempo que no dedicamos al trabajo. Esa es la parcela que deberíamos defender con el mayor celo para asegurar nuestra salud y felicidad. Nuestra sociedad prohíbe estar quieto, en silencio, a la mera expectativa de algo. Si se tiene un instante libre, aunque sean los minutos previos a una consulta o a la llegada de un transporte público, comprobamos mensajes o navegamos por las pantalla, con frecuencia sin saber muy bien qué buscamos e incluso sin recordar nada de lo que acabamos de ver. Leemos qué dice la gente en las redes sociales sobre casi nada. Porque la realidad es que más del ochenta por ciento de lo que circula en las comunidades virtuales es información superflua, bien porque se conoce de sobra o porque es sencillamente inane. Prohibido aburrirse, como decimos. Y sin embargo es cosa bien sabida que el aburrimiento puede estimular más y mejor nuestro cerebro que esas largas montañas rusas de entretenimiento en las que cada día nos subimos. No se dice lo suficiente que la ocupación permanente de nuestro cerebro, este tenerle siempre entretenido en cualquier cosa, evita que el sujeto piense. Que piense en sí mismo, que establezca conexiones con su realidad, la individual, la que no está en ninguna parte más que en nuestro cuerpo. La atención excesiva a lo superficial evita que recapacitemos. Que repasemos nuestra vida. Que nos replanteemos situaciones. Caminamos hacia cerebros que se ocupan de todo menos de ellos mismos. El mayor lujo que te otorga vivir el tiempo de manera lenta es que se encuentra el instante de pensar en nuestro momento vital. Quizá en esa parada de autobús nos convenga más redirigir nuestra vida que ver la penúltima foto de alguno de nuestros contactos.

“Prohibido aburrirse, como decimos. Y sin embargo es cosa bien sabida que el aburrimiento puede estimular más y mejor nuestro cerebro que esas largas montañas rusas de entretenimiento en las que cada día nos subimos.”

Hace unos días, un conocido me confesaba que ya no tenía paciencia para ver una película. Al menos para ver una película sin hacer algo más al mismo tiempo. Contaba que cuando llevaba apenas cinco minutos de visionado, y aunque el film en cuestión le pareciera interesante, sentía la necesidad irrefrenable de hacer algo más. Echar un vistazo al móvil. Encender la tablet y ver la previsión del tiempo. Cualquier cosa que acompañe a la perspectiva de estar al menos hora y media clavado en el sillón, un hecho que hemos aprendido a contemplar como una pérdida de tiempo. Así somos los adultos que pedimos a nuestros hijos concentración en las tareas, y que no llegamos a explicarnos por qué hay tantos niños que no saben centrar su atención.

Tirando de nostalgia, mi conocido y yo recordábamos cuánto disfrutamos y aprendimos de aquella época de televisión lenta en la que tenían éxito programas como La Clave, en el que José Luis Balbín nos ofrecía una película y un suculento debate en torno al tema de la misma. No había vídeos que entraran o salieran, ni mini reportajes que interrumpieran el coloquio. Era, simple y llanamente, la retransmisión de un diálogo sostenido sobre el contenido de la película. Estarán de acuerdo en que hoy en día nadie resistiría ese tiempo de atención ni tratándose de su tema favorito.

La paradoja de este tiempo de la atención multifragmentada se encuentra en que, pese a constituir la generación histórica que disfruta con más tiempo libre (al menos laboralmente hablando), vivimos con una prisa constante que con mucha frecuencia no se corresponde con la realidad de las tareas que debemos afrontar. Nuestros hijos tienen tanta carga escolar o extraescolar y tanto deporte organizado que no encuentran tiempo para el ocio puro, el juego espontáneo, el deporte casual que antes se hacía en placetas y parques. Cualquier persona está rodeada en el salón de su casa de entre cuatro y diez medidores de tiempo: teléfono móvil, ordenador, receptor de televisión, reloj de pared… Estamos cercados por una permanente segmentación del tiempo que nos aplasta. La edición de televisión contemporánea nos sirve velocidad y al mismo tiempo nos introduce en ella: los reportajes son editados en un huracán de microplanos en los que acaba no enseñándose nada. Seguramente ya les habrá ocurrido que una cadena prometa un reportaje sobre algo que les interesa, y cuando finalmente llega es breve como una pompa de jabón, no es informativo y al final apenas hemos visto nada de lo que se prometía. Hace unos días, yo tuve la paciencia (pues de paciencia hablamos) de esperar a un reportaje sobre unos alfareros de mucha tradición en Granada. De la alfarería se vieron apenas tres planos inexpresivos, que no sirven para que nadie se haga una idea de cómo es el lugar. Se entrevistó al maestro alfarero, y como siempre ocurre, se invirtió más tiempo en presentar dónde estábamos que en escuchar sus palabras. La edición-torbellino acabó por inutilizar la palabra del supuesto protagonista, que al final no llegó a contar qué hacía y desde cuándo. Su tiempo en pantalla solamente le permitió asentir la cháchara acelerada del reportero.

“La paradoja de este tiempo de la atención multifragmentada se encuentra en que, pese a constituir la generación histórica que disfruta con más tiempo libre , vivimos con una prisa constante que con mucha frecuencia no se corresponde con la realidad de las tareas que debemos afrontar.”

Necesitamos saborear una vida que es mucho más lenta de lo que creemos. Los ciclos de la naturaleza son tremendamente pausados, y tendríamos que fijarnos más en ellos. En el mundo de la empresa, ya se comienza a hablar de la necesidad de comprobar los correos electrónicos solamente una vez al día. Hay compañías punteras que impiden a sus trabajadores el acceso al material de trabajo en ciertos tramos horarios, para obligarles a que desconecten. En la formación de directivos, cada vez se insiste más en que no se ofrezca una respuesta inmediata a todo. Un jefe que decide muy rápido, y que resuelve una dificultad de la empresa  a vuelta de correo tiene más posibilidades de equivocarse que quien medita el problema, se lo lleva a casa, lo rumia y finalmente toma una decisión.

El tiempo geológico es un libro en el que cada página representa millones de años. Sin embargo nosotros estamos bombardeados por estímulos que intentan robar cada segundo de nuestro tiempo. Nuestro pobre cerebro puede no estar preparado para la atención permanente y la respuesta rápida, porque la evolución no se esperaba los famosos tics azules de whattsapp. Y sin embargo ya tenemos a nuestros políticos anunciando impuestos, medidas, leyes e incluso guerras a golpe de tuit.

“El tiempo geológico es un libro en el que cada página representa millones de años. Sin embargo nosotros estamos bombardeados por estímulos que intentan robar cada segundo de nuestro tiempo.”

He leído en alguna parte que necesitamos un nuevo tipo de dieta: el ayuno cronológico. Dejar de medir el tiempo constantemente y estar siempre ocupados. Pruebe a tapar los relojes. Observe el tiempo natural: el ciclo del sol y la luna. Deje que ellos le guíen. No planee nada para sus hijos mañana por la tarde. Permita que ellos encuentren qué hacer. Invente en casa el aburrimiento productivo. Llegue a no tener nada que hacer para encontrar realmente qué le apetece hacer. Vuelva a las tareas lentas. Es muy probable que consigamos ser menos eficaces pero más felices.

 

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