Leía hace unas tardes (es una forma de hablar, no se me vuelvan locos, fue unas semanas atrás, y no recuerdo la hora, pero me quedaba bien como introito), leía hace unas tardes, digo, que la interesante Tránsito Editorial tenía un nuevo libro en el horno, y es ya el tercero en apenas medio año de vida. La nueva cosa se llama “Primera persona”, y su autora es Margarita García Robayo, una escritora colombiana con segundo apellido montañés (ahí se lo dejo) y bastante trayectoria ya a sus espaldas. El caso es…eso, que vi lo del tercer título de Tránsito y me dije “qué cabrones los de las series televisivas, qué pesadez todo”. Así, en plan nihilista y un punto snob. Porque me gusta mezclar temas en lo que escribo, que es más o menos lo que vengo haciendo en mi cabeza desde que el mundo es mundo. Mis pensamientos no son autopistas de cuatro carriles, sino un mapa constreñido de carreteras secundarias llenas de cruces por carrejos estrechos, bajadas a ríos rumorosos e, incluso, ciertas pendientes que llevan a acantilados de caída mortífera. Pero esa es otra historia, supongo.

“Hace un tiempo ya que supe de Tránsito. Es una editorial recién nacida pero sin complejo alguno, un proyecto personal de Sol Salama, que es una editora con las ideas muy claras y más maja que las pesetas”

Me disipo, claro. Decía lo del libro, y lo de las series. Me explico, o me intento explicar. Hace un tiempo ya que supe de Tránsito. Es una editorial recién nacida pero sin complejo alguno, un proyecto personal (o todo lo personal que puede ser una cosa de este tipo) de Sol Salama, que es una editora con las ideas muy claras y más maja que las pesetas (las pesetas, amigos millenials, eran las bitcoins de antes). Leí las dos primeras obras que publicaron con toda la atención del mundo, y con mi ceja de enarcar preparada (después de años entrenando he conseguido enarcar mi ceja izquierda tres centímetros, la derecha permanece inmóvil), porque es la forma más sana de afrontar las novedades en esto de la narrativa. Ambas tenían elementos comunes. Historias duras, escritas por mujeres, con ciertas pinceladas autobiográficas (más en una que en otra, creo). Profundas pero estilísticamente asequibles, cuidando lenguaje, forma y esencia sin caer en la pedantería de parecer trascendente (que es cuando se deja de serlo, por lo general). Y otra cosa. Eran breves, libritos de los de leer en una o dos tardes. De los de, sí, volver a ellos muchas veces, repasar tal o cual pasaje, sonreír satisfecho al ver cómo las piezas encajan y lo que en la página veinte era una sugerencia flotando en el aire queda confirmado un ratito más tarde, para regocijo de quien lee y supo (o no) que aquello iba a ocurrir. Ejemplos maravillosos, también, de eso tan difícil de usar con elegancia, tan fácil de olvidar, que son las elipsis. Mi truco literario preferido, nada menos. La causa de que las series me gusten regular…

(No llegué a enarcar las cejas en ambas lecturas. Como mucho un leve estremecimiento de atención, de placer sosegado).

“Ahora esto de la elipsis se lleva tirando a poco. Claro, no es lo mismo contar una historia en noventa minutos (o doscientas páginas) que en 70 capítulos de una hora. Porque en ese caso, desengañémonos, se tiende a aumentar lo superfluo”

Me explico. Ahora esto de la elipsis se lleva tirando a poco. Claro, no es lo mismo contar una historia en noventa minutos (o doscientas páginas) que en 70 capítulos de una hora. Porque en ese caso, desengañémonos, se tiende a aumentar lo superfluo. Más aun, a hacerlo centro de la narración. Hasta el punto de que cualquier detalle, por nimio que parezca, es protagonista de peroratas larguísimas, planos secuencias muy currados y visiones fotográficas de primer nivel. Qué hastío, oigan. Vamos a poner un ejemplo para ayudar a que se me solivianten aun más. Con “El Padrino”, que es la mayor tragedia clásica que nos dejó la segunda mitad del siglo XX. Sí, sí, la obra maestra, Bien, en el primer acto aparece un tipo llamado Luca Brasi que acaba siendo uno de los más reconocibles por los espectadores. Su personalidad, sus inquietudes, su extrema fidelidad a la “familia” se nos muestran de una forma elegante, austera, en una sola frase (tartamudeante) que no llega a durar sesenta segundos. No necesitamos más porque nosotros, como elementos creadores activos de la ficción, rellenamos el resto. Sí, amigos, construimos lo que leemos, vemos o escuchamos, no me miren así. De Brasi bosquejamos su infancia, sus orígenes, el cómo entró en contacto con los Corleone, la forma (torpe, noble, fiel) que tiene de afrontar la vida, la manera (eficaz, noble, fiel) que tiene de hacer su trabajo. Sea cual sea. Y eso, todo eso, lo hemos ido extractando a través de las pistas que nos da el director. Para qué más. Vivan las elipsis.

Si “El Padrino” se hiciera ahora sería una serie de cinco temporadas, a doce episodios por sesión. Sabríamos todo sobre la infancia de Brasi, sobre a qué jugaba Michael de pequeño, sobre cómo Santino engañaba a su mujer con esta o con aquella. Sabríamos, en suma, cosas que ya sabemos porque las hemos ido entresacando de lo sugerido, que siempre es más hermoso (más enigmático, más perfecto) que lo visto. Eso es una elipsis (grosso modo, no se me encrespen los fundamentalistas de la literatura) y eso es lo que no hay en las series. Bueno, las hubo en “Mad Men”, un montón de ellas, y bien que dejaban un poco perplejos a esos acostumbrados a que les den todo bien mascadito, no se vayan a perder el fundamental dato de que la mujer de Tasio se llamaba, es un decir, Leocadia.

“Concluyamos volviendo al principio. En los dos primeros libros de Tránsito Editorial (“La azotea” y “La memoria del aire”) hay elipsis, muchas elipsis. Hay, también, contención, realidades esbozadas más que dispuestas, situaciones que el lector conoce pero que el autor no le cuenta. Hay, sí, inteligencia”

Concluyamos volviendo al principio. En los dos primeros libros de Tránsito Editorial (“La azotea”, de Fernanda Trías, y “La memoria del aire”, de Caroline Lamarche) hay elipsis, muchas elipsis. Hay, también, contención, realidades esbozadas más que dispuestas, situaciones que el lector conoce pero que el autor no le cuenta. Hay, sí, inteligencia, hay diálogo con aquel que está contribuyendo a la creación de un relato con su propio punto de vista personal. Hay literatura. Y muy pocos de esos clichés absurdos que tanto abundan en las series (aburridas, grandilocuentes, inacabables) de hoy en día.

Afortunadamente.

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