El 6 de febrero de 1860, tras la derrota de las tropas del Sultán de Marruecos y la toma de Tetuán por los españoles, las tropas de general O´Donnell ven atónitas cómo son recibidas entre aplausos y vítores de “¡Bienvenidos! ¡Viva la Reina de España!”

Asombrados, los soldados del regimiento Zaragoza escuchan un acento particular, enteramente distinto del de todas nuestras provincias”, nos cuenta la crónica periodística de Pedro A. de Alarcón en “Diario de un testigo de la Guerra de África”, ignorando que estaban siendo testigos de lo que sería un momento trascendental en la historia de España: cuatro siglos después del Decreto de Expulsión, 8.000 oficiales y soldados de tropa serán los protagonistas  del reencuentro de España con sus judíos, del reencuentro de España con su historia.

A lo largo de los cuatro siglos que siguen al Edicto de Granada de 1492, España, sin más, olvidó a sus judíos. Olvidó, con ello, no sólo su propio pasado, sino también su presente – una parte fundamental de su identidad – y el futuro que pudo haber sido y no fue. “Al quitarnos a los judíos nos habéis quitado infinidad de nombres que hubieran sido una gloria para la patria”, afirmaría Castelar en su célebre discurso sobre la libertad religiosa ante las Cortes en 1869.

“Al quitarnos a los judíos nos habéis quitado infinidad de nombres que hubieran sido una gloria para la patria”, afirmaría Castelar en su célebre discurso sobre la libertad religiosa ante las Cortes en 1869.”

Por su parte, y en total contraste con lo que ocurre en la Península, la diáspora sefardí, los españoles judíos expulsados y sus descendientes, mantuvieron vivo el recuerdo de España, de Sefarad, durante 500 años. Desde Arsila a Salónica, desde Amberes a Esmirna, los sefardíes, durante más de cinco siglos – hay que pararse a digerir tal plazo de tiempo – mantienen vivo su idioma, el judeoespañol, sus costumbres, y el recuerdo de la que un día fue su patria. Decía, con razón el Ministro Ruíz-Gallardón, principal valedor de la Ley de nacionalidad española para sefardíes aprobada en 2015, ante el American Jewish Committe, que “No hay un caso semejante en la historia de los pueblos expulsados en que los desterrados hayan mantenido su cultura y lengua de origen durante tanto tiempo y en destinos tan alejados.”

“No hay un caso semejante en la historia de los pueblos expulsados en que los desterrados hayan mantenido su cultura y lengua de origen durante tanto tiempo y en destinos tan alejados.”

Tras el reencuentro en Tetuán, poco a poco España se aproxima a un pueblo que nunca la ha olvidado. Intelectuales como Amador de los Ríos o Pérez Galdós, y muy especialmente aquéllos vinculados a la Institución Libre de Enseñanza, reivindican en el cambio de siglo la herencia judía de España e inician, de la mano de políticos y diplomáticos, principalmente a raíz de la denominada “Campaña Pulido” un acercamiento a las comunidades sefardíes olvidadas.

Las pequeñas comunidades judías españolas, paralelamente, comienzan a disfrutar con el cambio de siglo de un reconocimiento de sus derechos con la apertura de las primeras sinagogas en nuestro país, y la creación de instituciones tan importantes como la Alianza Hispano-Hebrea.

A nivel legislativo, la plasmación de este “filosefardismo” en nuestro ordenamiento hizo posible que varios Cónsules españoles pudieran salvar cientos de vidas en Budapest, Berlín, París o Atenas durante la Shoah. Siete “Justos entre las Naciones” se acogen a la consideración de los sefardíes como españoles que reconoce el Decreto de concesión de nacionalidad de Primo de Rivera en 1934 para poder librarles del peor de los destinos.

A lo largo del siglo XX, miles de judíos sefardíes se trasladan a Israel desde todos los rincones del mundo. Tras el establecimiento del Estado en 1948, el hebreo se impone como lengua nacional, y por primera vez en siglos, las comunidades sefardíes comienzan a comunicarse casi exclusivamente en este idioma. Sin embargo, en 2018, setenta años después de que Ben Gurion leyera la Declaración de Independencia de Israel en el Museo de Tel Aviv, aún es posible escuchar el judeoespañol o ladino entre la población israelí con más años a sus espaldas, sin duda la última generación que lo emplee como lengua materna.

Escuchar ladino es simplemente, si se puede llamar simple a tal experiencia, sumergirse en la historia y en la diáspora. Pareciera que el interlocutor saldrá a “desfazer entuertos” en cualquier momento, mientras uno se regocija en una suerte de lapsus atemporal en la música de palabras olvidadas y sonidos abandonados. Los sefardíes moran, meldan, fazen… en un mundo donde las cosas akontesen, las mulheres son pretas,  las grasias son munchas y las anyadas buenas y dulzes .

Como directora del Instituto Cervantes de Tel Aviv he tenido la inmensa suerte de conocer a muchos de ellos en los últimos cuatro años. Sefardíes de Salónica, Esmirna, Tetuán, Sofía, Sarajevo o muchos otros rincones del mundo cuya patria es indudablemente Israel, pero que no han dejado nunca de considerarse españoles. Todos ellos comparten el pensamiento que meridianamente expresaba Isaac Alschen Saporta, representante de los judíos sefardíes de Grecia en el Ateneo de Madrid allá por 1916: españoles fuimos, españoles somos y españoles seremos.

“Como directora del Instituto Cervantes de Tel Aviv he tenido la suerte de conocer a muchos de ellos. Sefardíes de Salónica, Esmirna, Tetuán, Sofía, Sarajevo o muchos otros rincones del mundo cuya patria es indudablemente Israel, pero que no han dejado nunca de considerarse españoles.”

Un pueblo con memoria, como lo es el judío, quinientos años después de una de las expulsiones más dolorosas de su historia mantiene intacto su amor y arraigo a Sefarad. A una Sefarad que no es estrictamente la España de nuestros días, pero que es parte inseparable de ella. Su profundo vínculo con nuestro pasado común, a pesar del desgarro de la expulsión y el olvido secular, permite, más de cinco siglos después, que España se reconcilie con su historia y que, además de saber quiénes fuimos, sepamos quiénes somos.

El maravilloso preámbulo de la Ley 12/2015, de 24 de junio, en materia de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España, cuya lectura recomiendo, abandona la literatura jurídica para adentrarse casi en la poesía, erigiéndose como uno de los más hermosos textos emanados de una ley en España. Reza el texto:

Los hijos de Sefarad mantuvieron un caudal de nostalgia inmune al devenir de las lenguas y de las generaciones. Como soporte conservaron el ladino o la haketía, español primigenio enriquecido con los préstamos de los idiomas de acogida. En el lenguaje de sus ancestros remedaban los rezos y las recetas, los juegos y los romances. Mantuvieron los usos, respetaron los nombres que tantas veces invocaban la horma de su origen, y aceptaron sin rencor el silencio de la España mecida en el olvido (…) Palpita en todo caso el amor hacia una España consciente al fin del bagaje histórico y sentimental de los sefardíes. 

En definitiva, la presente Ley pretende ser el punto de encuentro entre los españoles de hoy y los descendientes de quienes fueron injustamente expulsados a partir de 1492, y se justifica en la común determinación de construir juntos, frente a la intolerancia de tiempos pasados, un nuevo espacio de convivencia y concordia, que reabra para siempre a las comunidades expulsadas de España las puertas de su antiguo país.”

La Ley se convierte en un final del camino para los sefardíes – que ven reabiertas las puertas de su antigua patria y reconocida la identidad que nunca han dejado de sentir – y para España – que finalmente dota los “oportunos recursos jurídicos para facilitar la condición de españoles a quienes se resistieron, celosa y prodigiosamente, a dejar de serlo a pesar de las persecuciones y padecimientos que inicuamente sufrieron sus antepasados hasta su expulsión”. No obstante, es sólo el principio del camino para los españoles, que recién descubrimos nuestra historia. Conocerlos, conocernos, es sin duda el mejor homenaje que podemos hacer a estos exiliados cinco veces centenarios.

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Carmen Álvarez
Licenciada en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM. Diplomática desde 2008. Jefa de la Unidad de Apoyo de la Dirección de Relaciones Culturales y Científicas de la AECID, Consejera Cultural en Bruselas, desde 2014 Directora del Instituto Cervantes de Tel Aviv.

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