No voy a ser yo quien les descubra que España es un país tremendamente contradictorio, instalado de manera constante en una cosa y la opuesta. Esta oscilación permanente mantiene inoperativa e inoperante a nuestra política, que hoy desmiente lo que ayer afirmó, al tiempo que promete lo que anulará mañana. Pero el mensaje de este artículo no pretende recoger esta cualidad cuántica de nuestra política, sino opinar sobre uno de los hechos que han vuelto a poner en evidencia que en España lo que se nos da realmente bien es contradecirnos, decir una cosa y hacer lo contrario.

Me refiero al revuelo con bastante de fariseo que ha traído aparejada la fama instantánea de la serie El juego del calamar en Netflix. En estos días, nos llegaban noticias de que algunas asociaciones de padres y direcciones de colegios mandaban circulares informativas avisando de que ¡horror! sabían que sus alumnos de primaria estaban viendo la serie, y por tanto imitando en el patio con gestos y juegos las premisas de su trama sanguinaria. ¿Dónde está el fariseísmo de este miniescándalo? Pues en que todos hemos visto a padres haciendo cola los fines de semana con sus hijos menores con la intención de comprarles ese juego (para mayores de 18, por supuesto) con el que pasarán innumerables horas atropellando a gente y robando coches, o haciendo de francotirador tan ricamente. Estamos ante una generación, digámoslo, que en su gran mayoría ha tenido y tiene barra libre de contenidos por múltiples causas, pero una de ellas sin duda alguna la comodidad de los padres que ven en el niño aparcado frente a la pantalla una posibilidad de descanso u ocio personal. Para niños curtidos en el Call of Duty, el Fortnite o el Grand Theft Auto, y series que se mueven entre la sinvergüencería de La que se avecina o las trepanaciones en vivo de CSI, El juego del calamar no es más que otra muesca en la culata.

A mí, me van a perdonar, lo del griterío sobre El juego del calamar me recuerda a esa escena de la monumental película Casablanca, en la que el capitán Renault, al tiempo que cambia sus fichas con las ganancias obtenidas, pronuncia esa mítica frase: “¡Qué escándalo!, ¡Qué escándalo! He descubierto que aquí se juega.”

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