En este 2018 recordaremos que hace cincuenta años murieron asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy y que los estudiantes de París iniciaron una huelga general en la Europa Occidental que consiguió movilizar a unos nueve millones de personas. Que hace ya setenta cinco años, los judíos del gueto de Varsovia se sublevaron contra las tropas nazis ante la segunda deportación masiva a los campos de exterminio y que el doctor “muerte”, Josef Mengele, llegaba a Auschwitz para empezar su macabro trabajo. Y si seguimos la cuenta atrás, hace ya cien años de la epidemia de la llamada “gripe española”, que poco tenía de española, y que mató a más millones de personas que muchas guerras (los historiadores especulan que una de las causas de la derrota del ejército alemán en la Primera Guerra Mundial fueron las bajas causadas por la gripe). Novelas, artículos, películas, exposiciones, nos recordarán éstas y otras efemérides, algunas de ellas imprescindibles para entender la historia y a nosotros mismos.

Pero también se conmemoran cada año las muertes y nacimientos de personajes públicos y hay quien propone preguntas cuya respuesta es imposible. ¿Qué habría hecho tal persona de haber estado viva en nuestros días? ¿Cuál había sido su trayectoria? El fotógrafo Michel Levine firma una exposición en la galería ONO Arte de Bolonia (Italia) titulada “Kurt Cobain 50: grunge in photos” en un intento por exponer lo que fue el grunge y cómo se gestó el mito del líder de Nirvana. En 1994, Cobain pasó a ingresar en el llamado club de los 27, una lista de músicos que fallecieron a esa edad. Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison o Amy Winehouse, dejaron sus carreras inconclusas. Sobredosis, accidentes, drogas, alcohol, suicidios, alimentan su leyenda y la publicación de ensayos y biografías que en el caso de Cobain profundizan en su mayoría en las cuestiones morbosas. De hecho, tras suicidarse con un disparo en la cabeza, se multiplicaron los comentarios sobre su infancia, sobre la mala influencia de su mujer, Courtney Love, la heroína, la depresión que arrastraba. El fotógrafo Michel Levine dice de Kurt que “no estaba loco, solo era emocionalmente inestable”. Se dormía en todo momento, se le cerraban los ojos y se los tenían que abrir para seguir con una entrevista o sacar unas fotos. Su último recuerdo del músico es la grabación del Unplugged de Nirvana en la  MTV el dieciocho de noviembre de 1993. Al finalizar el concierto, a Cobain le regalaron unas Converse que llevaba puestas cuando se suicidó cinco meses después.

En sus fotografías, Michel Levine intenta captar la angustia de la generación grunge, lo que algunos llamaron “el sonido de Seattle”, sucio, ruidoso, un subgénero del rock alternativo que a finales de los ochenta pretendía oponerse a la música comercial, a las millonarias estrellas del rock. Bandas como Green River, Soundgarden, White Zombie, Pussy Galore o Nirvana querían hacer crítica social, alzarse contra la alienación, la marginación. Letras repetitivas que reflejan apatía y desencanto, guitarras distorsionadas, baterías predominantes y pesadas, puestas en escena sin apenas luces o decorado. Y todo eso cambió cuando llegó el éxito. A muchos les pilló por sorpresa, unos lo abrazaron encantados y otros se encontraron con que habían acabado en la misma rueda que los grupos comerciales a los que habían despreciado en sus inicios. El propio Cobain dijo en una entrevista que ser famoso era la última cosa que quiso ser.

En el caso de Nirvana, la grabación en la MTV dio lugar a un álbum que arrasaría en las listas de éxitos, con una música mucho más melódica, lejos ya del ruido del grunge, “apta” para todos los públicos. A Cobain le preocupaba perder con este disco la esencia del grupo, y quizás fue así o que había llegado el momento de evolucionar, algo que en el fondo no quería. De hecho, en su nota de suicidio, parafraseando a Neil Diamond escribió: “se me ha acabado la pasión y recordad que es mejor quemarse que apagarse lentamente”.

En 2018 Cobain hubiera cumplido cincuenta y un años. Cuesta imaginarlo en la madurez tras verle en las fotografías de la exposición con su pelo teñido de rojo, su languidez y esa expresión de no saber qué cara poner frente a la cámara. No sabemos si habría seguido su carrera, si su música habría sido distinta. No importa, las preguntas sin respuesta posible no tienen sentido. Tenemos sus letras, su voz y su mirada azul. “No esperes que muera por ti”, cantó. No lo hizo.

 

 

 

 

 

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here