Llevar una novela a la gran pantalla tiene la dificultad añadida de enfrentarse a un público doble. Quiero decir que la película resultante ha de contentar a dos tipos de espectadores: los que han leído antes el libro y los que no. Los primeros suelen considerarse unos privilegiados y esperan que la película sea fiel al original, como si adaptar no fuera interpretar, o sea empezar a traicionar; de hecho, muchos de ellos son unos listillos que se mueren de ganas de salir del cine para poder soltar la sobada conclusión de que «el libro era mejor». El segundo tipo de espectador es menos exigente, muchas veces ni siquiera sabe que es una adaptación ni le importa; más que listillo suele ser pardillo. Los buenos guionistas y directores son capaces de conciliar este público doble. Así, El nombre de la rosa fue una adaptación exitosa porque complació a quienes ya conocían la novela de Umberto Eco y a los demás los animó a leerla.

Las series que adaptan un libro o una película no escapan del problema del público doble. Después de ver la primera temporada de El cuento de la criada, decidí leer la novela de Margaret Atwood, es decir que me gustó. En cambio, vi Crematorio como listillo, pero me abstuve de proclamar que el libro de Rafael Chirbes era mejor que la serie. Quedé más satisfecho con las tres temporadas de Fargo, a pesar de que ya conocía la película homónima de los Coen. Parece que soy un espectador fácil de complacer, pero cuando supe que Movistar+ iba a convertir en serie la novela El día de mañana (2011) de Ignacio Martínez de Pisón, temblé.

“Cuando supe que Movistar+ iba a convertir en serie la novela El día de mañana (2011) de Ignacio Martínez de Pisón, temblé.”

Temblé porque había leído con mucho gusto El día de mañana y porque es una novela polifónica, un rompecabezas compuesto de las voces de quienes conocieron a Justo Gil, el protagonista. Cada uno de ellos testimonia qué relación tuvo con él y cómo fue finalmente estafado o engañado, porque Justo Gil es un gran mentiroso. De este modo, el lector va conociéndolo subjetiva y fragmentariamente, por lo que acaba siendo un personaje mítico y poliédrico. ¿Cómo trasladar este efecto a la pantalla sin defraudar al espectador listillo? Mariano Barroso, director de la serie, lo logra con una simple pero brillante adaptación: los personajes hablan con la cámara como si los estuvieran entrevistando para un documental. A estas confesiones las siguen las mismas escenas rememoradas, que cualquiera identifica sin problema como flashbacks, incluso el más pardillo.

Con todo, es probable que los espectadores listillos consideren que un Justo Gil de carne y hueso no es una figura tan mítica como el original de papel. Afortunadamente, el actor barcelonés Oriol Pla le da al personaje todos los matices de carácter que la adaptación le hace perder, satisfaciendo a listillos y pardillos. Justo Gil es un inmigrante que llega a la Barcelona de los años 60 sin un duro, pero quiere prosperar económica y socialmente a toda costa. Por un lado es un advenedizo, un arribista, un mentiroso y un oportunista, pero por otro lado tiene buenas intenciones: ayudar a su madre enferma, motivo principal por el que necesita dinero. Oriol Pla humaniza a Justo Gil dotándolo de ambigüedad moral: ¿es un trepa o un desgraciado? Y la segunda pregunta que el personaje suscita en los espectadores es si logrará su objetivo de enriquecerse o fracasará.

Los demás actores interpretan a sus respectivos secundarios con el mismo mérito. Aura Garrido representa a la perfección el desarrollo de Carme Román, una sobreprotegida hija de la burguesía catalana que se aparta del negocio familiar para convertirse en actriz de teatro. Termina cayendo en las redes del seductor estafador al igual que David Selvas, que interpreta a un rico hijo de papá del que Julio se aprovecha para medrar. Jesús Carroza también está espectacular como Mateo Moreno, un policía de la Brigada Política-Social que usa a Justo Gil como confidente y sin saberlo también es usado por él. Y Karra Errejalde es el comisario Landa, un excéntrico y cruel policía que dirige con mano de hierro la conflictiva comisaría de la Via Laietana de Barcelona. Justo Gil se relaciona con todos pero con cada uno lleva una máscara diferente, por lo que la serie es ora de espías, ora romántica, ora policíaca.

“Aura Garrido representa a la perfección el desarrollo de Carme Román, una sobreprotegida hija de la burguesía catalana que se aparta del negocio familiar para convertirse en actriz de teatro”

Pero El día de mañana no es solo la historia del misterioso Justo Gil y sus víctimas, sino una historia de la España reciente: empieza en los difíciles sesenta pero atraviesa los últimos estertores de la dictadura hasta los convulsos años de la Transición y los inciertos inicios de la democracia. Landa y Mateo representan la brutal policía política de la dictadura de Franco, aunque adoptan posturas diferentes: el primero es de la vieja escuela y reniega de los nuevos tiempos, mientras que el más joven se adapta a las normas de la naciente democracia, renegando —no sin cierta hipocresía y desfachatez— de su oscuro pasado. Por su parte, Carme simboliza la difícil lucha por la emancipación de las mujeres y condensa el sufrimiento al que fueron sometidas. Y el camaleónico Justo Gil flirtea con gran parte del espectro político de la época, tratando de sacar provecho de cualquier ideología.

“Landa y Mateo representan la brutal policía política de la dictadura de Franco, aunque adoptan posturas diferentes: el primero es de la vieja escuela y reniega de los nuevos tiempos, mientras que el más joven se adapta a las normas de la naciente democracia, renegando —no sin cierta hipocresía y desfachatez— de su oscuro pasado.”

Es de agradecer que El día de mañana reflexione críticamente sobre el discurso hegemónico de la Transición y que lo haga mostrando y no contando, pues los espectadores sabemos interpretar por nosotros mismos. Y también es un mérito que se atreva a enseñar escenas tan duras como las terroríficas «terapias de reorientación sexual», que por desgracia hoy en día aún existen en algunos lugares y todavía hay gente que las defiende, o las torturas policiales del franquismo, que siguen siendo un tabú en España. Por contra, el principal punto débil de El día de mañana es la lengua: ¿por qué si la serie está ambientada en la Barcelona de los 60 y 70 se habla solo en español? ¿Quién se cree que la burguesía barcelonesa de la época hable solo en castellano en casa? ¿O que los niños pijos de la Gauche divine no utilicen casi nunca el catalán? ¿Cómo es posible que Movistar+ o Mariano Barroso hayan desaprovechado esta clara oportunidad de visibilizar la lengua? Apenas se dicen unas pocas palabras decorativas en catalán, pero siendo una lengua cooficial y disponiendo de actores bilingües podrían haber incluido muchos más diálogos. Los subtítulos habrían permitido que todos los espectadores, fueran listillos o pardillos, entendieran la serie y quizás incluso aprendieran un poco. Por otro lado, hay tantas series bilingües o políglotas que parecen tendencia: Sense8, Orange Is the New Black, Narcos o Jane the Virgin, entre otras, y espero que en la futura Patria, basada en la novela de Fernando Aramburu, también se hable vasco.

El día de mañana es una adaptación satisfactoria para todos, una serie magnífica, de lo mejor que se ha hecho en España junto a El Ministerio del Tiempo, Fariña o La peste. Pero, qué lástima, también podría haber sido una auténtica serie polifónica.

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