La Criminología, desde que se estableció como ciencia autónoma de pleno derecho, digamos que de manera definitiva a principios del siglo XIX, ha tratado de explicar muchos de los factores que intervienen para que un delito se cometa tal y como lo vemos. Pero si una pregunta ha imperado por encima del resto ha sido la del origen del asesino.
Conocer si una persona nace con predisposición o no cometer un delito fue una de las principales obsesiones de los investigadores de la época.

El primero en formular sus hipótesis, todo ello tras un estudio más o menos acertado, fue Cesare Lombroso. Considerado como padre de la Criminología tal y como la concebimos hoy en día, Lombroso, de profesión médico, estudió morfológicamente a varios de sus pacientes. La mayoría eran delincuentes, aunque también necesitó de los, digamos, normales, para completar sus observaciones. Lombroso estaba convencido que la capacidad de delinquir residía en el cerebro y en su propia forma. Ésta, a su vez, moldeaba el cráneo y hacía visible esas características delictivas. Fue defensor a ultranza de que el ser delictivo estaba un escalón por debajo en la evolución y eso se podía ver con los propios ojos. Algo así como si fuera una regresión al hombre primitivo.

La forma de su cara también jugaba un papel importante en sus averiguaciones. Mantenía que “la nariz era frecuentemente achatada o respingada en los ladrones. Los asesinos, en cambio, suele ser aguileña como el pico de un ave de presa”. También puso especial atención en las orejas, ya que decía que “las orejas del criminal, muy a menudo, son de gran tamaño”. Lo último en lo que se fijó para afirmar en las características primitivas del sujeto criminal era que, según él, tenían “los brazos alargados y simiescos”.

Si bien estas teorías fueron pronto refutadas por Goring, que presentó otro estudio que demostraba que en otros individuos estudiados por él nada de esto se presentaba, con este estudio se presentó por primera vez al criminal como un ser que nace así. Que lo lleva escrito en su propio ser, vamos. Que nada puede hacer ya que acabará siendo lo que está predestinado a ser.

Las nuevas escuelas criminológicas que vinieron a continuación introdujeron nuevos conceptos como lo social en la conducta de un sujeto criminal. No es que se desecharan los factores biológicos de una patada. Se seguían teniendo en cuenta, pero con un peso mucho menos mayor. Al principio de introducir lo social, es decir, las relaciones del individuo con el entorno, se pensaba que la capacidad para que una persona tuviera tendencias criminales era hereditaria. Como veremos después, hay teorías más actuales que se acercan a esto último, por lo que quizá no estaban del todo mal encaminadas. Fuera como fuese, se pensó que el mayor peso lo tenía la relación del sujeto con su entorno. Se demostró mediante estudios sociales que en, por ejemplo, la delincuencia juvenil influía el medio en el que vivía la persona y el tipo de vínculo que llegaba a realizar con personas que también se inclinaban por el mismo camino. Estas asociaciones, por llamarlas de alguna manera, se alimentaban con reciprocidad y generaban individuos delincuentes. Por explicarlo de otro modo, uno no sabe robar un coche así porque sí, necesita que alguien lo enseñe a hacerlo y, además, que se genere en él la necesidad de cometer el acto. Bien por presión social, bien por necesidad real.

Esto llevó la delincuencia a otro plano y la concepción del delincuente cambiaba por completo. Según estas teorías el delincuente se hacía, aunque seguía sin descartar que hubiera que haber un componente dentro de la persona que facilitara la opción de este singular camino.

En el caso de los asesinos, mucho se ha debatido también. Recordemos que, aunque robar un coche es un delito, no se puede igualar con el de quitar la vida a otra persona. Digamos que éste último va un paso más allá, por lo que es muy importante llegar a tener una idea de por qué sucede esto último. Y no, no hablo de una disputa en el que los instintos primarios afloran por lo acalorado de la discusión y todo acaba mal. No. Hablo de un asesinato en el que el agresor busca hacer un daño premeditado. Con dolo, que se suele llamar en el terreno penal.

Si ya, aparte de hablar sobre este tipo de crimen, lo hacemos centrándonos en la figura del conocido como asesino en serie (o incluso aunque es distinto en el concepto, el asesino de masas), parece que adquiere una mayor importancia saber si alguien nace así o es la sociedad la que lo forja.

Hasta mediados de los años ochenta no se pudieron responder de una manera más o menos real estas preguntas. Con la aparición de los escáneres por resonancia magnética, con los cuales se podía medir la actividad cerebral en determinadas situaciones no se supo si lo que se decía del cerebro hasta entonces era verdad o meras suposiciones. El primer estudio que se llevó a cabo para comprobar esto, fue realizado por el neurocientífico inglés Adrian Raine. El estudio tuvo lugar en California (EEUU). Raine hacía tiempo que se había trasladado allí precisamente motivado por la gran cantidad de individuos violentos que pululaban sus calles. Allí, realizó un estudio analizando el cerebro de 41 asesinos que estaban recluidos en la cárcel en la que comenzó a trabajar. El resultado fue más que sorprendente, pues el área prefrontal de su cerebro mostraba un funcionamiento muy bajo comparado con el de individuos normales. Ese área, digamos que es la que controla los impulsos de matar a una persona durante un episodio de ira. El propio Raine lo definió como “el ángel guardián del comportamiento y sin él, el diablo toma el mando”. Ese funcionamiento bajo no sólo contribuye a eso, sino que también predispone al cerebro a una adicción al riesgo, hace que le sea mucho más difícil solucionar un problema planteado y, además, promueve otros rasgos que predisponen a la violencia.

Pero no sólo detectó ese funcionamiento anormal en el cerebro de un asesino, sino que además vio cómo la amígdala tenía una sobreactivación, lo que impedía el funcionamiento normal de las emociones.

En ese momento parecía que quedó demostrado que un asesino nacía como tal, pero Raine se mostró tajante respecto a eso y comentó que esas lesiones cerebrales, sin duda, no eran de nacimiento, sino fruto de un maltrato seguramente infantil.

La máquina empezó a girar de nuevo y se trató de ver si tenía o no razón respecto a ese punto.

Fue él mismo el que empezó a investigar sobre eso con los propios sujetos de su estudio. El primero que le dio la razón fue Donta Page, un individuo que había matado de manera brutal a una joven de veinticuatro años. Estudiando acerca de su pasado, comprobó cómo había sufrido malos tratos siendo bebé. Su madre le pegaba con cables de electricidad, zapatos, revistas dobladas o cualquier cosa que tuviera a mano. Las palizas no hicieron sino crecer con el paso de los años y, según Raine, eso provocó un daño irreparable en su córtex prefrontal, que es la zona de la que hemos hablado antes.

En palabras del propio neurocientífico: “El maltrato físico a temprana edad, entre otras cosas, puede haber producido el daño cerebral, que puede haberlo llevado a cometer este acto violento”.

¿Eso quiere decir que todos los niños que sufren maltrato acaban siendo asesinos (o violadores u otro tipo de criminal violento)? No. El propio Raine admitió que no es un factor determinante y que es algo que puede pasar o no. Entonces, ¿hay algún factor más?

Recordarás que no hace mucho te he hablado de un factor hereditario. Esto puede sonar raro porque desde hace demasiados años, quedó “demostrado” que no había influencia hereditaria en la predisposición a ser un asesino. Más que demostrado, lo que se hizo fue desechar la idea ya que se consideró que lo único que importaba era el factor social. Pues bien, no hace falta remontarnos demasiado para encontrar un estudio que nos habla de algo muy interesante. En 1993, se decidió investigar a una familia holandesa en la que todos sus miembros tenían comportamientos violentos. Ante la rareza de eso se inició un estudio y, tras quince años de minuciosas comprobaciones, se llegó a la conclusión de que a todos sus miembros les faltaba un mismo gen. Un gen que producía una enzima llamada MAOA que es la encargada de regular los niveles de neurotransmisores involucrados en el control de los impulsos. Es algo así como lo del córtex prefrontal, pero por otro lado, dicho mal y pronto. Se estableció que las personas que carecían de dicho gen y, por lo tanto, de la enzima, estaban más predispuestas a desarrollar un comportamiento violento. A esta variante se le dio el nombre del gen del guerrero.

Y ahora volvemos a lo mismo. ¿Si te falta ese gen, serás un asesino (o un delincuente violento)? No. Teniendo en cuenta que a un 30% (según un estudio) de los hombres les falta ese gen y que el 30% de los hombres no son ni asesinos ni violentos (tal y como se espera con la ausencia de éste), no. Además, hay un caso muy curioso que refleja con exactitud que tener una característica u otra no implica que acabes siendo tú un asesino. En 2005, el científico James Fallon comparaba unas tomografías de asesinos con muestras propias que tenía en su laboratorio. Lo curioso, era que, aunque las comparaba sin nombre, todas ellas eran de miembros de su familia. Incluido él. Todo fue normal ya que ninguna coincidía con la de los asesinos hasta que una sí lo hizo. Alertado, avisó a uno de sus ayudantes y éste le relató, para su horror, que era la suya propia.

Preocupado por eso, el propio James se hizo análisis para comprobar si carecía de la enzima y el resultado fue positivo. Es decir. Cumplía todos los requisitos para ser un asesino violento según estas hipótesis. Pero él no era. Se consideraba a sí mismo (y de hecho las personas a su alrededor lo confirmaron así) como un hombre pacífico y lo que, comúnmente, se llamaría aquí “buena gente”.

Una vez más se demostró que faltaba algo más. Que puede que fueran factores que pudieran influir en la formación de un asesino violento, pero que sin duda faltaba algo más.
Es aquí donde de nuevo entra lo social. Y fue el propio Fallon el que llegó a esa conclusión. Si tenía todos los factores, ¿qué había fallado para no acabar convirtiéndose en lo que, supuestamente, estaba predestinado? La respuesta era simple: Se había criado en un entorno feliz.

Todo esto nos lleva a una conclusión. El asesino nace y se hace. Queda así respondida la pregunta que durante tanto tiempo se hizo el hombre. En España no hace falta irnos demasiado lejos para comprobar que el segundo factor es tan importante como el primero. Por desgracia, a estos casos nos se les pudo examinar con lo que hoy se sabe para terminar de corroborar esta teoría, pero nombres como “El Arropiero”, “El Sacamantecas”, “Romasanta” o el “Matamendigos” sólo demuestran que una infancia con maltrato tuvo la culpa de su comportamiento extremadamente violento una vez llegada la madurez. Al fin y al cabo, respondían de la única manera que habían vivido. Es por eso que debemos concienciarnos que la verdadera prevención criminal comienza en las propias casas cuando nuestros hijos son pequeños (y sigue a medida que van creciendo).

De todas formas, hemos visto los casos en los que un maltrato infantil ha derivado en un comportamiento criminal violento (ojo, que hemos matizado que no todo acaba así); pero no hemos visto si han surgido asesinos de extrema violencia sin haber pasado por todo eso. La respuesta es sí. Un caso concreto que me viene a las teclas es el de Jeffrey Dahmer, más conocido como “El Carnicero de Milwaukee”. Resumiendo mucho, mató a diecisiete personas. Pero no sólo eso, abusó de menores, practicó la necrofilia y el canibalismo. Casi nada. Bien, pues en el caso de Dahmer su infancia se podría relatar como idílica. Con unos padres que lo adoraban, de niño no le faltó de nada. Además, recibió una educación muy correcta. Quizá el hecho que lo desestabilizó fue que su padre, debido a su trabajo, era trasladado constantemente y eso hacía que el niño se descolocara, pero lo cierto es que el factor del maltrato desaparece aquí por completo. Encontrar los factores que llevaron a Jeffrey a cometer tales actos nos llevaría un buen rato, pero aquí lo que importa es que no todo sigue siempre una lógica tajante. Mucho menos cuando abordamos los comportamientos anómalos de un ser humano. Y es que la mente es algo complejo y fascinante. Para bien y para mal. Ojalá algún día podamos dar una respuesta cien por cien completa sobre qué lleva a un asesino a serlo. Por ahora, tendremos que conformarnos con lo que tenemos. Que no es poco.

 

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