Un amigo que es especialmente bueno forjando frases lapidarias me dijo hace poco que el turismo dejó de ser un placer el día en que se puso a la venta el primer palo selfie. Su broma contiene la verdad que quiero compartir en este artículo: que el turismo de masas se está convirtiendo en un fenómeno insostenible desde cualquier ángulo que se contemple. La banalización del viaje está aquí, ahora. Si el pensamiento Warhol ya contribuyó a convertir los museos en supermercados, el turismo de masas ha acabado por transformar nuestro patrimonio en algo mucho más parecido a un centro comercial. Esa es la sensación que se percibe paseando por ciudades que eran tesoros de la humanidad antes de que nos diéramos cuenta de que eran tan bellas.

Si en los próximos años uno aspira a tener un encuentro de al menos dos minutos con La Gioconda, debe prepararse para competir por el mismo privilegio con muchos miles de personas. El turismo ya es una lucha de muchos, muchísimos ratones que se disputan un pequeño pedazo de queso, y lo peor de la cuestión es que no se habla lo suficiente del tema ni se espera una solución efectiva a corto plazo, porque ¿quién instaura una policía del gusto que establezca quién merece sus dos minutos con Mona Lisa y quién no?

Aguardando la llegada de la primavera, España se prepara para otra temporada turística. En un país como el nuestro, en el que aún no se ha encontrado otro motor estable para la economía que el de explotar nuestro clima y patrimonio, hay que comenzar dando gracias por esta lluvia sostenida de dinero. Sin el maná del turismo, miles de familias españolas estarían condenadas a una vida mísera, realmente escasa en posibilidades de empleo. El 13 % de los puestos de trabajo españoles dependen directamente de este sector, según datos recientes, constituyendo nuestro territorio el noveno país del mundo en ingresos por turismo.

Siendo éstas las cifras, resulta evidente que el turismo masivo constituye la paradoja de ser a un mismo tiempo una salvación local y uno de los grandes problemas del mundo contemporáneo si se juzga con cifras globales. Una bendición si uno lo mira de cerca y una de las infecciones más graves que afectan al planeta si se observa como fenómeno general. Abordando la cuestión desde arriba, resulta sencillo llegar a la conclusión de que el turismo de masas es una práctica absolutamente desbordada, agigantada, que mantiene a muchas ciudades y su población al borde de la extenuación y el colapso. Desde el punto de vista ecológico es un auténtico crimen, una herida más en la ya bastante lastimada vida de nuestro planeta. No se espera que decrezca, sino todo lo contrario, como un gran hongo que no deja de robar espacio. No ha cesado de crecer desde 1950, pero con el auge de las compañías de bajo coste y el infraalquiler (modelo Airbnb y sucedáneos) en la última década ha experimentado un crecimiento exponencial que debería provocar que pensáramos seriamente en sus consecuencias.

La primera cuestión difícil del problema es la que afecta a cada uno de nosotros, porque una de las grandes verdades del turismo masivo es que todos somos cómplices antes que víctimas. Muy pocas personas con una estabilidad económica mínima escapan ya al frenesí del turismo evidente. Y sin embargo al elegir Venecia, París o Londres, y sobre todo los mismos rincones de Venecia, París o Londres, estamos matando lo que nos gusta. Ya habrán tenido la sensación de que todos los espacios turísticos de estas ciudades se han vuelto lugares invisitables por la sencilla razón de que hay demasiada gente. Si ustedes visitan el Prado, o el Louvre, o cualquiera de los grandes museos del mundo y pretenden contemplar uno de esos cuadros que se consideran imprescindibles, en realidad experimentarán una de las experiencias menos artísticas que se pueden protagonizar: la de ver las salas de un museo convertidas en el pasillo de un hipermercado. Así es nuestro encuentro con la Mona Lisa o con Las Meninas. Así es nuestra cita con Goya. La sonrisa de La Gioconda no puede percibirse como enigmática entre el ruido de la gente que entra, sale o comenta la sensación de estar ahí, ni sus ojos pueden tener expresión alguna entre tanta hormona selfie. Muchos amantes del arte ya confiesan que prefieren contemplar obras supuestamente menores y refugiarse en esas salas de las que nadie se acuerda, que como mucho cruza a toda velocidad una tropa de turistas que acorta camino hasta La libertad guiando al pueblo.

No caigan en la tentación de pensar que ustedes son distintos: en el turismo nadie es mejor que nadie, porque con pequeños matices todo el mundo quiere y espera lo mismo. Hubo un tiempo en el que los turistas más experimentados optaron por una experiencia diferente, distinta, alternativa, que les acercara a ese ideal soñado del viajero, un vocablo que sí suena bien a nuestros oídos porque supone que vives la experiencia y no te limitas a pasar por allí. Se diversificaron los destinos, cierto, pero eso no hizo más que ampliar el campo de batalla, y además la cuestión se estropeó en seguida, porque tan pronto los turoperadores descubrieron que había muchas personas que deseaban algo diferente, esos destinos se convirtieron en una opción tan trillada y dirigida como cualquier otra. Atendiendo al impacto ecológico y paisajístico, en cuestión de turismo aplica ese manual de la fatalidad llamado leyes de Murphy, en su definición de que nuevas soluciones generan nuevos problemas. Porque si el turismo se diversifica, y preferimos la Patagonia o Alaska a Atenas y Venecia, también extendemos nuestras necesidades de infraestructura y servicios, con el consiguiente daño ambiental. Todo lugar que recibe turismo tiene que estar accesible, muy accesible, y equipado no solamente con lo imprescindible sino, tal y como estamos acostumbrados, también con lo prescindible. En definitiva, extender el perímetro del turismo provoca daños a lugares que permanecían limpios, porque nuestra sociedad acaba esperando encontrar un McDonald’s en el círculo polar ártico y un Carrefour en el Sahara. Y lo peor es que acaba obteniéndolo. Simple cuestión de tiempo.

Se realizan más de un billón de viajes al extranjero al año en todo el mundo, con un coste energético y ecológico incalculable. La cuestión de fondo es, y seguirá siendo durante mucho tiempo, la de aquel refrán castellano de quién le pone el cascabel al gato. Si los aviones están disponibles, los utilizaremos. Si se ofertan destinos amenazados, iremos. Y dejaremos mal el entorno, ensuciaremos y contaminaremos, ténganlo por seguro. La tramposa prosperidad del turismo –tramposa no porque no sea verdaderamente generosa, sino porque genera un impacto en la comunidad y en sus atractivos de difícil reparación– la convierte en un tema intocable para los políticos locales. A lo máximo que se ha llegado hasta la fecha, salvo contadas excepciones, es a tímidos controles de número y la implantación de la famosa tasa ecológica, ese impuesto que el ciudadano de a pie jamás entiende porque no ve de qué manera afecta a su ciudad, y que acaba interpretando como una muestra más de la voracidad recaudadora de la administración.

Para frenar el fenómeno se requeriría un esfuerzo de coordinación internacional, un verdadero acuerdo global de racionalización del turismo. Pero volvemos a la misma pregunta: ¿quién decide quién puede viajar y quién no? ¿Quién se atribuye el control sobre las visitas que puede recibir al día la Mona Lisa? ¿Quién establece el límite a Roma, o el número de personas por sala que aseguran que contemplar el Guernica siga siendo un hecho placentero?

He comenzado dando las gracias al turismo que elige España como destino, pensando en tantas y tantas familias que viven directa o indirectamente de ello. Pero creo que además ha llegado el momento en el que, pensando en nuestros hijos, tomemos en serio el futuro de nuestro Mediterráneo, nuestras playas, nuestras calles, nuestro patrimonio. Calcular qué maravillas pueden seguir llamándose así pasados unos años si todo el mundo quiere su parte.

 

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