“La tormenta rugía a nuestro alrededor” antes del 2 de mayo, dice Marbot en sus memorias. Después de esa fecha, empezó a tronar por toda España, que se levantó “como un solo hombre”. El entonces edecán de Murat hace una curiosa e interesante defensa de la descentralización política de la vieja nación histórica española cuando escribe que “el combate del 2 de mayo y el rapto de la familia real habían exasperado a la nación española; todas las poblaciones se insurreccionaron contra el gobierno del rey José que, aunque proclamado en Madrid el 23 de julio, no tenía ninguna autoridad sobre el país. España ofrece la particularidad de que Madrid, residencia habitual de los soberanos, no tiene ninguna influencia sobre las provincias, cada una de las cuales, habiendo formado antaño un reino pequeño por separado, ha conservado su dignidad. Cada uno de estos antiguos estados tiene su capital, sus usos, sus leyes y sus administraciones particulares, lo que permite que se basten a sí mismos si Madrid llega a estar en poder del enemigo. Esto es lo que sucedió en 1808. Cada provincia tuvo su Junta, su ejército, sus depósitos y sus finanzas. Sin embargo, la Junta de Sevilla fue reconocida como poder dirigente central”.

«Napoleón desde Bayona, disponía las líneas maestras de su nuevo plan para España: pacificarla a punta de bayoneta mediante el lanzamiento de columnas rápidas con el objetivo de controlar las principales capitales y arterias de comunicación de un país demasiado escarpado, demasiado áspero y demasiado hostil»

Con la llegada de José al trono de España el mando supremo de los 80 mil soldados franceses reclutados a la ligera entre la tropa más bisoña del ejército y un contingente apreciable de aliados italianos y alemanes, quedó en manos del mariscal Savary aunque en realidad era Napoleón, desde Bayona, quien disponía las líneas maestras de su nuevo plan para España: pacificarla a punta de bayoneta mediante el lanzamiento de columnas rápidas con el objetivo de controlar las principales capitales y arterias de comunicación de un país demasiado escarpado, demasiado áspero y demasiado hostil. El 19 de julio, con José Bonaparte de camino a Madrid, una de estas columnas francesas, al mando de Dupont, veterano de Austerlitz y de Jena, quedó bloqueada entre Sierra Morena y la meseta. Había descendido desde el Tajo hasta Córdoba con la orden de llegar a Cádiz pasando por Sevilla. Sus 26 mil hombres, desperdigados a través de una línea muy larga entre la llanura de Andújar y los puertos de Sierra Morena, fueron cortados por una fuerza de 30 mil soldados regulares y milicianos alistados a toda pastilla entre Sevilla y Despeñaperros por iniciativa personal del general Castaños y de varios militares francosuizos emigrées. Dupont capituló ante Bailén creyéndose cercado por un ejército mucho mayor que no existía y entregó al enemigo 18 mil soldados, algo inaudito que pasmó a una Europa sedienta de noticias adversas al poder aparentemente omnímodo de Napoleón.

La derrota de Bailén obligó a Napoleón a marchar personalmente a España y arreglar el entuerto. Él se iría luego a seguir combatiendo en Europa pero en realidad de la ratonera ibérica ya no saldría nunca más. Perdió un cuarto de millón de soldados entre 1808 y 1813. Sus previsiones antes de entrar eran, si acaso, unas bajas cercanas a los 12 mil hombres. España fue una sangría sobre todo cuando estaba a punto la invasión de Rusia. Napoleón se quedó, literalmente, sin soldados ni caballos: los reclutas cuyo destino era España se escondían en los bosques, había que ir a sacarlos de allí bajo amenaza de Consejo de Guerra sumarísimo, había que tirar cada vez más de contingentes polacos, napolitanos, piamonteses, alemanes, que luchaban con cada vez menos ganas a medida que se desintegraba el ideal imperial europeo de Bonaparte. Si la Revolución hizo posible el nacionalismo, las guerras de Napoleón crearon las condiciones materiales para su emergencia: en los territorios alemanes divididos y ocupados Fichte ya estaba identificando la gracia divina cristiana con la “cultura”; los pueblos nacidos en el parto infernal de la Revolución, nuevos sujetos de soberanía, hallaron la inspiración perfecta en esta “cultura”, por supuesto única y diferente en cada caso de todas las demás, para reclamar un Estado propio que la garantizara.

«Napoleón perdió un cuarto de millón de soldados entre 1808 y 1813. Sus previsiones antes de entrar eran, si acaso, unas bajas cercanas a los 12 mil hombres. España fue una sangría sobre todo cuando estaba a punto la invasión de Rusia»

Después del 2 de mayo España volvió a anticiparse a Europa; como en 1492 y el Estado moderno, los españoles dibujaron, en medio de la guerra contra Napoleón, una organización política divergente de la tendencia dominante entre los enemigos del imperio francés: una constitución democrática y liberal articulada en el reconocimiento de la comunidad nacional, sujeto de soberanía política; al mismo tiempo sin embargo, como dice el autor Eric Hobsbawn, Europa “era presa de la pasión romántica por el campesinado puro, sencillo y no corrompido, y para este redescubrimiento folclórico del pueblo las lenguas vernáculas que éste hablaba eran importantísimas. Es durante este período cuando vemos cómo los movimientos nacionalistas se multiplican en regiones donde antes eran desconocidos, o entre pueblos que hasta entonces sólo tenían interés para los folcloristas”. La “cultura” de Fichte, el padre del nacionalismo alemán, al igual que la Gracia cristiana, dividía el Universo en dos partes, una sobrenatural (lo que eleva al hombre de su condición animal a un estado superior) y otra material o natural. Esta noción etnosimbólica cuyos frutos en el tiempo serían entre otros el racismo o el nazifascismo, tardaría medio siglo en llegar a España, y lo haría en forma de constructo identitario vascocatalán abonado gracias al declive comercial y político del imperio americano de España.

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