La odisea de Soukho

Hubo un tiempo en que el mundo era dos mundos. dos fingían ignorarse, aunque se estudiasen de reojo. Que apenas se llegaban a rozar en algunos momentos. Realidades totalmente distintas, con intereses, ideales y estéticas contrapuestas. El Este y el Oeste, por simplificar. Cada uno tenía sus ídolos, sus tótems. Sus grandes mitos. Y, como no llegaban a cruzarse, los unos sostenían que el suyo era el bueno, mientras que los otros argumentaban, de forma ponderada, que allá también crecían talentos que podrían domeñar cualquier disciplina.

Sergei Soukhoroutchenkov era uno de ellos. Nada menos que el ciclista llamado a discutir con Hinault la hegemonía de su deporte. El francés era inabordable en Occidente, Soukho no encontraba rival más allá del Telón de Acero. La madre de todas las confrontaciones…que jamás pudo llevarse a cabo.

Porque Sergei era el perfecto deportista soviético. Tan rubio, con esa melena tan lacia, tan fuerte él. Casi un anuncio propagandístico de lo que el comunismo podía hacer por aquellos que quisiesen andar en bici. Siempre que fueran unos auténticos superhombres, claro. Sergei sembrará, durante años, el terror en cuanta carrera amater tomaba parte.

Sergei Soukhoroutchenkov (Briansk 1956) fue un mito a principios de los ochenta. Un tiempo en el cual el desconocimiento de casi todo lo que pasaba más allá del Telón de Acero hacía que se magnificasen los rumores. Para lo bueno y para lo no tan bueno. Allí los malos eran más malos, los fuertes eran más fuertes. Y así con todo.

En el ciclismo también pasaba. Se hablaba de entrenamientos sobrehumanos, de máquinas físicas preparadas para arrasar con cualquiera que se pusiera delante, de disciplina casi militar a la hora de acatar las órdenes de equipo. Se susurraba el nombre de un corredor, uno de cabellos largos y dorados. Sergei, se llama. Y es increíble.

No exageraban en este caso. Ni en la calidad de Soukhoroutchenkov ni en la dureza a la que se sometían aquellos jóvenes casi desde niños. Si algo tenía la URSS era cantidad, y de ahí conseguían la calidad y lograban la excelencia. En otras palabras, había que ser más fuerte, más duro, más brillante que los otros. Que muchos otros. Y había que hacerlo en edades en que los muchachos occidentales estaban leyendo cómics y fumando sus primeros cigarrillos.

Eso hizo Soukhoroutchenkov, y por eso destacó. Tanto que le llevaron a la selección de la Unión Soviética, maillot rojo ajustado, brillo y orgullo de toda la nación. Y empezó a conseguir victorias. En terrenos amigos. La Vuelta a Cuba. La clásica de Hradec Králové. Pero también fuera, en espacios aun por conquistar. Francia, Gran Bretaña, Suiza. Era una estrella internacional, al menos en su categoría. Con solo 22 años se impuso en su primer Tour del Porvenir. Sin cumplir los 24 ganaba el segundo. Nunca nadie había logrado dos victorias consecutivas en la gran prueba por etapas para los amaters. Ese 1979 ganó, también, la Carrera de la Paz.

Nada menos.

 

La Carrera de la Paz

El Tour de Francia del Este. Así era conocida en los círculos ciclistas la Carrera de la Paz. No es de extrañar, porque esta prueba nacida en 1948 supuso durante muchos años la competición más exigente y prestigiosa que se llevaba a cabo más allá del Telón de Acero. Gloria y prestigio para el vencedor…pero nada de dinero, oigan, porque los participantes eran amaters forjados en la pureza competitiva del deporte que propugnaba el bloque socialista. Al menos en la teoría, porque la práctica era bien distinta: atletas concentrados desde su más tierna infancia únicamente en mejorar todo lo posible dentro de su disciplina. Aficionados relativos, pues.

La primera edición tuvo lugar entre las ciudades de Praga y Varsovia, y los organizadores fueron sendos periódicos de Checoslovaquia (Rudé Právo) y Polonia (Trybuna Ludu). Años más tarde, en 1952, se incluyó la República Democrática Alemana en el menú gracias a la colaboración del diario Neuer Deutchsland. Hasta entonces la devastación económica posterior a la Segunda Guerra Mundial era tan grande que resultaba literalmente imposible organizar una competición por las carreteras germanas. Ya en los años 80 Pravda se incorporaría a la organización, y los ciclistas habrían de llegar hasta Moscú.

Esta Carrera de la Paz (cuyo nombre expresaba la voluntad de los participantes por cultivar una senda duradera y pacífica de cooperación entre los pueblos del mundo) era algo más que una competición en bicicleta. Durante muchos años su primera etapa se disputaba el 2 de mayo (o alrededor de esa fecha) con el fin de que los ciclistas participasen en un fastuoso desfile durante el Día de los Trabajadores. Era un mensaje a todo el mundo. Nos valemos por nosotros mismos. Tenemos nuestras propias carreras. Y, cuando venís a ellas, os ganamos. Aunque muchos equipos amaters del bloque occidental acudían a la Carrera de la Paz desde sus primeras ediciones los éxitos fueron realmente escasos. Yugoslavos, alemanes, checoslovacos y, sobre todo, soviéticos resultaban inabordables en las rutas onduladas del Este.

Y, cuentan, el más portentoso de todos fue Sergei Soukhoroutchenkov. Dos veces se impuso en la general, en los años 1979 y 1984. Entre ambas victorias, una catarsis. Porque se cruzó en su vida Viktor Kapitonov, el gran entrenador del ciclismo soviético. El seleccionador que le llevó a conseguir sus mayores éxitos. Disciplina, trabajo, dolor. También la persona que iba a condenarlo a lo que parecía un ostracismo del que sería imposible escapar.

Pero primero llegan los Juegos Olímpicos de Moscú. Todo preparado para una exhibición en casa por parte de los del maillot encarnado. Un circuito lleno de pequeñas subidas, ásperas y salvajes, en Krilatskoye. Una preparación milimétrica, destinada a hacer explotar el inmenso potencial que llevaba dentro en el momento adecuado. Ante su público. Con los ojos del mundo posados en él. A mayor gloria del Kremlin.

Lo hizo, claro.

Aquel día Sergei Soukhoroutchenkov fue absolutamente irresistible. Imposible hacer frente a tal fuerza de la naturaleza. Un huracán. Más de media carrera escapado, los últimos kilómetros en solitario después de tensar en todas y cada una de las subidas que había en el circuito. El pelotón de los mejores, donde pedaleaban futuras estrellas como Roche o Madiot, llegaba a más de ocho minutos. El himno de Aleksándrov que resuena. Bandera roja ondeando al viento.

Fue, quizá, su momento de mayor gloria.

Breve. Por Kapitonov. Aquí no estamos para mantener trabajadores durante años y años, dicen que decía. No, aquí solo queremos jóvenes, no viejos como vosotros, como tú, Sergei, que ya tienes 24 años. Habéis perdido las ganas, la ambición, os comportáis de la misma forma absurda y  decadente que nuestros rivales occidentales. Si el año que viene la selección no gana el Tour del Porvenir y la Carrera de la Paz habrá relevo. Todos fuera. Que entre aire fresco, chavales con más ímpetu, con más hambre. Ganad…o fuera.

Sergei Soukhoroutchenkov quedó segundo aquel año en el Tour del Porvenir. Segundo, también, en la Carrera de la Paz.

Fuera.

Su vida como ciclista había terminado…al menos en teoría. Siguió corriendo pequeñas competiciones con el maillot de un modesto equipo de Leningrado. Imponiéndose a todos. Luego pruebas más importantes. Nuevas victorias. Cada vez que se enfrentaba a los muchachos de Kapitonov, a aquellos que le sucedieron como defensores del orgullo soviético, los trituraba. Estaba obsesionado por demostrar al seleccionador que había cometido el peor error de todos. Que con su edad aun podía rendir. Que estaba ante sus mejores años. Kapitonov, terco y orgulloso, miraba hacia otro lado. Hasta que tuvo que dejar de hacerlo.

En 1983 Sergei Soukhoroutchenkov volvió a la selección de la Unión Soviética. Un año más tarde conquistaba, por segunda vez, la Carrera de la Paz. Mucho después dirá en una entrevista que Viktor Kapitonov le confesó que hubiese preferido perder aquella carrera antes que ganarla con él. No tuvo suerte.

Seguía siendo el mejor.

Era, más que nunca, una leyenda.

 

Éxitos en Francia: directo al Tour

La popularidad de Soukhoroutchenkov en Occidente viene, sobre todo, de sus victorias en el Tour del Porvenir, la gran carrera francesa que siempre se ha considerado como el mayor reto para los amateurs. Allí Soukhoroutchenkov completó algunas de sus mayores exhibiciones, y aparece, aun hoy en día, como el ciclista con palmarés más brillante en sus libros de récords.

Su relación con esta prueba (donde han triunfado futuros ganadores del Tour de Francia como Gimondi, Zotemelk, Lemond o Indurain) empieza en el año 1978. Primera participación y victoria. Los soviéticos, que jamás habían corrido el Tour del Porvenir, dominan a su antojo la prueba y ponen a cuatro de sus hombres en los cuatro primeros puestos de la general. Han sembrado el terror. Soukhoroutchenkov gana etapas llanas, contra el crono y de montaña. Imposible de abordar. Un superdotado con piernas de fuego y una visión de carrera privilegiada. Todos elucubran sobre lo que podría hacer ese tipo entre los profesionales. Sexto aquel año será Faustino Rupérez, séptimo Claude Criquielion. Apenas dos temporadas más tarde el primero ganaba la Vuelta a España y el segundo subía a ese mismo pódium en Madrid. Mientras, Soukho seguía en el pelotón amateur…

Pasan doce meses y Sergei se muestra aun más eficaz. A la victoria en la Carrera de la Paz añade su segundo Tour del Porvenir. Otra vez por delante de un compañero. Cuatro soviéticos entre los seis primeros. Impecable. Inabordable.

Dos veces más estará Soukho en disposición de vencer la que será su prueba predilecta. En 1980 solo cede ante Alfonso Florez, el sorprendente colombiano que inauguraba una nueva época para las montañas del ciclismo. Un año más tarde será Pascal Simon quien lo relegue a al segundo cajón del pódium. Algo que resultará, como vimos, nefasto para las aspiraciones de un Sergei, ya en enfrentamiento absoluto contra Kapitonov.

Claro, con estos éxitos a la espalda no era de extrañar que muy pronto surgieran las comparaciones. ¿Podría Sergei Soukhoroutchenkov competir de tú a tú con Bernard Hinault? Ambos mostraban un dominio similar cuando se subían a sus bicicletas. Eran los más fuertes en la contrarreloj, los más potentes en terrenos ondulados, los más explosivos cuando la carretera se empinaba. Vale, el soviético competía frente a amaters, pero esos mismos hombres a los que masacraba cada tarde por las carreteras de media Europa pasaban después a profesionales con grandes resultados. Sí, un duelo entre Soukho y Le Blaireau en La Grande Boucle podría ser lo que el ciclismo necesitaba para trascender definitivamente en esos primeros años ochenta.

La organización del Tour de Francia se volcó. Ajeno a los problemas que el ciclista tenía con los mandamases de su federación (en aquella época de secretismos intergubernamentales este tipo de cosas no se podían conocer) Jacques Goddet planteó la posibilidad de que el Tour de 1983 se corriese bajo la modalidad “open”. O, en otras palabras, que los amaters pudiesen tomar parte en la carrera. Goddet, el sucesor de Desgrange, hacía un guiño clarísimo a la URSS. Traigan ustedes aquí a su selección, compitan con los mejores, ayúdenos a enoblecer aun más nuestra leyenda mientras demuestran su valor. Sí, el envite era muy atractivo.

Solo que…

Solo que de aquella Soukhoroutchenkov estaba ya enemistado con algunos gerifaltes del ciclismo soviético. Y que el Partido no se atrevió a mandar a sus muchachos al Tour de Francia. Y que seguirían así, compitiendo casi entre las sombras, durante algunos años. Pocos. Demasiados. Goddet se quedaría, como todos, con las ganas. No habría un duelo entre Soukho e Hinault. De hecho ninguno de los dos iba a correr aquel Tour de Francia de 1983. Pero esa es otra historia…

Eso sí, un equipo amateur estaría en la salida. Venía de muy lejos, de más allá del Atlántico. Las montañas colombianas, concretamente. Apenas tenían experiencia pero, cuentan, tienen una fuerza inconmensurable cuesta arriba. Los escarabajos desembarcan en el Tour gracias, en parte, a la figura de Sergei Soukhoroutchenkov.

Algo está a punto de cambiar.

 

Una Perestroika tardía

A Sergei Soukhoroutchenkov la Perestroika le pilló mayor. O, más bien, quemado. Por los kilómetros, los esfuerzos, las enormes cargas que venía soportando desde demasiado joven. Llegará a correr con los profesionales, sí, pero no es ni la sombra de lo que pudo haber sido. Ni el recuerdo de lo que llegó a ser.

Los soviéticos mandarán una selección nacional a la Vuelta a España de 1985. Es, piensan muchos, un primer paso antes de acudir al Tour. Vamos a desfogarnos ganando primero esta carrerita tan fácil antes de pegarnos contra los mejores del mundo. Soukhoroutchenkov ni siquiera es convocado para viajar a la península. Allí, el choque. Los del maillot rojo destacan, sí, pero no dominan. Es más, quedan bastante lejos de las victorias. Al final solo una etapa, de la mano de Malakov el penúltimo día, y todos sus corredores perdidos en la clasificación general (Ivanov, el mejor, queda 20º en la general). Al menos se llevaron el consuelo de que los americanos eran aun peores. El equipo Xerox-Philadelphia tuvo que soportar el bochorno de que todos sus hombres acabasen retirados. Como la organización era así de maja soviéticos y yanquis compartieron hotel la mayoría de las noches. Imaginen…

Al año siguiente repitieron, y allí sí que estuvo Soukhoroutchenkov. Pero su paso fue de lo más discreto. Llegó en segundo lugar a Jaén (solo superado por Alan Bondue), pero nada más. Acabó el 70º.

Al final Sergei Soukhoroutchenkov pasará al profesionalismo. Él, a quien habían tentado con ofertas que rondaban el millón de dólares (ofertas que no pudo jamás aceptar por la oposición del PCUS) debutaba en el pelotón de los mejores en el año 1989. Lo hacía en el Alfa Lum, un experimento con base italiana que sirvió para que los mejores ciclistas del Bloque soviético dieran el salto al pelotón pro. Allí cobrará quince dólares diarios y tendrá que vivir en Rímini, en Italia. No tiene sentido. Todo esto le llegó tarde a Soukhoroutchenkov. Son 32 años, pero demasiados kilómetros en las piernas. Tantas concentraciones, tantas cargas y esfuerzos. Tantas, también, puñaladas recibidas. Las autoridades, Kapitonov. Era un deportista acabado. La chispa que exhibía una década atrás formaba parte únicamente de los recuerdos de rivales y aficionados. Aquellos que se extrañaban al verlo arrastrarse. Quienes lo aplaudían con esa mezcla de orgullo y pena que se reserva solo a quienes fueron los mejores y son ahora uno más.

Aun tuvo ganas Soukho de correr unos años más. Por costumbre, seguramente, por no saber hacer otra cosa. Ganando algunas carreras. La Vuelta a Chile, por ejemplo. Solo que quienes llegaban detrás de él en la clasificación ya no eran Roche o Van der Poel, sino Omar Alirio Trompa,  William Molano. Tempus fugit.

Ahí acabó la carrera de Sergei Soukhoroutchenkov. El hombre que, dicen, pudo ser el mejor ciclista del mundo.

Aunque nunca llegásemos a saberlo

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here