Hoy me he levantado a las cuatro de la mañana. He salido al balcón para fumarme un cigarrillo de tabaco Manitou. No me he duchado, porque lo hice hace cuarenta y cinco días. He desayunado dos vasos de Cocacola Zero. Me he sentado en el suelo de la cocina, que lleva dos años sin barrer, y me he puesto a leer el periódico “Le Monde”, que me lo trae cada madrugada el albatros de Baudelaire. He leído las noticias de las páginas 14 y 17 y he sentido que no es que todo funcione igual que siempre, sino que el siempre es el todo donde seguimos viviendo. Medito la información como el pagano que soy y analizo la histeria que se reproduce en los ríos en donde las naves de los argonautas han sido derribadas.

Ya no es el tiempo de los mitos, pues todo mito es una corporación privada que te realiza cada cinco meses un análisis de sangre. Mis análisis comentan que tengo las tiroides inflamadas, por lo que mi angustia se recrudece por momentos –todo momento son todos los momentos- cuando sospecho que la película Fahrenheit 451 sólo hace que aparecer en mi móvil de última tecnología. Reconozco que no debo levantarme tan temprano, pues de ese modo doy más tiempo al tiempo para enterarme de que los pianos han dejado de sonar, que todos los teatros han cerrado, que Microsoft sólo se vende ya en la era glacial y que los caballos han sido descuartizados por la dolarización de los sacerdotes. No me afeito, porque hace ya mucho tiempo que no me sale la barba, pues ha quedado envenenada por la cicuta que desde el cielo desprenden los aviones. Todo es insulso y como cohibido. Ya no quedan armas invisibles –es decir, las palabras- para tomar el Imperio que describieron con una prosa de encajes Negri y Hardt. La asistenta que viene a prepararme la comida, al lado de los platos y los cubiertos, siempre me deja, como un ramito de violetas, el “Caritas in Venitati”, una de las tres encíclicas del Papa Benedicto XVI. Yo, como es de suponer, me las leo y deduzco que es mejor ser cristiano que pagano, porque el paganismo sólo crea un inmenso dolor ante el rumor de las olas, pero el cristianismo suaviza el agonismo con mensajes que pueden ser reales o irreales, pero son. Todo paganismo conlleva el sufrimiento, un punzón en la memoria que te aniquila el pensamiento cuando deduces que la muerte sólo es polvo y un ADN que se materializará hasta el infinito. Yo llevaba tiempo pensando en apostatar, que es una manera de sentirse más libre en estos tiempos en que se están asesinando los oráculos del dios Apolo, los incrédulos del monte Athos, las haruspicias, el templo del dios Asclepio, los magos de manos arquetípicas y los ciudadanos del Este de Beijin, pero ahora caigo que esta equivocación podría resultar fatal.

No pienso bajar en todo el día a la calle –llevo cuatro semanas sin hacerlo-, pues está llena de semáforos que te impiden el paso, de camiones de basuras donde se vierten todos los libros recién comprados, de postales de monsieur Bertin en donde los placeres son diseccionados por las esquinas de las vallas publicitarias, de mujeres a las que les han arrebatado sus senos por amar demasiado a todos los otoños que caen como asteroides sobre sus cuerpos, de ancianos a los que se les prohíbe subir a los tranvías por no haber cotizado a la Seguridad Social. Mejor, eso creo, me quedo en casa, esta casa que es como un santuario zen en donde amago mis dolores, mi viudez, mis ojos azules ante un espejo que reflecta el hombre que estoy dejando de ser.

La vida no es la culpable de todo lo que me sucede, pues pienso que vivir es el mejor espectáculo que sigue anunciándose en las carteleras, este tiempo en el que me hundo porque intuyo que se me escapan, como peces sorprendidos, todos los más allá de lo que fue mi infancia, el relato del sol que me fortalece, todo lo maravilloso que compone el alejamiento de la noche y la llegada del día, y otro día, y otro más, así en su constante movimiento de relojes que han dejado de marcar la hora y que se han detenido a las cuatro de la mañana, momento en que espero que la luz de la amanecida retorne a mí como la escritura de los monjes en el monasterio San Martín de Albelda.

Amo la vida, sí, como una cucaña a la que deseo abrir con una venda en los ojos, porque vivir es demasiado intenso como para entretenerse en esa comedia donde se representa la cercanía de la muerte. La muerte hay que mirarla cara a cara, pero no hay que hundirse en un mar de luto ni mandar callar a los hombres cuando la enfermedad detona su último disparo. Desde mi paganismo, el cual, como digo, estoy reconsiderando, pues creer en algo más que en la materia y aspirar a un más allá donde El Dios Padre te espera con las llaves de San Pedro para abrirte las puertas de un Cielo donde nos esperan vírgenes y corderos asados y un paisaje floral infinito y todo el agua que jamás hallamos visto, se presiente como una opción que es del todo alentadora, persistente y apaciguadora de esta quemadura que somos, de este diario abstracto en el que consistimos, de este llanto sonámbulo que nos acuza como un zoológico turístico.

Tengo, estoy pensando, que creer en el espíritu y en la reconciliación de mis pecados, lo cual yo siempre había deducido que tal caso se trataba de una cobardía, de una apuesta por el género de la ridiculez, pues mayor fortuna halla quien, separándose de la costra y las piedras que elevan los muros de la resistencia del paganismo, soporta, desde un mejor lenguaje interior, esta avalancha de incertidumbre y de marea oscura en que se traduce el mundo cuando la muerte se aproxima con su dentadura de escualos hambrientos. No sé qué hacer. Intento que alguien me ayude. Estoy asumido en esta gran contradicción que sobreviene entre la paz o el nerviosismo que motoriza cualquier intento de salvación imposible.

Asumo, de todas formas, que todo creyente adquiere una máscara imponente con la que se cubre del verdadero sentido de la vida y adquiere un flotador de trasatlántico por si acaso durante el viaje, que es el vivir, cae el mar y ya no puede ser rescatado. Dios sólo es un rescate, una huida de nuestra real magnificencia donde se establece el mercado de la existencia, pues el que aspira a los textos divinos, al rezo, a la devoción por el Santo Sacramento, a la lectura de la Epístola a los Gálatas, al matrimonio católico que te eterniza el amor como una literatura de Plinio, no es otra cosa sino un vestido de guerrero de las novelas de caballerías para que las heridas no se realicen en un cuerpo que ya de por sí es mortal, como las rosas o como las monarquías derrocadas por una revolución. No todo es infinito, pero para el creyente sí, lo cual lo salva de la agonía que sobreviene cuando te das cuenta que el tiempo pasa y que todo es irremediable, que directamente eres conducido hacia las tinieblas donde todo se consume, se diluye, se evaporiza como el humo de los trenes antiguos.

Estoy pensando, ahora que el día ya se ha escapado por entre las rendijas de las ventanas, que reniego a mi apostasía y que me voy a dedicar a partir de mañana a escuchar con atención el “Urbi et Orbi” de Benedicto XVI, pues considero que este hombre -aunque dimitió de su cargo como Papa, hecho inédito en el largo historial del papado-, desde su caudal de sabiduría sigue mandando en el Vaticano, durmiendo plácidamente en la habitación que le cedió Francisco, quien está -a mi parecer- haciendo lo que puede, dado que hay fuerzas telúricas dentro de ese Estado dentro de otro Estado que es Roma que le impiden decir lo que realmente piensa o, lo que es peo,r lo que a él le gustaría realizar para reformar de manera contundente muchos aspectos de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Como iba diciendo, Ratzinger -de quien, otra causalidad, tengo por ahí un ensayo mío que titula Ratzinger. Entre el yihadismo cristiano y el exterminio de la modernidad, publicado por novum publishing, y que está intuyo que volando en este interespacio irreal que es la Red, sin saber en absoluto yo nada de lo que se está haciendo con él- racionaliza el magicismo en que deparamos tras el transcurso de los días que van sucediéndose. Es que ocurre que Proudhon o Fourier ahora se están quemando en los infiernos, junto a Sartre y Nietzsche. Por ello, insisto, he decidido abandonar mi paganismo, pues Constantino me persigue para que mi alma se incendie de palomas y para que ejerza la purgatio que me posibilite enfrentarme a ese rastro de mi actual Carpe Diem con el cual solamente consigo devorarme, hastiarme, prolongarme en el silencio sin una opción que me facilite la auténtica realidad del mensaje de los océanos, tan eterno y recompensador, como bieldas que nunca se acaban. Ya ha llegado la noche.

Me meteré en la cama. Estoy cansado de haber estado todo el día mirándome al espejo. Pero concluyo esta velocidad del mundo al final con un sano pensamiento. Creo que es lo mejor que puedo hacer. Me fumo un último cigarrillo de Manitou y dejo caer las cenizas sobre las sábanas. Ahora soy consciente de que esas cenizas ya no son yo, sino otras, las de los demás, las de los que sufren y se enfrentan valientemente cada día a la vida, con la mirada furiosa y con la construcción de un esqueleto que deduce la Virtud, la Cultura, el Existencialismo. Las cenizas del cigarrillo rodean mi cuerpo, aunque ya sé que mi cuerpo no sólo será mañana cuerpo, en todo caso, una luz que se encenderá al final de todos los pasillos. La vida es pasajera, pero morir consiste en la perpetuación del espíritu en la nombradía del charol y las faldas de las bailarinas. Hoy creo en Dios. Sólo espero que mañana todo esto no haya sido un sueño, una debilidad, el miedo que persiste en mí como una amenaza que me sacude y que me deja inhabilitado por esta artrosis que mis huesos ya van padeciendo. Apago la lamparilla y duermo. Pongo el despertador para las diez de la mañana. Dejaré de fumar. Seguro que lloverá.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here