Cada mañana sonaba el despertador a las seis. Lo apagaba para ir casi reptando a la cocina a desayunar. Sin fuerzas para nada. Con un anodino caminar. Cualquier día era ordinario, cotidiano y absurdo. Pesadez es la palabra que definía mis mañanas. Lentitud era mi modo de transitar. Zombi es la definición del estado en que me sentía. Tras tomar mi zumo y mi café con leche me metía en la ducha. Dejaba que el agua recorriese todo mi cuerpo. Arrastrando la apatía. Desterrando el desinterés y la desgana. De este modo salía renovado del cuarto de baño. Pero duraba poco rato.

Antes de salir de casa daba un beso a mi mujer y mi hijo, aún acostados. Ese era el paso previo a salir de casa. Pulsaba el botón de llamada al ascensor para ir hasta el garaje a coger el coche. En ese trayecto volvía a sentir la apatía, el cansancio y el aburrimiento. Una vez dentro del coche sintonizaba alguna radio que me hiciera menos pesada la caravana y que hiciese brotar alguna sonrisa para que se iluminara mi gris mañana. La pesadez del tráfico embotaba los sentidos. Sacudía mi cabeza para expulsar los malos pensamientos y prestaba más atención al simpático locutor.
Para quien hablase conmigo en aquéllos momentos lo habitual era escuchar mis amargas quejas a propósito de los madrugones y los atascos que tenía que soportar. Tenía un humor de perros. La pesadez del tráfico y la falta de sueño eran parte de lo que me hacía sentir tan desganado y aburrido. Sentía que el trabajo le robaba tiempo a la actividad que más quería hacer: escribir. Además de mis quejas acerca de la dificultad a la hora de aparcar el coche en alguna calle cercana a la oficina. Profería algún exabrupto y se me escapaba alguna maldición cuando hablaba de estos asuntos. Era insoportable.

Entablar conversación con mis compañeros era, en la mayoría de casos, una ardua tarea de cuya imposibilidad también me quejaba en los cinco minutos de cigarrillo. Hablaba de temas insustanciales con ellos porque, si intentaba sacar algún tema un poco peliagudo, se reían ridículamente diciendo alguna patochada estúpida que hacía que sintiera como si me estuviera hundiendo en un montón enorme de inmundicia. Negaba con la cabeza y metía la cabeza en el monitor del ordenador intentando llevar a cabo mi trabajo sin pensar en nada ni prestar atención a mi alrededor. No los soportaba.
Así que me alejaba de ellos y me juntaba a fumar con gente que sí me merecía la pena. Como mucho eran dos o tres personas. En ese momento insultábamos más o menos veladamente a los compañeros estúpidos que nos caían mal y a los que habían dicho la patochada más gorda. La hora de la comida la pasaba junto a alguna de esas personas pero, por la diferencia de horarios entre departamentos, en seguida marchaba a pasear solo, pesaroso, lamentando mi mala estrella por trabajar entre semejante hatajo de ignorantes. Todo eran quejas y lamentos por no poder escribir. Angustia y pesadez por aguantar a idiotas.

Mi sonrisa renacía al salir del trabajo, alejarme de todo ello, y entrar en mi coche. Ponía música. Buena música, no la que le gustaba a mis compañeros, por supuesto. La buena de verdad. La ponía alta. Muy alta. Sonaba a todo volumen para silenciar los lamentos que emitía mi cerebro y me dejaba transportar por la música. Las tardes se iluminaban si lograba ir a buscar a mi hijo al colegio y llevarlo a sus actividades extraescolares.

Sonrisas al ver a mi hijo. Sus sonrisas al verme. Un escalofrío al sentir su beso y abrazo en medio del patio. Me sentía envidiado por todos. Feliz. En mis conversaciones con amigos y mi mujer eran recurrentes las quejas por mi trabajo, mis madrugones, mis compañeros y mi mala estrella que no me permitía escribir. Llegaba tan cansado a casa que, si me ponía delante del ordenador a teclear algo, solo me salían idioteces sin sentido. Todo lo achacaba a ese trabajo alienante, aburrido y nada satisfactorio que tenía. No era ese el único motivo porque era incapaz de trasladar a la pantalla algo de felicidad. Si mis pensamientos eran negativos no podía escribir nada digno. Era desasosegante.

El fin de semana, en cambio, era un oasis. Un oasis repleto de todas las actividades reservadas para realizar en esas escasas cuarenta y ocho horas. Había que hacer todos los planes en esos dos días. Por lo que tampoco se descansaba en absoluto ni lo pasaba escribiendo. Actividades con la familia, como ir con mi hijo y sus amigos a la plaza a jugar mientras los padres tomamos una cerveza en el bar. Irnos a comer por ahí con los amigos o nosotros solos. O, tras dejar al niño con los abuelos, irnos mi mujer y yo a cenar y luego al teatro o al cine. En fin, como todo el mundo.
Ahora comprendo que era un ser huraño y pesado. Aburrido y cansino. Insoportable e irritante. Con un temperamento volcánico e imprevisible. Me estaba convirtiendo en algo horrible, irreconocible y pesado. Viéndolo con la perspectiva del tiempo me da pena no haber dado valor a lo que tenía. Soy tan torpe que solo valoro las cosas cuando las pierdo. Ahora no trabajo, pero tampoco puedo escribir porque los dolores de espalda no me lo permiten. Tampoco madrugo, ni duermo del tirón, ni conduzco ni, por lo tanto, cojo atascos. No aguanto insulsas conversaciones ni me quejo de mis jefes. Ahora todo lo inunda el dolor.

Porque el destino me tenía guardada una sota de bastos. He tenido que aprender a aguantar el tirón. A tener paciencia. A valorar el hecho de poder dar un paseo. Porque llevo de baja médica un año, con tres operaciones de columna por medio. Ahora mis quejas las protagonizan mis dolores y los ardores de estómago que provoca la ingesta, casi masiva, de medicamentos. Pero son otro tipo de quejas. Los fines de semana ya no son un oasis entre la mediocre cotidianeidad de la semana. Porque ahora todos los días son iguales. Vivo en un constante día de la marmota. Entre los dolores, y la incomodidad en toda postura que dure más de diez minutos, me siento incapaz de hacer ninguna cosa por nimia que sea.
Ahora, cuando todo no es que sea gris, porque es negro, es cuando he aprendido a valorar las pequeñas cosas. Esas que antes obviaba. Ahora he aprendido que se puede sonreír por bobadas. Que no merece la pena estar siempre angustiado y enfadado. Que somos unos privilegiados solo por poder respirar sin dolor. Que poder abrazar a tu hijo es un regalo. Que una sonrisa es un mundo. Que jugar en la cama a hacernos cosquillas es un tesoro. Que ver a mi mujer mirarme con orgullo cuando camino sin dolor y erguido es una maravilla. Lástima que tenga que haber pasado por todo esto para darme cuenta. Ahora sonrío por cualquier cosa. Veo la luz del sol y no me fijo en las sombras como antes.

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