Ahora, aunque detestamos esa afirmación, casi todo se está democratizando. Lo que significa que se están abriendo las puertas de determinados lugares, antaño vetados al gran público, a todo el mundo independientemente de su educación, sensibilidad y buen gusto. Esto es algo que, en principio, no tiene porqué estar mal. Pues, de este modo, todo el mundo podría tener acceso a universos antes imposibles de transitar. Todo el mundo puede llegar a admirar en el salón de su casa una obra de arte determinada, o un cuadro pintado por un autor, por ser muy preciado por él o porque queda bien como ornamento en el salón de su casa. Haciendo que su cultura se engrandezca y que su formación se amplíe. Cosa que nos parecería maravillosa, pero no es así.

“…casi todo se está democratizando. Lo que significa que se están abriendo las puertas de determinados lugares, antaño vetados al gran público, a todo el mundo independientemente de su educación, sensibilidad y buen gusto”

Nos vamos a detener en una de esas parcelas que ha abierto de par en par sus puertas a todo el mundo. Esta, como habrán adivinado, es el arte. Antes, al pensar en una subasta de arte, imaginábamos a grandes eruditos que protagonizaban salvajes peleas pecuniarias hasta la pobreza más extrema por adquirir una obra fastuosa, quedando a los pies de los caballos ante su familia, por la ruina que había llevado a su hogar. Intentando hacer entender a su progenie la importancia de tener como única y valiosa posesión un cuadro determinado o una obra de arte maravillosa. Pero, como decíamos anteriormente, la democratización cultural ha hecho que ahora el arte sea accesible, entre otras cosas, porque cualquiera puede conseguir una obra de arte de un artista que actualmente exponga en grandes salas y museos por un precio realmente asequible o porque se pueden reproducir versiones baratas de grandes obras clásicas, pero esa es otra guerra.

Pasa igual con otras artes, como las teatrales, la música, la danza, el cine o la literatura. Que se hacen accesibles al gran público. Se evita que el acceso a la cultura sea arduo y difícil. Pasando de ser un placer del hedonista intelectual a un divertimento de cualquiera, sea iletrado o no. En principio puede parecer bien, o hasta muy bien, que esto sea así. Que esa democratización cultural e intelectual suceda. Pero si pensamos lo que realmente significa no lo veremos tan maravilloso. Pues, parando mientes en ello, la escena se emborrona y las luces que antes hacían brillar todo el escenario se apagan estrepitosamente.

Porque lo que supone esa democratización es que el público medio tiene que hacer un menor esfuerzo para entender el arte que se le muestra, lo que a su vez implica que el arte se está masticando para ofrecérselo después a estultos hambrientos que no tienen que hacer el menor esfuerzo por entender una determinada obra. Simplemente se compra porque gusta; si lo compran muchos, reflexionarán algunos, es porque es bueno. Pasando, por lo tanto, a primar el número de ventas en detrimento del talento o la calidad. De modo que el término democratizar no significa otra cosa que igualar a la baja. No hacemos que el que está intelectualmente más bajo que la media vaya acercando posiciones al primero y que así sea capaz de discernir si una obra es buena o no. Cuestión que conllevaría que la sociedad ampliase su nivel cultural. En cambio, lo que hacemos es que se lleve a cabo todo lo que logre que al de abajo le sea más fácil de entender y digerir, aunque para ello haya que estancar al de arriba. Por eso detestamos esta acción de democratizarlo todo porque, lejos de hacer avanzar, hace estancar y retroceder la sociedad.

“Porque lo que supone esa democratización es que el público medio tiene que hacer un menor esfuerzo para entender el arte, lo que a su vez implica que el arte se está masticando…”

Nosotros entendemos que el arte tiene que hacer pensar al que se enfrenta a él. Ha de crear hambre de conocimiento al que lo consume. Debe conseguir que el observador se plante ante una determinada obra de arte y se plantee mil y una preguntas. Que intente acceder a las respuestas a dichas preguntas reflexionando e investigando y que, esa investigación y reflexión, provoque que se le abra un nuevo horizonte que haga que su intelecto crezca y su formación se multiplique. Logrando, de este modo, que la distancia intelectual del primero al último de la lista se reduzca sensiblemente. En cambio, si evitamos todo ello con el afán de entretener al espectador, estaremos hablando de eso, de entretenimiento, de pan y toros, pero no de arte, jamás de cultura y, mucho menos, de, como se empeñan en afirmar algunos, democratizar la inteligencia.

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