El título se centra en algo muy concreto: los “retuit” de la red social “Twitter”. Un “retuit” es -simplificando mucho- cuando a la gente le gusta lo que has dicho y lo comparte con sus seguidores en su perfil. Ello hace que tu mensaje llegue a más gente, trayéndote nuevos seguidores.

Hasta ahí todo bien y parece que no entraña ningún riesgo, ¿verdad? ¡MEEEE! Si esto fuera el Un, dos, tres, saldría Mayra Gómez Kemp diciendo que has perdido el apartamento en Torrevieja. Y es que, de todas las cosas que no dependen de nosotros en la vida, lo que ocasiona una opinión en una red social -donde la mayoría son perfiles falsos o anónimos, espiándose los unos a los otros- es quizá de las menos predecible de todas.

¿Qué necesidad tiene alguien de escribir a alguna marca, persona u organización, poniéndole verde sin ningún tipo de respeto? Se puede dar tu opinión de muchísimas maneras. No hablo de leyes mordazas ni dictaduras, hablo de respeto, de no insultar, de cobardía, de ego, de hipocresía: todas esas cosas las hay, mires por donde mires a las redes sociales.
Lanzar un “tuit” con tu pensamiento hacia algo o alguien lleno de bilis e insultos, ¿a quién crees que le perjudica más, a la persona hacia la que derivas tu odio o a ti mismo?
¿Quizá esas personas no hayan oído hablar de la huella digital que perdura más que los plásticos en el fondo del mar? Eso, junto a que arrieritos somos y en el camino nos encontramos, hace que las redes sociales sean un cóctel molotov que explota sin ningún tipo de parámetro estructurado.

Morder la mano del que te da de comer o del que, en un futuro cercano, puede darte de comer es de una inconsciencia terrible para ganar… ¿qué? ¿20 seguidores? ¿890 RT? ¿Y qué? ¿Qué pasa si mañana Jack y su pandilla deciden cerrar el chiringuito? Pues que tus seguidores valdrán tanto como el dinero del Monopoly (qué gran juego, por cierto) y tu vida puede que se convierta en una carta permanente de “Vaya a la cárcel, vaya directamente sin pasar por la salida y sin cobrar los euros”.

He visto gente hablar mal de su propia empresa, comentando en dichos perfiles como si fuera el enemigo. Quizá, como buena futbolera que soy, he aprendido que los trapos sucios se lavan en el vestuario y no en una red social, por muchos palmeros que te secundarán el comentario. Ellos no tienen nada que perder; tú, sí; pero, de nuevo, el ego viene a visitarnos y nuestro pavo real interior no hace más que querer abrir sus plumas para que todo el mundo lo vea (y de paso, seas un objetivo más fácil de eliminar).

Quizá porque pensamos que Twitter es el bar de debajo de casa no vemos sus peligros, pero en el bar de tu casa no hay nadie grabándote, ni haciéndote pantallazos de lo que acabas de decir, para recordártelo aun cuando tú sólo querrías olvidarlo, sacándolo a su antojo cada vez que necesiten reactivar el temario tuitero. ¿Crees que cuando vas a una entrevista de trabajo no han mirado antes tus redes sociales? ¿Estás dispuesto a renunciar a tus sueños por dejarle claro al mundo tuitero todas tus opiniones? Y no te confundas: no es que seas más sincero que los demás, cometemos el error de confundir sinceridad con mala educación. Nadie está diciendo que no seas sincero con los de tu entorno, con esos que sabes quiénes son -cosa que, por cierto, en una red social nunca sabrás, por mucho nombre y rostro real detrás de un perfil-. Nada es lo que parece y nadie es, la mayoría de la veces, quien dice ser.

Así que mi aprendizaje en estos años de redes sociales ha sido dominar mi ira y ego a la hora de exponer una opinión; a veces lo grito a los cuatro vientos en la oficina y bajo a todos los santos, PERO nunca vierto una opinión en una red social que no haya pasado este filtro:

– ¿Avergonzaría este comentario a mis padres si lo supieran?
– ¿Gano algo más que quedarme a gusto con el comentario?

Sigamos disfrutando de lo bueno que nos dan las redes sociales, pero no caigamos en la trampa de ser arrollados por estos 140 caracteres. Usa el menos común de los sentidos: el COMÚN.

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