Con honrosas excepciones a mí con las mujeres me pasa como a Jota, de Los Planetas, cuando en Canción del fin del mundo, dice “Voy a comprarme tus discos para ver si son tan malos como dicen los estudios de mercado”.

Esto provoca siempre situaciones complicadas porque, además de ser así de tonto, soy bastante desconfiado; me paso los primeros compases de todo descubrimiento pensando que el primo de la partida de poker soy yo.

A veces me parece que debajo de la fachada de tranquilidad que intento mantener vive un yo (maldito suicida emocional) al que le gusta caminar sobre el alambre. De espino. El primer paso es asumirlo; así, por lo menos, te odias a ti mismo y no a los demás.

Con el amor pasa como con cualquier adicción. Igual que para ser alcohólico tienes que haberte tomado muchos (introduce tu alcohol favorito) cuando no tocaba, para enamorarte tienes que querer estrellarte mucho -y acelerar- antes de llegar cerca del muro, para sentir el impacto con esa sonrisa de gilipollas que se dibuja en la boca irremediablemente cuando, en efecto, haces el gilipollas.

En Crash, la película de David Cronemberg, los protagonistas se sienten bastante raros (por no decir otra cosa) cuando descubren que les excita tener accidentes de coche. Como las pulsiones son así, se tiran toda la película provocando accidentes para sentir orgasmos. La primera vez que la vi todavía era inocente. Antes. Pensé que menudos locos proponiendo algo así, ahora me parece la imagen perfecta. A Quevedo también. Polvo serás, mas polvo enamorado.

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